miércoles, 8 de agosto de 2007

Capítulo 17

17

Cuando Madelaine recordó el instante en que dictaba su número telefónico a Iñaki, tuvo la sensación de haber cometido una locura, pero ya era tarde para arrepentimientos. En cambio se hizo preguntas relacionadas entre sí. ¿Acaso al separarse de Jean-Claude no se había propuesto un futuro de amores furtivos y veloces? ¿Quién más adecuado que Iñaki para eso? Josephine compartiría su decisión, pero...¿y si no lo hacía? Si no lo hacía tampoco importaba. “Cuando se está verdaderamente decidido a algo la anuencia de los demás no significa nada ni es necesaria. Sólo la inseguridad sale en busca de aprobación”. Se repitió la frase con firmeza para darse el valor que no tenía y que necesitaba desesperadamente. En ese momento la voz de Iñaki interrumpió sus pensamientos para anunciar la partida. Cuando abandonaron la casa pudo comprobar su impresión del día que llegó: la derruida propiedad estaba ubicada en medio de un abigarrado bosquecillo de pinos. Le alegró confirmar que no se había equivocado. Esa satisfacción la incitó a ir todavía más allá. Y confió en seguir adelante también sin equivocarse.


Entrenado para moverse en el disimulo, para fingir cosas diferentes a las que ocurrían, y en oportunidades, hasta para dejar de ser él mismo, a Iñaki no le había resultado demasiado difícil inventar un pretexto para realizar sin compañía la misión encomendada. Tal como le había sido ordenado, la dejó en un estrecho sendero solitario cercano al río, indicándole que si marchaba apenas quinientos metros hacia el este llegaría prontamente al camino. Allí la encontrarían y superada la pesadilla, todo volvería a ser como antes. Era obvio que su reciente experiencia amorosa había deteriorado el sentido que él solía tener de la disciplina, ya que estaba desobedeciendo a sus jefes al facilitar que encontraran a Madelaine en pocos minutos. Se despidieron besándose sin pronunciar ninguna palabra. Después de aquella callada ceremonia íntima, Iñaki repitió varias veces su promesa de ir a París cuanto Al cabo se separaron y Madelaine comenzó a caminar a campo traviesa rumbo al punto prefijado, entre árboles que exhibían sin pudor la sinceridad del otoño. Tenía frío pero estaba libre. A lo largo de toda su vida jamás había considerado que esa sensación de libertad podía ser tan maravillosa, y por un instante, no pensó en nada más que en eso. Hasta que apareció de nuevo en su mente la imagen de Iñaki. Entonces lo vio completamente diferente a los convencionalismos, a las obligaciones sociales y a las frivolidades que la rodeaban. Podía estar equivocado en sus ideas (ella creía honestamente que lo estaba), pero tenía que admitir que había sido construido en una sola pieza. ¿Era posible compararlo con los hombres que conocía? ¿Con Jean-Claude, por ejemplo, que vivía atado a cosas que por torpes que parecieran, convertía en eje de su vida? Ahora eso no importaba, porque ella estaba volviendo a lo que poco antes había llamado “su mundo”, al que sabía tan perfecto o tan imperfecto como el de cualquiera, y eso actuaba como un imán de incontenible atractivo. Entonces la imagen del hombre que había amado se desvaneció aunque dejándole la tranquilidad, tal vez la fantasía, de presentir que muy pronto reaparecería con sólo invocarla. Pero de momento, lo más importante era reincorporarse cuanto antes a todo aquello con lo que estaba familiarizada. Lo sintió mucho más intensamente cuando pudo ver el camino que señalaba el final de su ruta de escape, y después, la imaginaria entrada a su universo brillante ya recuperado. ¿Pero eso era todo?
El teléfono sonó mientras Josephine se paseaba nerviosamente por la habitación del hotel. Durante los últimos ni siquiera sus fantasías relacionadas con Eizagirre habían logrado sacarla de su preocupación. Por eso acudió corriendo con ansiedad hasta el aparato y levantó apresuradamente el tubo.
-Aló...
-Le tengo excelentes noticias: hemos hallado a su amiga sana y salva, un poco cansada y algo debilitada, pero bien, muy bien. - Dijo la voz del sargento Eizagirre.
-¿Adónde está? - Inquirió Josephine.
-Tranquilícese. Una patrulla acaba de recogerla en la carretera y ya la lleva hacia el hotel. En minutos estará allí.
-Gracias al Cielo. -Respondió como único comentario mientras trataba de contener las lágrimas.
-Mañana habrá que cumplir algunas formalidades. La llamaré para concertar el encuentro con su amiga en la Comisaría, y registrar su declaración.
-Convenido. -Aprobó ella.
-Hasta mañana Josephine.
-Hasta mañana sargento. -Concluyó ella, y colgó serenamente el receptor.
Apenas media hora después se produjo el encuentro entre las dos amigas. Se abrazaron y se besaron sin considerar que el desenlace hubiera podido ser dramáticamente distinto. Pero todo había pasado y ahora estaban de nuevo juntas aceptando que la experiencia reciente ayudaría para considerar las cosas de forma muy diferente en el futuro. (¿Sería así?) Madelaine llamó telefónicamente a Didier y con él compartió una tierna conversación. Luego disfrutó una prolongada y reparadora ducha, y recién después comenzó su relato mientras bebía té fuerte. Cada obligado paréntesis acentuaba la mirada absorta de su amiga, que no quería postergar ni por un segundo la relación de aquellos detalles. Como era de esperar, fueron referidos minuciosamente, incluida para sorpresa de la oyente, la relación con Iñaki y el propósito de reiniciarla en París lo antes posible. Al llegar a este episodio, Josephine, que permanecía concentrada en absorber casi sin respirar cada palabra, no pudo evitar interrumpir, apremiada por la tensión que le provocaban aquellas novedades.
-Me recuerdas a las heroínas de las novelas de principios de siglo, que solían ser violentadas por sus captores.
Madelaine la corrigió.
-No fui violentada. Me presté a ello, hasta creo que yo misma lo estimulé previamente, - aclaró -y disfruté como pocas veces lo he hecho. Iñaki es maravilloso.
-Debe serlo, -asintió Josephine- acaso, hasta te has enamorado... por algo quieres seguir viéndolo.
-Tal vez también sea por eso, aunque parezca un poco infantil. No deseo aventurarme tanto, pero puede ser. Te parece mala idea? -Dudó Madelaine.
-No. -Respondió esta con seguridad y sin meditarlo. -Yo haría lo mismo. Y te diré más: hace mucho que no te veía tan animada.
Viéndose tan francamente apoyada, Madelaine culminó su narración. Después preguntó:
-Y tú mi pobre amiga, ¿qué has hecho todos estos días?... Naturalmente, aparte de angustiarte.
-Tienes razón, fueron horas muy desagradables, sin saber adónde estabas ni como te tratarían, afortunadamente, el sargento Eizagirre...
-... ¿el sargento Eizagirre?...
-... si, -continuó Josephine- el policía a cargo de la investigación...
-... entiendo...
-... bueno, el sargento Eizagirre, como te decía, resultó un gran apoyo, y además, un hombre encantador. En otras circunstancias... En fin, me he sentido muy bien en su compañía.
-Ya estás en otras circunstancias, ¿no te has dado cuenta? -Le aclaró Madelaine como si tratara de animarla.
-¿En otras circunstancias? -Preguntó Josephine sorprendida.
-¡Por supuesto! -Insistió su amiga. -Ahora yo estoy de nuevo aquí y todo vuelve a la normalidad... no vas a seguir sufriendo mi desaparición como si nunca hubiera regresado. Por eso, ¡tú tampoco dejes pasar la oportunidad! Todo indica que nuestras vidas toman un curso en el que habrá que habituarse a las relaciones irregulares, por no decir, extravagantes. Sí, extravagantes, no te sorprendas. -Repitió- ¿Qué tiene de malo? Pensé mucho en esa palabra después de hacer el amor con Iñaki.
-Lo dices como si fuera equivalente a pecado. -Comentó Josephine encendiendo un cigarrillo.
-¿Y qué si así fuera? Cuanto más grande el pecado mayor su sabor. -Sentenció Madelaine sonriendo. ¿No lo sabías?
-No en esos términos, pero, casi me has convencido. -Adujo Josephine al tiempo que aspiraba nerviosamente su cigarrillo. -Pero también me has hecho pensar que es muy difícil escapar de ciertas situaciones, especialmente, cuando como yo, se es débil.
-No te equivoques, si fueras fuerte tampoco podrías, o lo conseguirías sólo en un momento excepcional, posiblemente, también durante poco tiempo, porque somos esclavos de lo que la vida nos propone, y no hablo sólo de ti o de mí, hablo de todos, aunque haya quiénes afirmen que con su voluntad son capaces de torcer el rumbo de las cosas. Podemos simular que no vemos la propuesta, modificarla en parte, tratar de fingir en nuestro interior que preferiríamos tomar otra dirección, pero es inútil. Lo comprobamos para bien o para mal cuando acabamos sucumbiendo ante ella. Desconfío de quiénes opinan lo contrario, les falta sinceridad o son muy tontos. No se qué es peor.
-¿No es eso un poco fatalista? -Preguntó Josephine como si pretendiera o necesitara una aclaración.
-Puede que lo sea, pero aún así, eso no cambia nada. Las cosas llevan diferentes nombres: Fatalismo, Destino, Sino. Pero la realidad siempre es una sola y no admite que se la confunda.
-¿Quiere decir que tú debes a ser la amante de Iñaki, la madre de Didier, la adinerada señora Röine Etagne, sin la posibilidad de modificar nada de eso aunque te disgustara?
-Es lo que trataba de explicarte...
-... y yo estoy obligada a convertirme en amante de un policía, así como estuve obligada a casarme y a divorciarme dos veces. -Continuó Josephine ya no preguntando, sino como si se tratara de una afirmación.
-Veo que me has comprendido a la perfección. -Agregó su amiga por todo comentario.
-Tú dices que las circunstancias son imposibles de controlar, por mucho que nos empeñemos, ¿no? -¿Estás segura? -Preguntó Josephine casi con temor.
Madelaine la tomó de los hombres mirándola cariñosamente.
-Ay pequeña, pareces una niñita pidiendo permiso para comer un dulce.


A la mañana siguiente, el sargento Eizagirre las recibió en la Comisaría como si llegaran para participar en una fiesta de gran gala. Ordenó que les trajeran café y se dispuso a comenzar con el informe.
-No voy a cometer la torpeza de preguntarle si es usted la señora Madelaine Röine Etagne, los dos lo sabemos perfectamente... -Dijo el policía buscando crear un clima distendido.
-...sin embargo, -interrumpió la aludida expresándose con simpatía. -le aseguro que durante los últimos días, yo misma lo olvidé en muchos momentos. Es increíble lo que puede llegar a sentirse en ciertas circunstancias.
-Me parece lógico y lo comprendo. -Aceptó él con seriedad. -No hace falta aclararle que su información es invalorable para apresar a los responsables de este hecho repugnante, perdón por expresarme así, pero no encuentro un calificativo más adecuado. Ahora bien, todo lo que diga, por insignificante que le parezca, puede tener una importancia definitiva. Por estas razones le ruego me relate cuanto lo que haya visto u oído, y hasta creído ver y oír durante su... digamos... detención.
Después de poner en funcionamiento un pequeño grabador, el sargento comenzó a seguir con gran atención la declaración como si no se estuviera registrando en la cinta. Pero cuando todo finalizó el policía se sintió frustrado. Madelaine no había aportado ninguna información valiosa. Contó que sus captores permanecieron encapuchados, aunque por sus voces ella creía que se habían relevado en diferentes turnos, pero sólo le hablaron para darle indicaciones ocasionales.
Mientras desarrollaba su historia, Josephine hubiera querido reír a carcajadas. Quedaba claro que su amiga era una actriz consumada interpretando el rol de víctima, pero al mismo tiempo, sin dramatizar sobre la probable maldad de sus victimarios. Sin embargo lamentó que Eizagirre fuera engañado. El no lo merecía, y aquella comprobación la hizo sentir incómoda. Atenuó rápidamente su pesar el saber que finalmente ella no era la responsable de la situación. Resultaba imposible abrigar la menor duda sobre las afirmaciones de la mujer recientemente liberada (tampoco existían razones lógicas para hacerlo). Muy distinto hubiera sido que Madelaine denunciara su relación con Iñaki, cosa que en ningún momento pensó hacer. Finalmente, ella no tenía responsabilidad en lo ocurrido, y consideraba que la acción criminal de ETA o su postura frente a la sociedad no la alcanzaban: era nada más que una extranjera que había participado sin quererlo en un suceso policial. Pensó que se trató de un error provocado por una maldita casualidad, entonces, si hacía caso omiso de lo incómodo de su cama y de la discutible calidad de la comida, aquello había sido una experiencia distinta, que le dejaba un recuerdo excitante. ¿Para qué complicarlo con una declaración altisonante? Además, Iñaki, más allá de la relación que habían mantenido, siempre se había mostrado gentil y sincero. Dejarlo al descubierto le parecía una cobarde forma de traición que no favorecería a nadie, muy por el contrario. Entonces, vino a su mente el viejo refrán: “A nadie da beneficio si a alguien causa perjuicio”. En suma, en lo que a ella se refería aquel era asunto terminado, aunque el razonamiento era fácilmente vulnerable. Naturalmente Eizagirre ignoraba estas íntimas conclusiones, por eso preguntó esperanzado, aunque también convencido de que no habría nada nuevo para escuchar.
-¿Es eso todo señora? Aparentando una contrariedad que no sentía, Madelaine hizo un gesto de asentimiento.
-Entonces, -comentó el policía poniéndose de pie- me resta agradecerle su colaboración, y como no deseo que pierda tiempo esperando la transcripción, rogarle que en cualquier momento a partir de esta tarde pase por aquí a firmar esta declaración.
Madelaine aceptó la propuesta. Josephine que hasta ese instante no había pronunciado palabra, decidió hacerlo cuando atravesaban la puerta del despacho.
-Sargento, ahora que todo el trámite oficial está superado, queremos decirle que le consideramos nuestro amigo. Ha dado sobradas muestras de serlo...
Eizagirre quiso interrumpir.
-... señora, por favor...
Ella estaba absolutamente decidida a seguir hablando y no le permitió continuar.
-... le ruego no diga nada. No sólo esperamos que sienta lo mismo hacia nosotras, sino también que acepte acompañarnos a comer esta noche. ¿Estará disponible?
Eizagirre, al que sólo tener un pretexto para volver a ver a Josephine lo llenaba de alegría, respondió sin pensarlo un segundo.
-Será un honor. -
-En ese caso, le esperamos en el hotel a las diez.
-Allí estaré. -Asintió estrechando las manos de las dos mujeres.
Ya en la calle, mientras subían al automóvil, Josephine preguntó con tono solemne.
-¿Dirías que Sarah Bernhard ha resucitado?
-Mucho más que eso. -Contestó Madelaine. -Diría que nunca ha muerto.

martes, 7 de agosto de 2007

Capítulo 16

16

El sargento Eizagirre se hubiera sorprendido de poder comprobar que su deducción era un calco de lo que realmente había pasado. Esa misma mañana, el análisis del suceso generaba serias discrepancias en la reunión donde se decidía la suerte de Madelaine. Eso ocurría en el secreto cuartel general de ETA. Allí la discusión fue densa y prolongada, girando sobre dos posiciones antagónicas. La primera, insistía en la conveniencia de eliminar a la prisionera, para no dejar en evidencia que su secuestro había sido un error. Además, si la dejaban con vida, ella podría identificar a sus captores o el lugar adonde había permanecido retenida. Quienes se oponían a estas iniciativas sostuvieron una argumentación basada en que no vendría mal mostrar un excepcional gesto de benevolencia, y descartaba la posibilidad de que sus guardianes hubieran sido vistos a cara descubierta, como que a Madelaine le fuera posible localizar el lugar en que había estado (Naturalmente, nadie conocía su relación con Iñaki.) Finalmente, se llegó a una decisión: esa tarde la abandonarían en un lugar alejado de la carretera. Allí sería encontrada y el asunto se daría por terminado. Resultó irónico que el mismo Iñaki fuera designado para comunicar a Madelaine lo resuelto. El no había intervenido en el secuestro pero era uno de los encargados de su custodia. Tampoco se trataba de una casualidad. A veces las historias se eslabonan como si las armonizara un misterioso propósito. Respecto a esta misión le dieron diversas instrucciones, entre ellas, puede sonar paradójico, manejar las cosas con la mayor delicadeza posible. La intención no consistía en pedir disculpas, pero sí hacer que Madelaine se llevara la impresión de haber recibido un tratamiento considerado y humanitario. Así reaparecía otra vez el vano intento de convencer a los demás de cosas que no estaban dispuestos a aceptar. Pero la inteligencia no es condición para uso convencional de jefes de una banda de asesinos capaces de matar y de morir por una causa equivocada perdida, dos aspectos que ellos estaban empeñados tozudamente en desconocer, como si la realidad y el ensueño fueran parte indivisible del mismo paisaje.

Cuando Iñaki irrumpió apresuradamente en la habitación, ella sintió que su captor había perdido el aire parco que siempre parecía rodearlo como un emblema. Hasta podía decir que en la ocasión se le veía decididamente feliz.
-Te tengo buenas nuevas. -Fueron sus palabras.
-Dios mío, gracias. -Exclamó Madelaine.
-Me encomendaron que esta tarde te deje en libertad.
Ella lo abrazó y lo besó. Luego le miró fijamente.
-Hemos hablado muy poco de nosotros, me gustaría saber cosas de ti, de qué te ocupas, por ejemplo, cuando...
-... cuando no estoy fabricando bombas, quieres decir... - la interrumpió él. - Ella intentó justificarse, pero él anticipó. -Nunca he fabricado ninguna, no sé hacerlo, y la misión más riesgosa que he tenido hasta ahora ha sido vigilarte. Pero no soy un asesino... trabajo como maestro de escuela.
Madelaine quedó absorta.
-Jamás lo hubiera imaginado: ¡maestro de escuela!
-Pero es así.
Ella no se sentía conforme, y quiso transmitírselo.
-Pero debes hacer otra cosa, no sé, leer, andar en bicicleta...
-... jugaba pelota en Bilbao hasta que debido a un accidente con mi moto tuve una severa lesión en la clavícula. El médico indicó que el deporte había terminado para mí.
-¿Pero hay otras cosas que deben gustarte? -Insistió la mujer. -La música, por ejemplo.
-Oh si, la música me gusta mucho.
-¿Beethoven, Brahms, Mussorgsky, Stravinski, Debussy, Bruckner, Mozart, Liszt, Vivaldi, Verdi? - Enumeró ella tratando de presentarle el panorama más amplio posible, pero sólo logró que Iñaki estallara en una carcajada.
-No, no esa música.
La señora de Röine Etagne se sintió tocada. Para ella aquellos no eran simplemente nombres sino monumentos cuyos méritos no se le hubiera ocurrido discutir.
-¿Es que hay otra? - Preguntó lacónicamente.
El no se amilanó.
-¿Nunca has oído hablar del jazz?
Ella lo miró fijamente.
-Por supuesto que sí, pero sería incapaz de darte una opinión al respecto, sencillamente, porque no creo haber escuchado esa... esa música, ni lo suficiente ni con atención.
-Pues has hecho mal. -Dijo Iñaki como si la reprendiera. -Me gustaría iniciarte en su conocimiento, seguro que te encantaría. ¿No has oído hablar de Miles Davis o de Gillespie? A ambos les he visto tocar en Vitoria - Gasteiz (10).
En ese momento le pareció advertir que Madelaine lo miraba como si le estuviera escuchando el relato de las experiencias recogidas en otro mundo.
- Pero bien... estamos hablando nada más que de mí, y no me has dicho de que te ocupas tú.
-Soy rica.
-Pero ese no es un trabajo. - Dijo sitiéndose burlado.
-¿Crees que no? -Reaccionó Madelaine. -Tienes que escuchar los informes de los administradores, asesorarte para poder interpretar los balances, analizar en qué país y en qué actividad conviene realizar las inversiones, informarte de la evolución de las empresas, aun de las que no son tuyas, estar al tanto de las fluctuaciones del mercado, y si tienes el control directo de una empresa o de un grupo de empresas, permanecer atento para que la competencia no se te adelante. ¿Y sabes la razón de todo esto? La razón es que el dinero no puede, no debe estar quieto. Es como los caballos de carrera que deben mantenerse constantemente entrenados, es decir, en movimiento. Si los dejas estáticos, en poco tiempo no sirven ni para tirar de una calesa. Es lo que ocurre permanentemente con el dinero, por eso merece tanta atención, y también por eso me mantiene tan ocupada. ¿Lo ves?
-Pero viniste a San Sebastián como turista, y antes, me dijiste, pasaste una temporada de descanso en Francia. ¿Quién se ocupa de tus negocios en esos momentos?
-Tengo decenas de colaboradores eficientes que están a diario sobre todo problema pero yo debo tomar las grandes decisiones, desde que murió mi marido he tenido que aprender a hacerlo. Y no es nada fácil porque se dispone de muy poco tiempo. No me quejo.
Iñaki quedó reflexionando, pero no demoró su comentario.
-Pienso que con frecuencia te debes sentir muy sola. ¿No podrías darte la oportunidad de intentar modificar un poco las cosas?
Madelaine descubrió que la pregunta era una velada propuesta para que iniciaran algo juntos, tal como si tuvieran toda la vida por delante igual que cualquier pareja de enamorados. Le pareció un propósito alocado.
-Es triste, -dijo- pero no existe esa oportunidad.
-Sí. -Acordó él cabizbajo y dejando claro que ella no se había equivocado. -Esta tarde estarás en tu hotel, y después volverás a tus obligaciones. Todo lo que pasó será consumido por el olvido, y hasta esta conversación se convertirá en una charla ocasional, como la que hubieras podido mantener con un desconocido durante un viaje en tren o en avión.
Madelaine se mostró molesta.
-Deberías pensar primero que esta tarde estaré libre, ¿o no significa nada para ti? Por otra parte, el hotel es donde estaba hasta que ustedes decidieron que era mejor traerme aquí. ¿Por qué no habría de querer volver allá, anhelándolo hasta la desesperación? ¿Acaso olvidas que ese es el mundo al que pertenezco? -Preguntó con innecesaria soberbia.
-Claro que no lo olvido, además, tampoco quise incomodarte. En cuanto a tu libertad, después de lo que me has dicho, no creo que sea mucho más que una apariencia, y si fuera tan atrevido como debería, te preguntaría cuál es la clase de libertad de que gozas...
-...puedes preguntarme todo lo que quieras. -Interrumpió Madelaine. El respondió al desafío.
-Me refería a una libertad sin amor. ¿Es acaso una libertad completa. ¿No es preferible amar, amar tanto, hasta perder en otro la propia individualidad?
Ella hubiera querido contestar, pero no dijo nada. Sin embargo, Iñaki asumió aquel silencio como una respuesta.
-Dejémoslo, al menos en lo que a nosotros dos se refiera. Y volviendo a la libertad, diría que mi profesión es luchar por ella.
-Todo eso me parece más que discutible, pero bueno, -continuó inmediatamente Madelaine. -no creo oportuno adornar nuestra despedida expresando diferencias sobre estos temas. ¿De qué serviría? Después de todo, al menos creo que somos amigos... o lo que quieras. -Reafirmó Madelaine. -Puedes ponerle el nombre que prefieras, no voy a impedírtelo, pero algo somos, no tengo dudas y tú tampoco deberías tenerlas. Hemos estado muy juntos como para aparentar que nada ha pasado, que todo lo ocurrido ha sido una casualidad, o lo que sería aun peor, un impulso pasajero para satisfacer el deseo. Suena melodramático, pero no encuentro modo mejor de decirlo.
-No pienso nada de eso, es más, comencé amando tu cuerpo, y que hayas compartido mi cama te valoriza enormemente ante mis ojos, como si te respetara más y de un modo más íntimo. Te parecerá algo antiguo y fuera de uso, ¡pero es así! Ahora, no sé... me es difícil explicarlo pero quiero ser franco. -Trató de definir vagamente el hombre.
-Lo lamento, pero odio las salidas dramáticas. Yo también podría decir cosas parecidas, pero no lo hago.- Interrumpió Madelaine con tono gélido. -Sabíamos que algo así iba a suceder, porque existían dos posibilidades: me asesinaban o me ponían en libertad. Me alegro, claro, de que haya ocurrido esto último, pero de la otra forma, también nos hubiéramos separado, y no creo que en ese caso te hubiera quedado una sensación agradable.
-¿Qué crees? Me habría quedado una pena y una culpa muy grandes, insoportable, aunque no haya sido yo quien decidió todo esto, pero no demasiado menor a lo que siento ahora, por eso quiero saber: ¿Qué podemos hacer para volver a vernos? - Musitó él, porque volver a verla era lo único que le importaba. Sentía que jamás había amado a nadie como amaba a Madelaine. -Si, ya sé. -continuó- La nuestra ha sido una relación fugaz y por maravillosa que nos haya resultado, por felices que nos hayamos hecho el uno al otro, por alegre y completo que yo me sienta con sólo verte, termina donde termina.
-Me haces sentir como la abeja reina que aprovecha las cualidades del macho y luego lo deja librado a su suerte, pero no es así. -Respondió Madelaine con firmeza. -Yo también siento gran respeto por ti y por lo que hemos hecho, y no me deja en absoluto indiferente, como por cierto, tú tampoco me dejas nada indiferente, verás cuan sincera puedo ser, y lo seré más aun: me gustaría volver a repetir hasta el cansancio todo lo que pasamos juntos. En cuanto a vernos... - Madelaine adoptó un tono terminante. -¡No! Es demasiado peligroso, demasiado peligroso, -repitió como si quisiera convencerse- especialmente para ti.
Iñaki, que después de conocer a Madelaine había dejado de ser el hombre duro y decidido de antes, se veía desconsolado.
-Tienes razón, debería haberlo pensado.
-Aunque... -dijo Madelaine.
-...¿si?... -Se esperanzó él advirtiendo una posibilidad remota.
Ella continuó.
-... acaso podríamos vernos en París, a menos que la policía francesa ya te tenga individualizado.
-Es sumamente improbable. Jamás he estado en Francia. - Afirmó él con seguridad.
-Entonces te sugiero que anotes mi teléfono...
-... no, prefiero memorizarlo.
-Está bien. El número es...


10 El personaje hace referencia al Festival de Jazz de Vitoria - Gasteiz, que se realiza en Vitoria - Gasteiz.

lunes, 6 de agosto de 2007

Capítulo 15

15

Durante la tarde de un luminoso sábado, María y Romualdo se encontraron en el bar de su primera cita. Parecía que el otoño acababa de decidir una contramarcha y regalarles un sol primaveral. Después de pedir café llegaron al inevitable tema del trabajo y por un instante quisieron creer iba a llegar volando, para luego caer como un hechizo sobre la cabeza del muchacho.
-Sí, seguro, -Dijo él no demasiado convencido.- pero los días siguen pasando... y ya no me preocupa tanto por mí, es por La Vieja... Este asunto no la tiene nada bien.
-¿Tu madre? -Inquirió la muchacha.
-No, pero es como si lo fuera. -Aclaró él como si acariciara un recuerdo querido.
María lo miró sin comprender y también sin saber qué decir. Romualdo descubrió su desconcierto y rápidamente la internó en su mundo. Le habló de la anciana y del cariño con que lo había tratado siempre. También le habló de José, el pequeño que La Vieja había recogido y a quien sentía como a un hermano menor. Y terminó contándole las andanzas de Serafín como si fuera un personaje de leyenda. María aprovechó para desviar el tema original, buscando que toda la atención se concentrara en el gato.
-¿Y cómo es? -Le preguntó.
-Atigrado, solitario y noctámbulo. ¿Se dice así? -Dudó, sin saber muy bien adónde había escuchado esa última palabra y si expresaba con acierto lo que él quería decir.
-Sí, noctámbulo... que le gusta disfrutar de la noche, mejor dicho, que tiene hábitos nocturnos. ¿Verdad? - Explicó María tratando de no parecer demasiado sabelotodo.
-Eso justamente. -Confirmó Romualdo con timidez.
Ella reparó en la incomodidad que le ocasionaba su ignorancia y corrió en su ayuda.
-No te preocupes, nadie sabe todas las palabras. También en esto, ¿qué sería de este mundo si no tratáramos de ayudarnos unos a otros?
El la miró desconcertado porque acababa de escuchar algo en lo que no creía.
-¿Vos estás verdaderamente convencida de que queremos ayudarnos unos a otros?
-No, -respondió rápidamente María- pero en todo caso, no estoy hablando de todos sino de nosotros dos. -Eso me gusta más. Sí, creo que nosotros queremos ayudarnos. Estoy más que seguro.
-Yo por lo menos quiero ayudarte en todo lo que pueda, te lo juro. -Agregó emocionada la muchacha al percibir que sus sentimientos evolucionaban con una rapidez con la que no había contado.
-¿Se trate de lo que se trate? - Preguntó Romualdo.
-Se trate de lo que se trate. - Confirmó ella.
El sintió miedo pero igual insistió.
-Mirá que lo que acabás de decir es serio. - Afirmó temiendo introducirse en cosas que desconocía. Ella no pareció advertirlo.
-Ya lo sé. Llevo cuenta de todo lo que digo. Es la única manera de no tener que arrepentirme, por eso no hay ningún tema que me atemorice. Comprendo que soy joven, y mucho de lo que diga pueda terminar pareciendo un alarde vano, pero... ¿sabés una cosa?... tengo veintitrés años y trabajo todos los días entre la vida y la muerte... esta no es una exageración. No son chicos que se tragaron un anillo o se cortaron un dedo, ni ancianos que se quejan porque el laxante no les hace efecto. Eso podría ser casi divertido, me refiero a gente que puede vivir o puede morir y a la que aunque sea de mínima manera estoy en condiciones de auxiliar. Eso es lo que desde hace dos años vivo a diario en mi trabajo, y esa es en el fondo la realidad del hospital, de cualquier hospital, lugares en los que falta de todo, aunque no creo que semejantes experiencias sean demasiado diferentes a la vida misma, sencillamente, forman parte de ella. ¿De qué me voy a asustar entonces?
-De lo mismo que se asustan todas las mujeres en algún momento de sus vidas, aunque siempre tengan mucho coraje para todo lo demás.
María comprendió de inmediato a qué se refería Romualdo, y no pudo evitar una sonrisa.
-Creo imaginármelo. ¿Me estás hablando del temor a acostarme con un hombre?
-Sí. -Se limitó a contestar él, porque quería que ella continuara hablando. Le interesaba lo que decía, pero mucho más, lo deleitaba como lo hacía, y aunque no lo percibiera intelectualmente, la forma en que construía cada frase, y la cadencia de su voz que le acariciaba.
-Nunca lo hice, pero no porque tuviera miedo. Y te digo, he pensado mucho al respecto. Lo que creo es que no me ha llegado la oportunidad, tal vez, porque soy una de esas tontas que como dicen que se hacía antes, cosa que no creo, todo lo relacionan con el amor...
-... eso no está mal. Interrumpió él.
-No, no está mal, -Continuó María.- y no quiero ocultar que alguna vez un hombre no me haya hecho sentir cosas por dentro. Disculpame si uso términos muy hoscos, pero... ¿A qué mujer no le ha pasado eso, aun-que más no sea en una única oportunidad? Cuando me ocurrió a mí, me consolé pensando que eran problemas de la biología y que no había llegado el instante adecuado, ese en que el sexo se realiza a partir del amor, para que no me pase lo que a la heroína del cuento.
Romualdo la observó intrigado.
-¿La heroína del cuento?... ¿Qué cuento?
-Uno que leí hace algún tiempo... es muy breve. Relataba la historia de una muchacha que sin amor y sólo empujada por el deseo se acuesta con un hombre. Cuando llega a su casa se siente culpable, sucia. Entonces resuelve bañarse para quitarse el pecado. Pero pocos días después, nuevamente atrapada por el deseo repite la experiencia con el mismo hombre, y posteriormente, su sensación se reitera. Y así cada vez que lo hace, y cada vez se siente más sucia y ya no le basta con agua y jabón. Por eso recurre primero a un cepillo ligero, hasta que más adelante, para lograr su propósito necesita uno metálico. Y de nuevo recurre a aquella unión que le parece sacrílega, y cada vez frota su cuerpo con mayor violencia porque sólo ese dolor producido por la suciedad desprendiéndose elimina el de la culpa que es mucho más poderoso. Su cuerpo comienza a llagarse, y más y más cuanto más recurre al sexo. Hasta que un día, vuelve a desvestirse frente a aquel hombre y él descubre sus horribles pústulas. Entonces, asqueado por la visión de sus heridas, sin preguntarle su causa y sin saber que es el responsable de ellas, la abandona. El cuento tiene una moraleja interesante. -Impresionado por la historia Romualdo se quedó mirándola sin saber qué decir. María continuó hablando. -Antes, te decía que en aquella ocasión no había llegado el instante adecuado... porque no estaba frente a la persona que me correspondía, como si se hubiera tratado de dos trenes que deben encontrarse en un cruce a la misma hora cerca de idéntica estación... y uno de los dos, desgraciadamente, llega a destiempo. En mi caso, los horarios tampoco se han correspondido con los de alguien. Ya lo harán, no tengo apremio. Mamá dice que “todo llega en la vida”. No es una frase original, pero me parece que como muchas cosas simples encierra una gran sabiduría. De lo contrario, sólo los filósofos serían capaces de acomodar adecuadamente su existencia.
María había hablado con una madurez y una justeza poco comunes en una mujer de su edad. Romualdo ignoraba que las mujeres suelen llegar a su punto mucho más aceleradamente que las frutas, y que para eso no necesitan de las delicias del sol ni de las estipulaciones del calendario. Pero sintió que en su interior un nudo se estaba desatando, y eso le hizo subir a la garganta la osadía para atreverse a afirmar:
-Entonces... eso, va a suceder cuando te enamores...
-... Sí... cuando me enamore... como me está ocurriendo ahora.
-¿Ahora? -Casi gritó Romualdo, no creyendo haber escuchado lo que realmente había oído.
-¡Sí! ¡Ahora! Pero de todas maneras sé, que al nacer, el amor es una cosa frágil... necesita mucho cuidado para afirmarse y sobrevivir... igual que si fuera un bebé prematuro. - Contestó la muchacha con una decisión que tenía mucho de salvaje, lo que la hacía aparecer distinta y al mismo tiempo igual, pero a los ojos de Romualdo, mucho más hermosa. Por eso al muchacho se le ocurrió que nada de lo que pasaba en ese momento era verdad, pero no dudó.
-Me gustaría besarte. -Atinó a decir.
-Y a mí que lo hicieras. -Agregó ella.
-¿Es por lo de los trenes? -Preguntó él.
-Los trenes... - Repitió vagamente María, agregando -los trenes que alguna vez van a tener que encontrarse...
Entonces se besaron, mágicamente, casi sin tocarse.

-Mama, ¿vio que gordo está Serafín? -Preguntó José, mientras sobre un felpudo que nadie sabía de adónde había salido, el gato se lavaba bajo el sol de la tarde,
-¿Cómo no va a estar gordo si no hace más que comer a nuestras costillas? -Fue la súbita respuesta de La Vieja mientras se acercaba inquisitivamente al animal. -Aunque demasiado gordo, o si lo preferís, con una gordura rara. -Agregó insistiendo en mirarlo detenidamente.
El chico, que había cambiado sus planos autitos de cartón por uno de plástico, reciente regalo de Romualdo, la siguió extrañado.
-¿Qué quiere decir “una gordura rara”?
-Quiere decir que Serafín es Serafina. -Contestó terminante la anciana, después de tocar como un veterinario experto la barriga del gato.
-Entonces Serafín... digo Serafina... ¿va a tener gatitos?
-Sí, y era lo único que nos faltaba, ampliar la familia, como si las cosas no estuvieran ya terriblemente mal. Ah, pero yo lo arreglo fácil. Apenas nazcan, lleno una palangana con agua, y todos adentro, si me descuido, hasta lo meto... la meto a ella.
-Pero mama, -Saltó José aterrorizado. -¿vamos a matar a todos los gatitos?
-¿Y qué querés que haga? ¿Que me ponga a darle de comer a toda la cría? Ni pensarlo... con el trabajo que da... Además, ¿qué te creés, que soy millonaria?
El chico la interrumpió pero sin palabras, corriendo desolado hacia el interior del cobertizo. La Vieja lo dejó ir, y cuando estuvo segura de que ya no podía escucharla, agregó:
-... ¡tonto... como si yo fuera capaz!

domingo, 5 de agosto de 2007

Capítulo 14

14

Iñaki se despertó a las seis de la mañana, salió de la habitación en busca de café y volvió con dos tazas humeantes en el momento en que Madelaine se despertaba. Apremiado por su apuro bebió rápidamente y anticipó que debía irse a una reunión importante. Ella presumió cual sería el tema principal de aquel encuentro.
-¿Tiene que ver conmigo? ¿Verdad? - Preguntó.
-Sí. - Contestó Iñaki secamente.
La respuesta le produjo un efecto balsámico. No le disgustaba que él estuviera inquieto por ella, y mucho más, importarle.
-Bueno, mientras espero el veredicto que me pondrá frente al verdugo, me gustaría fumar un cigarrillo. - Dijo ella como si hablara de otra persona.
Iñaki se sintió incómodo y respondió fríamente.
-Parecen complacerte las ironías, sin reparar en que esas ironías acaban volviéndose contra ti.
Ella se quedó callada observándose las manos como si las tuviera a kilómetros de distancia y necesitara comprobar que todavía le pertenecían. El encendió el cigarrillo y se lo colocó en los labios. Después salió y como si fuera sólo un carcelero insensible, y cerró la puerta con el ruidoso cerrojo de siempre. Madelaine hubiera deseado que se despidiera besándola pero él no lo hizo. No consideró que estaba confundido y también inquieto. En verdad, la percepción de Iñaki durante esos días no era la mejor para comprender ciertas cosas. También ignoraba que para él, aquella reciente relación se había convertido rápidamente en algo más que en una pasajera aventura sexual. Permaneció inmóvil, sentada en el borde de la cama mirando sus zapatos deslucidos, fumando con lentitud y lamentándose por haber conocido a aquel hombre en circunstancias tan poco propicias. Fantaseó sobre otras formas en que podrían haberse encontrado, pero terminó aceptando que todo había tenido que ocurrir así. Al fin de cuentas esa era su idea de cómo se producían los acontecimientos en este mundo. Aunque la situación la disgustara, era inevitable aceptarla y en el mejor de los casos tratar de adaptarse. ¿No es lo que hacía siempre? “Es más, pensó, ¿no es lo que todos hacían siempre?” La fatalidad de sentirse viviendo de acuerdo a lo que las cosas determinaban, igual que una veleta esclava de los designios del viento, agotaba sus posibilidades de razonamiento. Por fin, algo se le hizo claro, y aunque no tenía nada que ver con el tema de su reflexión era lo más obvio: debía recuperar su libertad y volver a la normal rutina de su vida.
En tanto, Josephine revisaba los diarios esperando encontrar algún indicio, pero todos se limitaban a informar escuetamente sobre la desaparición de una ciudadana francesa llamada Madelaine Röine Etagne ocurrida en extrañas circunstancias en San Sebastián. El Mundo, El País, Deia (9) y el ABC, con estilo más o menos parecido publicaban el asunto sin aportar detalles novedosos. Sólo uno de ellos mencionaba que la secuestrada disponía de una gran fortuna, lo que no era en sí mismo un dato significativo. La mujer continuó insistiendo en ese infructuoso cometido, hasta que se produjo la llamada del sargento Eizagirre. El policía la invitó a almorzar, y le dijo que si bien no poseía novedades concretas, quería ponerla al tanto de la marcha de la de la investigación. Josephine aceptó la propuesta, y se citaron para a la una en el lobby del hotel. Al encontrarse se estrecharon las manos y después él la condujo hacia la salida y luego hasta el automóvil. Le abrió la portezuela, esperó que estuviera cómodamente sentada, y recién entonces subió al coche y puso en funcionamiento el motor. En el trayecto se dedicó a contar todo lo que se sabía hasta ese momento. Estaba probado que Josephine era la última persona que había visto a Madelaine, porque el elevador que llevaba al garaje no tenía ascensorista, y el garaje no contaba con vigilancia alguna.
-Cabe ahora preguntarse, ¿cómo sacaron del hotel a su amiga? -Puntualizó Eizagirre para luego continuar. -Esto ofrece dos posibilidades: la ocultaron en un vehículo que llegó simulando pertenecer a un proveedor, o bien, la introdujeron en el baúl de un auto estacionado desde la noche anterior. Lamentablemente, en el hotel no se lleva un control estricto de los vehículos que entran y salen, como tampoco de los que permanecen en el garaje, este es un aspecto. En cuanto al otro, cuatro patrullas están rastrillando en un radio de cincuenta kilómetros a la redonda. Estimamos que a los secuestradores les hubiera sido demasiado riesgoso alejarse más. Sólo resta esperar, mantener la calma y no perder la confianza.
Mientras el sargento hacía su relato llegaron a un restaurante en la Avenida de Ategorrieta, camino a Irún. El lugar parecía una residencia privada rodeada de un jardín, el que sería colorido y alegre en otra época del año, ahora triste y mustio por voluntad del otoño. El interior era cálido y agradable, decorado con la parte frontal de autos antiguos colocados a la manera de cuadros. Josephine alabó el lugar y después de escucharla atentamente, él sólo comentó.
-Si, es muy simpático, y la comida es excelente.
Pidieron paté trufado y solomillo asado cubierto con salsa de oporto, acompañado por papas Bechamel, plato que el menú anunciaba como Solomillo a la King. Eizagirre completó el encargo requiriendo un Saint Emilion Reserve du Canciller. Ya con el menú dispuesto, agregó:
-Siendo usted francesa, me ha parecido elemental beber vino de su país.
Ella agradeció la cortesía, y los dos iniciaron una charla trivial de la que Madelaine parecía no formar parte. De improviso la conversación tomó otro rumbo, y se encontraron hablando de pintura, música y literatura, sin que ninguno de esos temas parecieran extraños al sargento. De pronto, Jacqueline comentó:
-No lo tome usted a mal, lo digo porque a veces la franqueza suele resultar incómoda, cuando no agraviante...
El sargento la interrumpió.
-... tranquilícese...nada de lo que usted diga puede incomodarme, y mucho menos agraviarme. Merece toda mi confianza a pesar de conocerla desde hace poco tiempo.
-Está bien, entonces le diré que... se ve usted demasiado mundano para ser policía de una ciudad... de una ciudad más o menos pequeña. - Luego, arrepintiéndose de sus palabras Josephine insistió. -Discúlpeme, soy una atrevida incorregible.
El se echó a reír. Parecía que los había reunido una circunstancia afectiva en lugar de un suceso desagradable con desenlace imprevisible. Era causa determinante del clima que prematuramente Eizagirre hubiera sentido gran simpatía por Josephine, y además de informarla, hacía todo lo posible por distraerla para sacarla del estado depresivo que era fácil adivinarle.
-No me extraña para nada su opinión y para que no se preocupe por ello, le diré que ya he escuchado cosas parecidas otras veces. Pero hoy la culpa es mía por no haberla prevenido, aunque es difícil prevenir absolutamente de todo a una persona a quien se acaba de conocer, pero lo haré ahora. Antes que nada -continuó Eizagirre- como es lógico, no tengo nada contra la profesión de policía, aunque pertenezco a ella por casualidad. Si las cosas hubieran seguido el curso previsto hoy sería monje y estaría en un monasterio, entonces, alejado de asesinatos, robos y secuestros... aunque también de usted en este momento, lo que si no la ofende, sería absolutamente lamentable. Pero volviendo al asunto... perdón por desviarme... las secuelas de la Guerra Civil alteraron los planes de mis padres, y también sus posibilidades económicas. - El advirtió una nube de desconcierto en la expresión de Josephine y se anticipó acompañándose con un ligero gesto de su mano, como si quisiera que su compañera detuviera algún proceso de su cerebro. -Antes que se sumerja a calcular fechas, le diré que aquí en España, esas secuelas se prolongaron demasiados años, recuerde que “por la gracia de Dios”, hasta su muerte siguió gobernando El Caudillo.
Josephine asintió.
-Lo cierto es que el jovencito que debía encaminarse hacia el seminario, se vio obligado a cambiar la cruz por la azada. Afortunadamente, después pude hacer mis estudios secundarios, y bueno, lo demás es casi irrelevante... hasta que me incorporé a la policía por el discutible afán de defender a la Justicia. En fin... lo único que me quedó de aquellas enseñanzas familiares que pretendían guiarme hacia la religión, fue una especial inclinación por las artes... y las artes, al menos para mí, admito que tal vez equivocadamente, tienen mucho que ver con la religión, o al menos, tenían mucho que ver en aquellos tiempos. En verdad ignoro otras razones y por lo tanto, no tengo más remedio que atribuirlo a eso. Acaso también, debido a que en mi casa se perdió todo menos los libros, posiblemente porque a la mayoría de la gente los libros no le interesan. No los pueden comer ni sirven para hacer fuego, salvo el que ciertas bestias encendieron alguna vez con ellos.
A Josephine le llamó la atención la forma en que el hombre se había ido estimulando hasta exhibir cierto grado de controlado enardecimiento. El también lo advirtió.
-Discúlpeme. Siempre me ocurre lo mismo cuando abordo estos temas. Sin duda, he hablado demasiado.
-Pero no, le comprendo perfectamente, aunque si me lo permite, ¿puedo ser un poco más curiosa?
-Por supuesto. -Exclamó Eizagirre sin reservas.
-¿Y que pasó con la religión? Las mismas influencias que lo llevaron a la cultura, ¿no lo empujaron a ella?
-Soy creyente... si es lo que desea saber, no más que eso.
Josephine no agregó nada respecto a lo que acababa de escuchar, porque había utilizado la pregunta anterior como prólogo de lo que realmente quería saber. Entonces lanzó su estocada de manera directa.
-¿Es usted casado?
-Mi querida Josephine, ¿puedo por un instante llamarla así? - Ella le dedicó un delicioso mohín aprobatorio. -No desentonaría usted en el Departamento de Investigaciones.
Los dos rieron por la ocurrencia, luego él dijo con sorna.
-Le recuerdo que no he contestado a su pregunta.
-Es verdad. -Asintió Josephine.
-Está bien, voy a hacerlo. No, no soy casado. Lo fui una vez, pero no ahora. De cualquier forma, como siempre ocurre, su curiosidad alimenta la mía... ¿qué puedo saber de su vida afectiva? - Iba a decir sentimental, pero no se atrevió.
-Me he casado dos veces y me he divorciado otras tantas, pero por favor, evíteme hablar de eso, ya que no creo le gusten las historias tristes. ¿Verdad?
-Es cierto, - confirmó él - no me gustan ni siquiera en el cine, prefiero las comedias. Uno ríe tan poco en este mundo.
-Es verdad. Bueno, en lo que a mí respecta el interrogatorio ha terminado. -Comentó ella con humor...
-... y lo ha desarrollado a la perfección, créame que sé de que estoy hablando. - Argumentó el policía como si estuviera completando la frase de Josephine, mientras ella deslizaba su cuchillo con delicadeza sobre la tierna textura del solomillo.
-Entonces ella sintió la necesidad de decir algo.
-Hacía tiempo que no disfrutaba de una conversación tan agradable, y me animo a afirmar, que lo sería mucho más en otras circunstancias, posiblemente por eso, ahora no puedo evitar volver sobre...
-Ya lo sé, ya lo sé... -Argumentó Eizagirre como si quisiera establecer que no era su propósito evitar al tema. -Y sé también lo que debe haber pensado, que para usted la señora Madelaine Röine Etagne es su mejor amiga, y en cambio que para mí, es sólo un caso más.
-Jamás pensé nada semejante. -Afirmó prontamente la invitada.
-Bien. -Dijo Eizagirre. - Pero necesito aclarar este punto, aunque le parezca sorprendente, para mí ninguno es nunca un caso más, especialmente, cuando está en juego la vida de un ser humano. Ahora, en cuanto al secuestro, hay algo que puedo contarle y que no le he referido todavía. Esta reserva se debe a que aún no he podido definir con claridad, si se trata de un detalle tranquilizador... o todo lo contrario.
-Por favor... -Casi rogó Josephine.
El policía no tardó en responder.
La mañana que desapareció su amiga, el general López Hermida, un general del ejército, recibió en Madrid la extraña llamada de un desconocido que se identificó como hombre de ETA... ¿sabe usted lo que es la ETA? - Ella asintió con un gesto. Eizagirre continuó. -Bien. Esa persona le propuso un intercambio de favores: la libertad de ciertos miembros de la organización a cambio de la vida de su mujer, que según le comunicó, acababa de ser raptada en San Sebastián. Se preguntará usted qué hacía esta buena señora aquí, a 480 kilómetros de su marido. Pues bien, viajó para participar en un congreso de ecologistas, al que por sus conocimientos y representatividad había sido invitada. Comprenda que son cosas que ocurren -aclaró- aunque resulten inexplicables. El general pidió media hora de tiempo para hacer sus verificaciones, pensando referirlas exclusivamente al tema de su mujer, claro, ya que sobre el propuesto intercambio carecía de atribuciones. Los hombres de ETA deberían saberlo, pero... bueno, no es el caso. Entonces llamó a su mujer, habló con ella comprobando que se hallaba en su hotel y que estaba perfectamente. Naturalmente, para no atemorizarla, no le hizo conocer el motivo de su llamado.
-¿Pero eso qué tiene que ver con la desaparición de Madelaine? -Preguntó Josephine sin comprender adónde quería llegar el policía.
-Verá... -continuó el sargento expresándose formalmente y con la mayor precisión. -...es algo increíble. Este grupo despreciable, siempre se ha movido con gran precisión midiendo al centímetro cada paso. Pero en este caso, parecen haber cometido una inexplicable equivocación, debido, de acuerdo a mi punto de vista, a varias extraordinarias coincidencias. Una: la mujer del general López Hermida se alojaba en el mismo hotel en una habitación contigua a la de ustedes; dos: de acuerdo a las fotos que he podido comparar, a primera vista es muy parecida a su amiga; tres: además, también es francesa. Casi podría asegurar, que la señora Madelaine Röine Etagne fue raptada por error.


9 Diario que se publica en Euskadi.

sábado, 4 de agosto de 2007

Capítulo 13

13

Cuando no encontró a Madelaine en el lugar previsto, Josephine pensó que el auto habría sufrido alguna avería. Bajó por la explanada que conducía al garaje, pero la máquina estaba allí. Era su amiga la que había desaparecido. No precisó más para dirigirse corriendo hacia el lobby donde sin recuperar el aliento preguntó por Madelaine en la conserjería. Nadie recordaba haberla visto: era como si nunca hubiera estado en el hotel. Entonces pidió hablar con el gerente. Era un hombre atildado y formal que la escuchó con esmerada frialdad, y trató de salvar la situación diciéndole que Madelaine se habría encontrado con alguien, y decidido dar un paseo.
-Eso es absurdo. -Argumentó, quebrando con esas tres palabras la explicación recibida. - Su razonamiento es insostenible, sencillamente, porque Madelaine no tiene aquí a nadie con quién dar un paseo. Por otra parte, jamás hubiera hecho algo así. Acordamos encontrarnos frente al hotel después que retirara el coche del garaje. Y no modificaría un plan trazado por las dos sin avisarme.
Comenzando a desconcertarse y ya perdiendo el aplomo inicial, el gerente insistió en contentarla.
-¿No quisiera tomar un té? Le hará bien. - Aseguró.
(¿Cuántos momentos apremiantes en la historia de la humanidad habrán intentando ser superados por la simple aparición de una taza de té?) Ella se limitó a dirigirle una mirada fulminante, pero aquel hombre no estaba dispuesto a darse por vencido.
-Debería usted tranquilizarse. Cuando esté más calmada verá las cosas de otra manera, y su amiga, aparecerá en cualquier momento.
-¿Posee usted algún té con propiedades mágicas? Y además, ¿Tranquilizarme? No... no pienso hacerlo, al menos hasta que no vea entrar a Madelaine por esa puerta.
-¿Entonces? - Alcanzó a decir el gerente comenzando a aceptar que Josephine no era una histérica como había considerado en un primer momento sino una mujer inteligente excitada por lo ocurrido. Realizado este resumen y pese al disgusto que le causaba aceptar la idea, admitió que las circunstancias lo sobrepasaban.
-Entonces, sugiero que llamemos a la policía. - Aseguró ella con la firmeza más terminante.
-Señora, -respondió el gerente- la policía no ha estado aquí nunca, por lo menos desde que ocupo este puesto, y eso ocurre desde hace bastante tiempo.
-Pues me parece una excelente ocasión para que haga su debut, ya que para todo hay una primera vez, ¿no cree? - Casi bramó Josephine. -Pero no pienso discutir al respecto. O la llama usted o lo hago yo.
El hombre comprobó que estaba intentando ganar una batalla perdida, y acercándose al mostrador de la recepción, se dirigió a una empleada para ordenarle:
-Señorita, llame a la policía. Dígales que un huésped del hotel ha desaparecido.


No se recordaba en La Champagne un temporal tan violento como el de la noche pasada. Por todos la-dos estaban esparcidas las marcas de su empeño. Parecía que un hacha gigantesca había alcanzado árboles y postes para dejarlos agonizando en el suelo. Muchos vieron su efecto más destructivo en el campo de golf. Allí los pinos habían caído empujándose como piezas de dominó, los sectores de arena estaban anegados, y el bien peinado césped era el lecho de un lago profundo y definitivo en cuya superficie flotaban al garete infinidad de ramas secas. Todo correspondía a una geografía nueva recién diseñada, como si debajo de aquel paisaje desolador hubieran quedado aprisionadas diferentes especies destinadas a permanecer muertas y olvidadas hasta que llegara el día lejano en que los arqueólogos decidieran ocuparse de ellas. Alguien afirmó que pese a que el cielo recuperaba paulatinamente su limpidez, el temporal no había pasado. A una conclusión parecida llegó Jean-Claude cuando con dos amigos hizo una rápida recorrida por el lugar.
-Esto es espantoso, -les dijo- ya no tiene sentido que me quede aquí. ¿Qué haría en este lugar si no puedo jugar al golf? Lo mejor es que me vaya a París.
Los dos le dirigieron una mirada aprobatoria y comprensiva, porque pensaban lo mismo. Luego volvieron la vista hacia el desolado paisaje y descubrieron que el sol acababa de aparecer en el cielo, como una broma de mal gusto.


En la parte trasera del cobertizo, la Vieja contaba su dinero como un avaro mitológico que en el sótano de su casa verifica las monedas de oro que guarda en un cofre. La tarea se agotó pronto, en los catorce pesos que constituían todo su capital, pero ella no se lamentó. Estaba acostumbrada a que la plata siempre fuera poca, a partir de que los doscientos pesos men-uales de la pensión que ya no recordaba cómo había conseguido, le parecían una miserable cantidad. “Habrá que hacer economías”, reflexionó. Se rió. “¿Más economías?” Si no se ocupaba de otra cosa, como si estrujar cada centavo antes de gastarlo no fuera en sí mismo un ejercicio agobiante. “Pero la plata viene y va, se dijo. Mientras haya para la comida y para que José pueda comprarse unos caramelos de vez en cuando, las cosas están bien. (¿Están bien?) José el pequeño que le ponía sobre la piel esa alegría tan rara con sólo despertarse o volver del colegio, con sólo estar en el cobertizo haciendo sus trabajos escolares o jugando con sus pobres autitos”. Eso era lo que debía sentir la gente por sus hijos. “Pero... ¡carajo, ¿y por qué ella no? si era tan madre del chico como si lo hubiera tenido nueve meses en la panza, y a veces, hasta sentía que todavía lo llevaba allí! Ya saldrían adelante. José crecería y se convertiría en un hombre importante, eso era lo que iba a pasar. ¿Iba a pasar? ¿Y si verdaderamente pasaba... permitiría la sociedad sombría en que vivían que pasara? ¿Y estaría ella allí para verlo y gozarlo? ¿Era eterna para pretender permanecer junto a José sin límite de tiempo? No, las madres y los padres alguna vez se mueren, y sus hijos, por mucho que lo sufran, deben seguir como si nada hubiera ocurrido, no tienen otra opción, pero, ¿en qué fantasía se estaba metiendo? ¿cómo dejaba que esos sueños la adormecieran? Aunque... ¿qué otro remedio tenía? Era una desgracia pero estaba obligada a admitirla: José, y por lo tanto ella, no tenían escapatoria? Especialmente José... especialmente los dos”. Tal vez era mejor volver a sus sueños tontos, algo así como mirar para otro lado. Eso tampoco le gustaba porque le parecía que era como emborracharse... “¡Justamente ella, que no había bebido una gota de alcohol en toda su vida! No. Lo más importante era continuar empecinadamente para adelante, tratar de no pensar, embrutecerse limpiando hasta lo que no podía limpiarse o lavando la ropa, como hacía siempre”.


El sargento de la Ertzaintza (8), Patxi Eizagirre era un gigantón que a pesar de sus cuarenta y ocho años, presentaba la curiosa combinación de jubilado prematuro y árbitro de pelota a mano. Su cuerpo fornido y macizo lo obligaba a un andar pesado y lento, a veces, con las enormes manos similares a mazas refugiadas en los bolsillos de la chaqueta, pero siempre con el rostro abierto. Como contrapartida, a pesar de todas estas observaciones que venía haciendo Josephine, de la preocupación y del enorme disgusto que ella tenía en ese momento, no dejó de parecerle un hombre muy atractivo. (Indudablemente sus sentidos continuaban alertas y y funcionando a la perfección.) Esa comprobación le hizo levantar un poco su alicaído estado de ánimo. Con presteza los condujeron al prolijo despacho del gerente, quien antes de salir ceremoniosamente les ofreció café, propuesta que la señora Barat pareció no escuchar pero que el sargento agradeció con franqueza no desprovista de cierto de entusiasmo. Hasta podría haberse creído que iba a pedir rosquillas, cosa que por supuesto no hizo. En cambio sacó de su bolsillo una vieja libreta de cuero y se dispuso a iniciar su trabajo. Oficialmente, la investigación había comenzado.
-Es usted la señora Josephine Barat. ¿Es eso correcto?
Era una observación tan formal como obvia, por lo que Josephine se limitó a contestar con un frío gesto afirmativo. El policía continuó, satisfecho como si acabara de llegar a una conclusión fundamental.
-Bueno, ahora que eso está establecido, tenga a bien decirme, ¿cuál es su lugar habitual de residencia?
-París.
-¿Y qué hace usted en España?
-Turismo, sencillamente eso. - Fue su fría respuesta.
-¿Hace muchos días que está aquí?
-Cuatro. Llegamos a Bilbao el lunes a las once de la mañana.
-Ah, Bilbo. -Comentó el policía para sí, denominando a la ciudad por su nombre en lengua euskera sin que ella comprendiera lo que aquella palabra significaba.
Afortunadamente Eizagirre prosiguió en seguida. -¿Cómo vinieron hasta San Sebastián?
-En el aeropuerto alquilamos un automóvil a Hertz.
-¿Está usted en buena situación económica?
A Josephine la pregunta le sonó extraña.
-¿Debo contestar a eso?
-Efectivamente. Es muy importante.
-Sí, muy buena. ¿Pero qué tiene que ver?
-Estamos ante un secuestro, y generalmente, el móvil de este tipo de delitos es obtener dinero. ¿No lo ha pensado?
-No. -Respondió Josephine secamente.
-Bien. Y la señora Röine Etagne, ¿también está en buena situación económica?
-Sí. Es una persona extremadamente acaudalada.
-Entiendo... Y ahora, por favor, dígame, ¿Había estado alguna vez en San Sebastián?
-Sí, varias veces.
-¿Tiene amigos en la ciudad?
-No.
-¿Y enemigos?
-Tampoco, pero la pregunta me parece absurda. - Contestó ella sin disimular su contrariedad.
El simuló no escucharla.
-¿Y en otro lugar del país?
-¿Amigos o enemigos? -Infirió Josephine con ironía.
-Es lo mismo, cualquiera de las dos cosas. Ambos son útiles para la investigación aunque debo decirle que prefiero los enemigos. Generalmente, son los que conducen a realizar algún arresto. En cambio, los amigos, nunca han visto nada. -Aclaró el sargento con naturalidad. -Dígamelo, por favor.
-Tenemos amigos en Madrid, y también algunos en Barcelona. ¿Es necesario que le dé sus nombres?
El sargento pasó por alto la pregunta y persistió en su trabajo.
-Pero no enemigos...
-... no, al menos que yo sepa.
-¿es que abriga dudas al respecto?
Por un instante Josephine creyó que jugaba con ella.
-Sargento, -Dijo a punto de dejarse arrebatar por sus nervios.- me confunde. Probablemente hay personas a las que les resulto insoportable, acaso hasta el camarero del restaurante o la mucama de la habitación me odien, pero al menos hasta ahora no han decidido comentármelo. No importa, lo que debo decirle es que he pedido que llamaran a la policía, es decir, que le llamaran, porque mi amiga, la señora Madelaine Röine Etagne ha desaparecido en forma extraña, y usted, en lugar de buscarla, se está dedicando a investigarme como si fuera yo quién acaba de cometer un crimen. Esto me resulta bastante irregular. Además, todas sus preguntas son formuladas en singular, como si yo hubiera venido sola. Eso me afecta sobremanera. Es como si...
Abruptamente, igual que un actor que hace saltar a su personaje de la tristeza a la alegría o viceversa, el policía cambió su gesto adusto por una expresión indefinida que acaso pretendía tener un tinte de cordialidad, pero paradójicamente, trató de ocultarla acariciándose la rubicunda mejilla con la mano derecha.
-... Mi estimada señora, -Dijo después con delicada amabilidad. -lamento ser el causante de su confusión, pero mucho más, que haga usted esa interpretación de mi actitud. En primer lugar, hablo en singular porque estoy frente a una sola persona, y no frente a dos, desgraciadamente, como sabemos, su amiga no está aquí, y fácilmente podría inferirse que contra su voluntad. Pero deseo que sepa que me cuesta sobremanera hacer preguntas, particularmente dentro del terreno profesional, y mucho más, si debo formularlas a una mujer tan encantadora como usted, a la que sería apropiado hablarle de cosas más gratas. Ocurre que los vascos no somos naturalmente desconfiados, cosa que llevo en la sangre y no puedo sustraerme a ella, pero desgraciadamente, mi oficio me obliga a serlo, lo cual me disgusta. Admito que todo esto pueda resultarle chocante, especialmente en su situación, pero comprenda... es mi obligación. Por otra parte, para tener éxito debo contar con un punto de partida por mínimo que sea, y es primordial que trate de saber quiénes y cómo son usted y su amiga, qué vinieron a hacer, si cuentan con relaciones en mi país, si es que las tienen, si alguna vez tuvieron diferencias con alguien... cualquier contacto por banal que parezca, puede ser útil, sencillamente, porque no las conozco, y ocurriría lo mismo si las conociera, pero para mí, y no lo malinterprete, es como si las dos hubieran nacido cuando sonó el teléfono para notificarnos lo sucedido.
Por un segundo Josephine olvidó a Madelaine y a su desaparición. El sargento Eizagirre se había expresado con tanta justeza, además de encontrarla encantadora y de recordarle que era una mujer digna de atención, que consiguió por ese exiguo lapso de tiempo distraerla de sus tribulaciones. Sin embargo, estas retornaron de inmediato. A pesar de eso, quiso corresponder a la honestidad del policía.
-Le entiendo sargento, pero usted comprenderá que mi ofuscación es lógica. Nunca me había sucedido una cosa así, y tampoco a Madelaine. También debo decirle, que es la primera vez que tengo tratos con la policía, y no hay nada peyorativo ni una segunda intención en este comentario, pero es algo para lo que tal vez se requiere alguna experiencia... o debería decir ¿entrenamiento? si es así, confieso no tenerlo.
-Está bien, nada de eso está en discusión. Sería absurdo pensar que está acusada de algo... no somos rivales, pero ¿sabe usted? a diario me encuentro con gente muy peculiar: los inocentes suelen parecer culpables y los culpables inocentes. ¡Qué ironía!... ¿Verdad? Uno termina no reconociendo quién es quién, en medio de esta realidad desconcertante estimulada por las pasiones y las emociones, casi nunca por la inteligencia. Pero discúlpeme, no creo que mis opiniones y mis análisis sean oportunos... sólo trataba de responderle. De todas maneras, volviendo al asunto, quisiera no animar en usted falsas expectativas, pero pienso que lo de su amiga se debe a una incomprensible confusión. Claro que esto es sólo un presentimiento, una conjetura, si lo prefiere. Aunque tampoco descarto que siendo su amiga una mujer muy rica, en cualquier momento recibamos una llamada pidiendo un rescate. Muy pronto sabremos a qué atenernos... o si estoy equivocado aunque admito y esto es lo peor, que me equivoco con más frecuencia de la deseable, al revés de lo que hacen los buenos investigadores. Excúseme también por esta sinceridad, pero ya ve, pongo todas las cartas sobre la mesa, y vueltas hacia arriba. - Concluyó el sargento.
Aquellas palabras hicieron que por primera vez se sintiera bien desde la desaparición de Madelaine, tal vez, porque a pesar de las diferencias que habían mantenido en un principio, el policía le infundía alguna clase de seguridad. Era mucho más de lo que había esperado.


8 Policía autonómica de Euskadi.

viernes, 3 de agosto de 2007

Capítulo 12

12

Mientras desayunaban en la habitación a la mañana siguiente, Madelaine y Josephine advirtieron que para ese día no tenían previsto ningún plan.
-Cuando no se dispone de un itinerario suelen ocurrir las cosas más inesperadas. Voy a buscar el auto a la cochera mientras terminas de vestirte. -Determinó Madelaine poniéndose en acción. -Te espero abajo.
Tomó el ascensor para llegar al garaje en el subsuelo del hotel y mientras cruzaba el amplio y solitario lugar, una furgoneta entró velozmente descendiendo la explanada y se detuvo junto a ella. En un principio la maniobra le pasó inadvertida, pero dejó de estarlo cuando dos encapuchados descendieron del vehículo, bruscamente la tomaron de brazos y piernas y sin decir palabra, la introdujeron en la parte trasera de la furgoneta, aplicándole firmemente sobre su boca una faja de cinta adhesiva. Uno de los hombres quedó a su lado, le ató las muñecas y la obligó a acostarse en el frío piso metálico extendiendo una lona sobre su cuerpo. El otro subió a la cabina y accionó el arranque. En pocos minutos la operación se había completado y el vehículo salía del hotel, a mayor velocidad de la que utilizaría un proveedor que acababa de entregar su mercancía. A Madelaine la situación le pareció inexplicable, pero tuvo la suficiente entereza para pensar que sus captores no debían ser vulgares delincuentes, aunque, ¿por qué secuestrarla a ella, una turista? “Sí, debía tratarse de un error, no había otra explicación”. Pensó a modo de consuelo tratando en vano de tranquilizarse. Transcurrió un largo rato hasta que por fin el vehículo se detuvo. El hombre que estaba a su lado quitó la lona que la cubría, después le vendó los ojos y la guió para que bajara. Mientras caminaban unos pocos metros hasta llegar a una casa ella percibió ese intenso aroma que sólo puede respirarse en los bosques. Apenas penetraron, se hizo evidente que su interior transmitía la misma sensación que una vieja cueva deshabitada durante muchos años. A Madelaine no le fue difícil descubrir que bajaban una corta escalera, al final de la que estaba la habitación donde quedaría en cautiverio. Allí, por fin, le quitaron la venda, la cinta adhesiva de la boca y soltaron sus muñecas. Entonces, recuperando su carácter fuerte que había parecido momentáneamente extraviado, enfrentó decididamente a los dos hombres que mantenían cubiertos sus rostros.
-¿Quiénes son ustedes y qué hago aquí? ¿Cómo se han permitido retenerme? -Hubiera querido decir “secuestrarme” pero debido a un secreto dictado, lo evitó deliberadamente.
Aunque lo hizo de manera por demás escueta, uno de los encapuchados habló por primera vez.
-Lo sabrá a su tiempo. - Le respondió de manera cortante. Después los dos hombres la dejaron sola echando desde afuera un pesado cerrojo. Comenzando a resignarse Madelaine se dedicó a reconocer el lugar. Era una estancia estrecha, absolutamente cuadrada y baja que carecía de ventanas. Tenía un hogar apagado y como únicos muebles una cama pequeña, un desvencijado ropero de madera descolorida, una mesa sucia y dos sillas. A un costado también había un lavabo con su superficie impregnada por marcas de óxido. Se sentó sobre el duro colchón y recordó al pequeño Didier. También evocó a Josephine. Después volvió a pensar en lo absurdo de la situación, tratando al mismo tiempo de descifrar qué extraña contingencia habría determinado lo sucedido. Con su mente girando sobre la misma idea, comenzaron a pasar las horas, pero el tiempo parecía huir de los relojes en lugar de quedarse dentro de ellos para cumplir con su obligación de transcurrir sin pausa. A las siete de la tarde, abrió la puerta uno de los encapuchados trayendo una bandeja con un plato conteniendo un extraño potaje, un trozo de pan y un tazón de café. Sin decir palabra, depositó la bandeja sobre la mesa y volvió a salir colocando el consabido cerrojo. Madelaine dejó pasar unos instantes y recién después se acercó a la bandeja y dejando de lado la comida, bebió un sorbo de la taza. El café estaba amargo y tibio, comprobación que vino a acentuar su sensación de desamparo. “Ya debe ser de noche”, pensó, y como si ese pensamiento disparara cosas que nada tenían que ver, comenzó a sentir frío. Entonces se acostó en la cama sin sábanas tapándose lo mejor que pudo con la manta rústica. No había transcurrido lo que le pareció una media hora cuando la pesada puerta se abrió bruscamente, para dejar pasar a uno de los hombres (debido a las capuchas le era imposible establecer quién era quién) que antes le había traído su espantosa cena, que se lanzó a hablarle de manera hosca y directa.
-Hemos tomado contacto con su marido, y niega que esté en nuestro poder. No sabemos cuál es su intención, pero lo interpretamos como una absurda reacción destinada a ganar tiempo. Esa actitud dificulta enormemente las cosas.
Madelaine quedó absorta.
-¿Mi marido? ¿Pero qué broma es esa? -Exclamó con cierta dureza. El desconocido reafirmó lo dicho.
-Sí, su marido, el general López Hermida.
Atenazada por los nervios y presintiendo que la confusión le abría un resquicio, Madelaine lanzó una carcajada.
-Ese general López Hermida no es mi marido. Ni siquiera lo conozco. Yo me llamo Madelaine Röine Etagne y mi marido murió hace ocho años. Ahora bien, si no se ha dado cuenta, (ella hablaba el español a la perfección, por eso le pareció inteligente efectuar la aclaración) soy extranjera, y para mayores precisiones, francesa.
-Eso no prueba nada. La esposa del general también lo es. -Dijo el secuestrador. - Pero Madelaine continuaba riéndose, lo que parecía evidenciar una de dos cosas a los ojos de aquel hombre: que decía la verdad... o que se había vuelto completamente loca. El se sentía incapaz de determinar cuál de las dos era la correcta.
-No, claro que no lo prueba, sólo que es una de esas increíbles casualidades que conducen a increíbles equivocaciones...como la que sospecho acaban de cometer. - Sentenció ella sin dejar de reír.
El hombre quedó estupefacto debido al comentario que había barrido todas sus dudas, y también, toda su dureza. Madelaine lo advirtió y aprovechó para realizar lo que consideraba un ataque demoledor.
-De manera que, no veo razón para que me mantengan aquí ¡secuestrada! -Esta vez utilizó la palabra con decisión. -Ignoro cuáles son los intereses que los mueven o qué persiguen, tampoco me importa, pero será mejor que terminen cuanto antes con esta tonta situación. Es inaceptable que tenga que sufrir por los estúpidos errores de otros. -Y por si faltaba algo, agregó con intención: -la comida en este hotel es horrorosa. Tampoco tengo porque hacerme cargo de algo que no beneficia a nadie. El encapuchado debió admitir que aquella mujer, además de la belleza que lo deslumbraba desde un primer momento, era inteligente y tenía agallas. Pero también, que él no estaba en posición de detenerse en esos detalles. Debía hacer lo que le ordenaban y nada más. Por eso salió sin dar ninguna respuesta, dejando a Madelaine el gusto de lo que consideraba un pequeño triunfo.
Sin nuevas alternativas pasaron tres interminables días. La prisionera se sentía inquieta, pero aunque sin ninguna razón, mantenía la seguridad de que todo se solucionaría rápidamente. Al menos, comprobó que a pesar de apenas probarla, la calidad de la comida había mejorado ligeramente. En su situación, eso ya era un cambio a tener en cuenta. Aún había otro. Durante el atardecer habían traído unos leños y encendido el hogar. Se acostó cubriéndose con la áspera manta y trató de pensar cosas agradables buscando encontrar el descanso, recordó a Josephine. “¿Cómo habría reaccionado ante su desaparición?” Después cerró los ojos y se quedó profundamente dormida. Soñó que caminaba entre casas pobres, penosamente asentadas sobre el barro. Un perro escuálido bebía agua estancada en un charco inmundo, y muy cerca, niños mal vestidos hacían rondas ridículas como si jugaran en el mejor de los kindergarten. ¿Qué mundo exótico era ese? ¿Qué país desconocido estaba recorriendo, tan diferente a sus barrios predilectos de París, Roma, Madrid o Londres? Y por último, ¿qué tenía que hacer ella allí? ¿Convertirse en testigo de toda esa decadente visión? ¿Para comprobar qué? Afortunadamente las dolorosas imágenes comenzaron a esfumarse, en tanto el perro que ya no bebía, mordisqueaba un hueso sucio. Despertó a medias sintiendo la confusión que surge al escapar de una pesadilla, y le pareció que una mano le acariciaba la piel debajo de sus bragas. Después, la misma mano comenzó a intentar quitársela. Pero cuando su mente terminó de aclararse comprobó que no se trataba de un sueño. La mano seguía allí, empeñada en un trabajo persuasivo. Fingió que seguía durmiendo pero estaba suficientemente lúcida para admitir que la situación se presentaba como algo por lo que nunca había pasado. No necesitó más, para percibir que contra su voluntad, su deseo crecía de improviso. Y simuló despertarse.
-¿Estoy soñando o es esto una violación? -Preguntó tratando de mostrar un rasgo de humor inadecuado en esa circunstancia, pero útil para esconder el sorpresivo placer que comenzaba a experimentar y al que no tenía intenciones de negarse.
-No es lo que preferiría. - Musitó su inesperado compañero, con el aplomo que también expresaba al mantener su mano sobre ella como si se tratara de un territorio conquistado. Entonces Madelaine aferró con decisión su boca a los labios cercanos mientras su cuerpo se retorcía de deseo, y luego, apartándose apenas, sin pensar nada más que en lo que estaba viviendo, dijo en voz muy baja:
-Quítamela, ¿no es lo que tratabas de hacer? Y quítame rápido todo lo que quieras, por favor. -Después, volvió a besarlo apasionadamente.
El, sorprendido por aquella reacción, dudó un instante, pero luego, apresuradamente la desnudó por completo. Inmediatamente insistió con sus caricias, pero ya sobre todo aquel hermoso cuerpo que se le ofrecía. Lo hizo primero con ansiedad, después más lentamente, hasta deslizar la yema del dedo por los bordes del rincón más secreto de aquella mujer, mientras ella se detenía sobre la parte más sensible del hombre, apenas rozándola con suavidad. El no pudo contenerse y la tomó para sí. Había algo de salvaje en aquella potente manera de iniciar el amor. Eso la enardeció, haciéndola plegarse a la tarea del hombre en la frenética búsqueda del momento que más iba a unirlos. El insistía en reconocer sus entrañas compartiendo esa enervante mezcla de amor y agresión que intercambiaban... hasta que pasados unos pocos minutos, ella percibió que su compañero alcanzaba la cima de un placer vigoroso. Entonces recurrió al orgasmo que ya no podía contener y se dejó ir...
Después permanecieron estáticos uno junto al otro como si acabaran de compartir un rito. Madelaine rompió el encantamiento con un comentario pretendidamente risueño.
-Es la primera vez que hago el amor con un hombre sin saber su nombre.
El se sintió cohibido, como si tuviera que soportar una culpa no merecida. -Perdóname por no habértelo dicho... me llamo Iñaki. - Respondió tratando de librarse de aquella sensación.
Ella se obligó a decir algo con un estilo mordaz.
-No parece nombre apropiado para un... ¿Qué es lo que eres?
Bueno, sería largo de explicar. Digamos que lucho por la libertad de Euskadi.
-¿Secuestrando mujeres? Luce como una forma muy original de hacerlo. - Dijo ella.
El se quedó callado. Le infundía cierta frustración que después de unir satisfactoriamente sus cuerpos, discutieran en lugar de decirse cosas para acercarse, hasta que Madelaine reinició la conversación de manera poco afortunada.
-Ahora que he pagado el tributo a mi captor, ¿sería demasiado pretender que me liberaras?
-¿No creo que lo hayas hecho por eso? -Preguntó Iñaki como si el sentido de la pregunta lo decepcionara.
-No, nunca haría el amor para obtener algún beneficio, no es mi modalidad. Pero tampoco intentaría violar a alguien, y menos aprovechándome de la situación, si fuera hombre, claro. - Argumentó ella volviendo al principio.
-Pienso que mereces una explicación. Me acerqué a tu cama dominado por un impulso desconocido que no podía evitar. En ese instante, me bastaba con acariciarte, sólo pensaba en eso, y aunque parezca una torpeza, me disculpo y lo reitero, era algo superior a mí. No me preguntes la razón, pero estoy seguro de que no íbamos a llegar a una... violación. Es más, confiaba en que me aceptarías.
-¿Pero por qué? ¿Es que te consideras irresistible?
El rió. Se le veía despreocupado y feliz, como si la tensión hubiera quedado atrás.
-Por supuesto que no. Verás, desde un principio sentí que me transmitías algo, y lo seguí sintiendo después cada vez con más fuerza... por ejemplo, la noche en que te quejaste de la comida “de este hotel”. Había en ti cierta decisión, diría, cierta fiereza...
Debido a que era la que más le interesaba, Madelaine se quedó sólo con la primera parte de la respuesta.
-¿Algo... qué era ese algo?
-Si te lo digo no me vas a tomar en serio, o posiblemente lo niegues... porque hasta puedes interpretarlo como una ofensa.
-... te escucho. -Interrumpió Madelaine con creciente ansiedad. - Y no pienso ofenderme, prometo contestarte con sinceridad.
-Te lo diré. Ese algo era deseo, eso es lo que me transmitías. Un deseo intenso y contagioso, como si llevaras sobre la piel dibujada la necesidad de entregarte, de dar el placer y de recibirlo... cuanto antes.
-No me sorprendes y creo que es posible. Siempre me ha parecido que el sexo es una cosa que no debe disimularse, aunque cuando digo esto, muchos lo interpretan como si mi intención fuera caminar desnuda por las calles. Naturalmente, el sexo no es eso...
Haber mencionado la palabra sexo la hizo sentir extraña, pero sólo por la ocasión en que la pronunciaba. Había hecho el amor con uno de sus captores y ahora, se estaba dedicando a profundizar con él una serie cosas más apropiadas para ser compartidas con un antiguo amante.
-En cuanto a liberarte, -dijo Iñaki- quisiera hacerlo, lo juro, pero no depende de mí. Tengo superiores. -Intercaló en un tono que parecía el relato de una epopeya. -Son mis jefes los que van a resolver todo esta confusión, y no va a pasar mucho tiempo para eso, estoy seguro, sólo el necesario para encontrar salida. Ten confianza. -Expresó con tono tranquilizador, para después agregar: -Y ahora, ¿quieres un cigarrillo?
-Bueno, -Respondió Madelaine escuetamente, como si hablar de su libertad o fumar un cigarrillo se hubiera convertido en la misma cosa- hace semanas que no fumo. Pero, -Continuó. -parecería que sientes a esos jefes como a dioses infalibles, inapelables... y ya ves, ellos han preparado a hombres para que cometan un secuestro, lo que en sí mismo es deleznable, pero además secuestrando a la persona equivocada. ¿Cómo podrían inspirarme confianza?
Iñaki le dio la espalda para encender la luz, pero también para evitar una confrontación en la que llevaba todas las de perder. Aquella era una mujer culta con gran claridad reflexiva, y él, estaba preparado para percibir esas cualidades. Después se inclinó sobre la silla donde había dejado la ropa, para buscar el cigarrillo que acababa de ofrecer. Madelaine comprendió las razones de su silencio, y prefirió estimularse viendo por primera vez con detalle el cuerpo de su ocasional amante: los omóplatos torneados, los brazos con bíceps sólidos, el cuello fuerte como el de un atleta. Realmente se estaba deleitando con esa contemplación, (“¿Para qué mezclar sus ideas con la satisfacción de lo que estaba viviendo?”, pensó.) Entonces el hombre se dio vuelta, y vio su rostro franco de facciones ásperas pero agradables. Y lo siguió observando cuando encendió el prometido cigarrillo, para después acercárselo. Con un gesto le indicó que esperara.
-Eres muy joven Iñaki...
-... treinta y ocho años. -Dijo él secamente.
La prisionera detuvo su vista en el ancho pecho velludo y bronceado, mientras automáticamente hacía el cálculo inevitable. “Treinta y ocho años... doce menos que yo”. Después dijo con ansiosa ternura, incorporándose muy ligeramente. -He cambiado de idea, no voy a fumar. Quiero que me beses.
El no contestó. Apagó el tabaco, después hizo lo mismo con la luz y volvió a la cama. Allí se dedicó a besarla mientras le acariciaba un seno. El pezón se erizó rápidamente como si fuera un resorte eficaz, entonces, las lenguas volvieron a tocarse. Parecía que la noche recién se iniciaba.

jueves, 2 de agosto de 2007

Capítulo 11

11

Estimulado por los cuidados de La Vieja, Romualdo se restableció rápidamente, y pasados pocos días el accidente y sus secuelas se esfumaron de su memoria. Cuando se reintegró a la fábrica, su reincorporación coincidió con una noticia inesperada: los nuevos planes de la empresa que ponían en marcha el proyecto de robotización. La decisión convertía en prescindibles a más de la mitad de los operarios, entre ellos a él mismo. El comunicado que daba los detalles estaba pegado en el panel de Informaciones, redactado con una carga de efusivas alusiones al progreso -parece ser que referirse al progreso es una inclinación inevitable para quienes menos hacen por alcanzarlo-, a la enorme inversión que el emprendimiento había demandado, y al tremendo coraje exhibido por la dirección para enfrentar lo que se definía como “un desafío de la hora” destinado a contribuir al desarrollo del país y a afianzar su crecimiento económico. (Es decir, para afianzar y desarrollar el crecimiento económico de la empresa dueña de la planta.) Ese extraño lenguaje que parece responder al gusto de quien lo escribe, pero casi nunca, a los sentimientos de quien tiene que recibirlo, parecía una burla más que cualquier otra cosa. Naturalmente, no figuraba allí la extensa nómina de despedidos. Romualdo tomó la situación con esa resignación fatalista típica de su clase. Por último, supo que podían irse, ya que recién a la tarde se pagarían las liquidaciones correspondientes. Aquel lugar se había convertido en tierra de otros, algo así como un territorio del que habían sido despojados con una violencia indolora y silenciosa. Al salir caminando lentamente junto a sus compañeros de desgracia, tuvo tiempo suficiente para mirar como si preanunciara la despedida, el viejo paredón de deslucidos ladrillos descascarados que llevaban más de medio siglo allí muriéndose de a poco, sin que ninguna mano se hubiera ocupado jamás de hacerles recuperar aunque sólo fuera en parte su aspecto original.
-Qué le vamos a hacer... - Dijo Gómez y agregó. -Siempre nos queda el Sindicato.
Ramón lo miró con desdén.
-¿El Sindicato?... ¿pero vos qué clase de ingenuo sós? Ya los deben haber arreglado con la debida anticipación para que nos aconsejen tranquilidad y nada de líos.
-¿Entonces? -Preguntó dubitativo Gómez, temeroso de volver a recibir los denuestos de Ramón.
-¡Entonces nos jodemos, como siempre! Esto quiere decir, a buscar el laburo que no hay, a arrancarnos los pelos entre nosotros para disputarnos cualquier changa de mierda. Después algún aprendiz de sociólogo presentará una estadística mostrando que las oportunidades serán crecientes en los próximos años si sabemos aprovecharlas. Prometen para el futuro, sin comprender que tenemos toneladas de futuro acumulado que no nos sirve para nada, principalmente, porque ni siquiera sabemos adónde las hemos guardado.
-¡Pero che! Parecés un comunista.- Se envalentonó Gómez.
Antes de hablar, Ramón arrojó al suelo con violencia lo poco que quedaba del cigarrillo que venía fumando.
-¡Esto sí que está bueno! Nos cagan, y la conclusión es que soy comunista. ¡Grandioso! Está bien, a todo el que se opone a estas cosas le encajan ese sanbenito. Con eso se quedan contentos. Pero desayunate, según dicen, el comunismo ya no existe, y posiblemente, nunca existió.
Romualdo que se había mantenido afuera de la discusión, creyó llegado el momento de cortar aquella controversia inútil.
-No vamos a ganar nada discutiendo.
Los tres comenzaron a caminar sin apuro, como si arrastraran los pies que pesaban demasiado, sobre los adoquines gastados y fríos de aquel suburbio lamentable.


Las palabras de Ramón habían dejado su huella en Romualdo y comprendía que había mucho de cierto en ellas. Deliberadamente dio un rodeo para evitar pasar por la casilla de La Vieja, pero ella a pesar de su visión defectuosa lo vio a lo lejos (o tal vez lo presintió) con esa capacidad que existe en ciertos ocasiones para visualizar con claridad lo que parece oculto. Sorprendida, al regresar tan temprano, salió a cruzarlo con toda la premura que le permitían sus piernas.
-¿Qué te pasó Romualdo? ¿Te volvieron los dolores?
El colocó cariñosamente el brazo sobre su hombro.
-No Vieja, por suerte no. Pero sucedió algo peor: me echaron del trabajo Vieja. -Le dijo impulsivamente, presintiendo que lo mejor era presentar la novedad de esa forma.
-¿Pero por qué? No entiendo... nunca tuvieron la menor queja sobre vos.
-No tiene nada que ver conmigo. -Aclaró Romualdo. - Es que ahora han puesto nuevas máquinas que trabajan solas... y se van a arreglar con menos de la mitad de la gente.
Habían llegado al interior del cobertizo y la anciana se sentó abatida.
-Debe ser eso que llaman progreso. -Sentenció ella mirando el suelo.
-Sí, -asintió el muchacho- algo así decía el comunicado de la fábrica.
-¿Y qué pensás hacer? -Preguntó La Vieja.
-Mañana no sé. Me faltan ganas para pensarlo, pero esta noche, me voy a comprar una botella de vino del bueno, ¿sabe? y la voy a invitar a que la tomemos toda.
-No me parece mala idea lo del vino, pero si lo que pensás es arreglar el problema con eso, estás perdido. - Afirmó la mujer.
-Le hablo de hoy Vieja, de hoy. Mañana será otro día, y no es que quiera tirar las cosas para adelante, no soy de esos, porque sé que después no las voy a alcanzar nunca. Pero hoy me quiero dar el gusto, déjeme... -casi rogó Romualdo. -¿Le parece que estoy tan equivocado?-
-Hacé lo que quieras. Después de todo no soy ni tu madre ni tu tutora. -Yo te voy a acompañar con el vino, y si querés, hasta preparo unas empanadas. -Dijo la anciana simulando despreocupación para enseguida recuperar su dureza. - Pero si mañana a las seis no estás de pie para salir a buscar trabajo, yo misma te voy a dar una buena pateadura... para estimularte, ¿sabés?
Como respuesta el muchacho hizo algo que no pensaba hacer: reírse. La Vieja también estuvo a punto de descargar una carcajada, pero no se lo permitió. Prefirió levantarse mientras decía: -A mal tiempo buena cara... -agregando mientras miraba fijamente a Romualdo - ¿O nos vamos a poner a llorar porque te quedaste sin trabajo, en lugar de aprovechar la oportunidad para conseguirte otro mejor? (“Como si fuera fácil”, pensó.)
Cuando se quedó solo, aceptó que La Vieja estaba en lo cierto. Y también que tal vez le habían hecho un favor. (“¡Ya iban a ver!”) Por otra parte, al día siguiente tendría otro motivo para estar bien despierto: ¡a las siete de la tarde iba a encontrarse con María!


María lo estaba esperando en la puerta del hospital. Se la veía mucho más linda sin su delantal, vistiendo una pollera escocesa y una densa campera abotonada que a él se le antojó más apropiada para un marinero en alta mar como se los veía en el cine. Al acercarse le tendió la mano y ella le sorprendió ofreciéndole la mejilla. El la besó desconcertado. Después comenzaron a caminar por la calle mal iluminada. -¿Cómo está la herida?- Fue lo primero que quiso saber María. -¿Te sigue doliendo?
-No, nada. Al día siguiente del accidente dejó de molestarme. Pero por desgracia, ahora tengo otras dificultades, ya ves, todo parece mal armado, se soluciona un problema y ahí nomás aparece otro.
Ella lo miró preocupada.
-¿Qué te pasa? Contame...
Se reprochó haber hablado del asunto y respondió en forma lacónica pretendiendo dar por terminado el tema.
-Me echaron del trabajo.
-Pero ¿por qué? ¿Ni siquiera tuvieron en cuenta que la semana pasada te accidentaste?
-¿Y eso tendría que importarles? No sé cómo será en el hospital, pero en la fábrica sos un número. Mientras hagas lo tuyo todo va bien, pero si dejás de hacerlo de la manera en que te lo exigen o dejan de precisarte, te despiden y listo.
-Suena como algo cruel. -Dijo ella con tristeza.
-Es cruel. -Reafirmó Romualdo. -Pero así parecen estar las cosas. ¿Para qué cambiarlas? Nadie piensa en hacerlo. ¿O creés que alguien se ocupa para que la gente ande sobre rieles aceitados y suaves? Que cada uno se pudra, y si no, que se arregle como pueda. Para ellos es lo mismo.
-Pero habría que cambiar todo eso. -Demandó María.
El chasqueó los labios.
-Tenés razón, pero nadie lo va a hacer, ni acá ni en ninguna parte del mundo... porque la gente debe ser igual que aquí, al menos cierta gente... esa que no es nada buena.
-Posiblemente, pero... ¿Y cómo te vas a arreglar? - Continuó María, a quién sólo le interesaba Romualdo.
-Bueno, yo no tengo familia. Es una pena, pero resulta útil en estos casos, porque tratándose sólo de mí, con lo que me pagaron puedo aguantar cuatro o cinco meses.
-Sí, es verdad. -Comentó María intentando consolarlo. El cambió la conversación.
-¿Querés tomar un café, o una Coca Cola y comer un sandwich? En la esquina hay un bar... Es de lo mejorcito que podemos encontrar por aquí.
-Me gustaría mucho. Hace un poco de frío para caminar. Además, allí podemos charlar más cómodos, vernos las caras... pero cada uno paga lo suyo. - Agregó cambiando bruscamente de tema.
-¡Ni lo sueñes! - Reaccionó el muchacho. Recordá que estoy lleno de plata.
-Pero no es cuestión de gastarla toda esta noche. No te olvides que quedan muchas por delante. -Profetizó ella, diciendo también: -Por eso quiero que sigas siendo rico.
Como si lo hubieran hecho siempre, para entrar en el bar se tomaron de la mano, porque eso les infundía una mutua seguridad. Una vez en el interior se sentaron. María se quitó su campera dejando emerger su busto suave resaltado por un ligero sweater color arena. Romualdo disfrutó casi sin mirarlo la cercanía de aquel cuerpo juvenil, del cual le parecía que surgía alguna forma de secreto vigor. Ella pareció no advertir que la observaba y mientras acomodaba sobre una silla la prenda que acababa de quitarse, estuvo de acuerdo en que pidieran café. Mientras lo esperaban, Romualdo se animó.
-Bueno, ya sabés un montón de cosas de mi vida. Yo en cambio, nada de la tuya... estoy muy curioso.
Ella sonrió para esconder su nerviosismo, temerosa de que su compañero esperara la larga historia que todavía no había vivido.
-Es un relato que no necesita muchas palabras. Me llamo María Ibáñez, tengo veintitrés años y una hermana de diecisiete. Vivo con mis padres, aquí cerca, terminé el secundario y seguí el curso de enfermera. Desde que me recibí trabajo en el hospital, ah, y como te imaginarás, no tengo novio.
-Por ahora. - Bromeó Romualdo.
-Claro. No soy tan vieja para perder las esperanzas.
-Pero habrás tenido cientos, digo, siendo tan linda. - Insistió receloso su interlocutor mientras se quedaba por un instante sin la respuesta anhelada, interrumpido por el mozo que acababa de llegar trayendo el café. Después que se hubo alejado, ya con la modesta porción de intimidad recuperada, María pudo continuar.
-Aunque no lo creas, no. Tuve uno solo, cuando estaba en el último año del colegio. La relación duró poco hasta que... me dejó por otra.
-¡Tonto! - Reaccionó Romualdo.
-¿Tonto por qué? Tal vez encontró a una chica más linda y también más buena, que es mucho más importante. ¿O te parece que no?
-¡No debe existir una mujer así, seguro que no! - Sostuvo él con vehemente firmeza.
-Agradezco tu opinión, pero estás equivocado. Esperá a conocerme un poco y vas a descubrir que tengo un carácter terrible. Entonces no podrás resistir las ganas de huir apenas me veas. -Aseguró ella, hablando como si fuera cierto lo que decía, pero la afirmación no tenía nada que ver con la maravillosa dulzura de su voz, con la limpia luminosidad de sus ojos claros y profundos, con su cabello rubio y limpio peinado naturalmente, con sus mejillas copiadas de la piel de la fruta más deliciosa del mejor de los veranos. Aunque no fueron estas las palabras exactas que llenaron su pensamiento Romualdo las sintió recorriendo su cabeza, dibujando en su mente un retrato de María que no estaba dispuesto a olvidar nunca. Esta idea lo animó a tomar con ternura la mano que ella mantenía sobre la mesa.
-Disculpame María si lo considerás un atrevimiento, pero tenía... tengo, verdadera necesidad de tocarte la mano. Te puedo explicar...
Ella lo interrumpió.
-... Romualdo, estas cosas no se explican ¿y sabés por qué? Porque si hace falta explicarlas ya no sirven para nada. Yo tampoco mencioné la razón por la cual aceptaba volver a verte. Me lo proponía alguien a quien no conocía y dije que sí... ¿Qué podrías haber pensado? Te habría contestado que no, y hubiera quedado a cubierto. Pero no me importó. Ahora estoy segura de que ni se te cruzó por la cabeza la idea de que por eso yo era una cualquiera.
-Claro que no. - Aclaró Romualdo temeroso. -Sólo a un tonto se le podría haber ocurrido algo así.
-No hace falta que lo digas, lo sé. Lo sé desde que te vi en la camilla, desprotegido como un chico abandonado. Pensarás que soy demasiado joven para esta clase de instinto maternal, pero dicen que toda mujer, a cualquier edad, lleva en su interior un hijo en ciernes, quietecito, esperando que el amor lo despierte.
Sintió que María estaba describiendo lo que él realmente era y siempre había sido: un chico abandonado, por lo menos, hasta que conoció a La Vieja. Pero eso no lo perturbó, mas bien, era como si lo estuvieran protegiendo desde alguna parte, y que posiblemente, era María misma la que lo resguardaba, como hacía con ese hijo que decía tener preparado en su interior, diciéndoles a los dos (al niño y a él) esas palabras tan lindas que le parecían las más maravillosas y veraces que podían escucharse en toda la tierra.
(En alguna parte, imposible saber adónde, debe surgir una luz inefable que ilumina las cosas buenas. Ella hace que la esperanza se revitalice y acuda en auxilio de los tristes, de los desesperados, de los que han perdido los sueños y la brújula que los orienta. Pero su intensidad es tan fugaz, tan efímera su consecuencia, que rápidamente se vuelve a la contingencia de lo cotidiano, a las tristes obligaciones no siempre buscadas, a la exasperante sensación de existir en medio de algo que se parece mucho a un naufragio.)
Siguieron contándose pequeñas anécdotas y minúsculos acontecimientos, hasta que ella advirtió que eran casi las nueve de la noche.
-Lamentablemente tengo que irme. -Dijo.- Papá es un poco a la antigua, hasta parece que le complaciera jugar con eso, y le disgusta que llegue después de las nueve sin aviso previo. A mí me satisface seguirle el juego porque además de ser mi padre, es un hombre maravilloso.
-De acuerdo María, nada me mortificaría tanto como provocarte un disgusto. ¿Puedo acompañarte?
-No sólo podés sino que además te lo ordeno. -Respondió ella bromeando.
Cuando llegaron a la casa de María, ella se subió al pequeño escalón junto a la puerta y miró con fijeza al muchacho. Esa vez, en lugar de la mejilla, le ofreció candorosamente sus labios. El los besó como si besara el aire y preguntó:
-¿Mañana a la misma hora? ¿Querés?
-Sí, por favor, a la misma hora. -Contestó ella y entró en la casa.
Una vez que se despidió de María, Romualdo se sintió ansioso: necesitaba contarle a La Vieja lo que le estaba ocurriendo. ¿A quién si no? Por eso comenzó a correr como si quisiera ganarle al aire y a la luz, igual que si pretendiera ser el primero en una competencia para alcanzar el infinito donde lo esperaba una compensación sublime. Con ese ímpetu llegó hasta la casilla tarareando una canción que desconocía y que no podía identificar, y se encontró con La Vieja fritando despaciosamente las milanesas para la cena.
La anciana pensó que era mejor que Romualdo tomara las cosas así, en lugar de andar lloriqueando la pérdida de su trabajo. “¿Pero era sólo una cuestión de buen ánimo o había otra cosa?”
El entró al cobertizo muy sonriente llevando la prometida botella de vino, para encontrarse con la mujer que completaba su tarea, mientras José cumplía sobre la mesa con sus trabajos para el colegio.
-Hola Vieja... parece que tenemos milanesas, ¡qué bueno!
-Y también parece que vos te ganaste la lotería. -Me extraña, pero le está fallando el olfato.
-Sin embargo debo andar cerca, ¿no? -Dijo ella manteniendo el aire de picardía. -¿O es que conseguiste trabajo?
-Mucho mejor que eso. -Le respondió acercándose para darle un beso.
-Zalamero, ¿en que andarás para mostrarte tan cariñoso? ¿O no me lo vas a contar?
José dejó por un momento sus deberes y levantó la vista sonriente, para disfrutar aquella escena que se había tornado tan alegre. Siempre lo entusiasmaba presenciarlas, sabiendo que las compartía.
-Se lo voy a decir porque a usted no puedo ocultarle nada. ¿Está preparada? - Dijo mientras colocaba la botella sobre la mesa.
-¡Preparadísima!
-Entonces... ahí va... ¡estoy enamorado! Y eso no es todo... ¡una mujer está enamorada de mí! ¿No le parece que es como si estuviera soñando?
-Bueno, el que estará soñando sos vos. Pero decime, ¿Para cuándo es la boda? Preguntó La Vieja con fingida frialdad, mientras volvía a poner toda su atención sobre el sartén con las milanesas.
-Me parece que está muy apurada por sacarme de encima, después de todo, María y yo nos conocimos la semana pasada, y hoy... hoy es apenas la segunda vez que la veo.
-Así que se llama María... -Comentó ella mirando de nuevo a Romualdo.
-Lo dice como si no le gustara... -Se condolió el muchacho, para recuperarse prontamente. -Es la enfermera que me atendió en el hospital.
-No, no es eso... me gusta mucho, María... María, como la virgen.
-Usted debe ser bruja... y no se ofenda... no lo había pensado así, pero acaba de describirla con justeza. Sí, María es como la virgen... hasta parece hecha de aire puro, a tal punto, que da la impresión de que si uno la toca se va a escapar a una nube, como haría la virgen...
-Muchacho...parece que te ha picado fuerte el mosquito, y eso que hoy es apenas la segunda vez que estás con ella. - Sentenció la anciana.
El se quedó acariciando suavemente el aire con las manos felices como si estuviera rozando un sueño conseguido.
-Tanto que ni se imagina.
-No, si me lo imagino perfectamente, ¿o pensás que estoy dormida? -Dijo La Vieja riendo con ganas. Pero ahora dejemos por un ratito tus amoríos. Me lo estás distrayendo a José que anda ocupado con sus trabajos del colegio, y además, me estás distrayendo a mí... en un minuto van a estar listas las milanesas. ¿Con qué las querés comer? -Agregó como si dispusiera de la carta de un restaurante.
-¿Qué con qué las quiero? - Contestó Romualdo dando vueltas por el cobertizo como si se se hubiera vuelto loco. -Las quiero con tomate, con puré, con lechuga, con berenjenas, con arroz, con papas fritas, con zapallitos, con huevos revueltos, con batatas, con papel picado, con serpentinas, con un pedacito de luna, con dos estrellas al horno, con la última sonrisa que alguna vez le vi, con las cosas que perdí... con lo que tenga Vieja. Gracias a usted acabo de darme cuenta de que estoy muerto de hambre, y lo que es más importante, de muchas cosas más.
La mujer lo miró sorprendida, pero acabó dejándolo por un instante de lado para dirigirse a José con seriedad.
-Parece que tu amigo Romualdo se va a casar pronto. Palabra de bruja, como ustedes me llaman.
-Yo jamás la llamé así mama. -Dijo el chico como si lo hubieran sorprendido en falta.
-Callate, que sos bueno vos también. Y ahora andá corriendo a lavarte las manos antes de que pierda la paciencia, que en un minuto voy a servir la comida. Después de la cena podés seguir con tu trabajo.
Satisfecho por dejar los deberes, pero no tanto por tener que ir a lavarse, el chico salió a cumplir la orden mientras Romualdo se acercaba a La Vieja para abrazarla. Entonces se escuchó que con la voz entrecortada y recurriendo a una una suavidad desconocida, ella le decía:
-Hijo... me has dado una gran alegría. No sé cómo va a resultar, porque el amor es una cosa seria y a rodeada de sorpresivos misterios, de reacciones y acontecimientos imprevistos, pero hoy y por lo que valga, estoy contenta, muy contenta. Además, sabés, creo que todo va a resultar bien, muy bien, especialmente, si María se parece a la virgen.
En el sartén, la última milanesa olvidada amenazaba con quemarse. Pero salvo a ella, ¿a quién le importaba aquella noche?

miércoles, 1 de agosto de 2007

Capítulo 10

10

Después de un vuelo plácido el avión que llevaba a Madelaine y Josephine, aterrizó puntualmente en Bilbao. Alquilaron un coche y enfrentaron la autopista que después de noventa kilómetros las dejaría en San Sebastián. El recorrido que dispusieron obedecía sumisamente a las determinaciones de la geografía dejándoles descubrir pintorescos pueblecitos: Eibar, Alzola, Deba, Zarautz. Alternativamente subiendo y bajando, aparecían a los costados interminables secuencias que componían un paisaje donde alternaban los sembradíos con los bosques de pinos, encinas, robles y castaños elevándose por las laderas de los montes hasta sus cimas. Y de tanto en tanto sobre la izquierda, una lengua de mar se atrevía a penetrar en alguna playa rodeada de acantilados. Disfrutaron en silencio de aquel panorama que contemplaban por primera vez, ya que en viajes anteriores habían entrado a España atravesando Los Pirineos.
Tal vez el setiembre europeo no era la época más propicia para instalarse en un lugar marítimo, cuando el otoño, como había ocurrido en Francia, parecía estar muy apremiado por llegar. Pero sabían que el clima no cuenta demasiado, y que cualquier sitio es adecuado para vivir sin obligaciones. Al llegar tomaron una habitación en el Hotel Costa Vasca, próximo a la playa de Ondarreta. A la hora de la cena bajaron al restaurante del hotel donde las recibió un maitre cordial pero extremadamente parco. Pidieron ostras, luego un exquisito lenguado a la plancha, y una botella de Albariño, ese delicioso vino gallego. La comida transcurrió mientras preparaban los planes para el día siguiente. Era como si un tardío frenesí juvenil se hubiera apoderado de ambas, alimentando el deseo de ver y de hacer cosas nuevas, como dos adolescentes que encaran sus primeras vacaciones sin la vigilancia de sus padres. Se acostaron sin dejar de hacer proyectos, y continuaban en eso cuando Madelaine preguntó:
-¿Sabes que ya son las dos de la mañana?
-No. He decidido no mirar el reloj durante este viaje.
-Pero deberíamos dormir, ¿no crees?
-Así es. Hasta mañana. -Replicó su amiga mientras suavemente cerraba los ojos.
-Hasta mañana. -Susurró una voz ya viajando hacia el sueño.

Al día siguiente, como si no les bastara el escenario de la ciudad, se encontraron tejiendo comentarios sobre ella.
-Qué maravillosa es San Sebastián. - Dijo Josephine.
-Sí, es cierto. Tiene la extraña cualidad de estar pasada de moda, y eso mismo parece darle un cálido aire de actualidad siempre renovada. Como si el tiempo fuera siempre el mismo, con el pasado fusionándose constantemente con el presente y acaso, también con el futuro alimentándose uno a otro. Te confundo, ¿verdad?- Se excusó Madelaine.
-No, nada de eso, es que la tuya parece algo así como una concepción filosófica. -Respondió su amiga con admiración.
-Creo que lo es. Pienso que al mismísimo Priestley (7) no le hubiera disgustado, por eso, no le quites jerarquía diciendo simplemente que “parece”. -Contestó prontamente su amiga con fingida seriedad.
-No fue mi intención desmerecerte porque eso es lo que me gusta de ti... que puedas saltar del comentario más trivial a la reflexión más profunda. Lo haces con la misma naturalidad que utilizarías para contarme un desfile de modas. -Respondió su amiga con admiración.
-Ahora quieres halagarme...
-... ¡Claro que no! Te lo digo seriamente.
-Está bien, te creo. - Afirmó Madelaine tratando de conseguir que concluyeran los elogios.
Las dos amigas siguieron disfrutando los días que pasaban velozmente. En ese ir y venir que las dominaba, llegaron un mediodía a un típico y acogedor restaurante llamado Txokolo, ubicado en la zona céntrica sobre el número 4 de la calle Manterola. Allí compartieron un enorme bife de buey y bebieron vino rojo en unos vasos gigantescos riendo ante esa curiosa novedad.
-Pensar que cierta vez me burlé de Jean-Claude comparándole con un marinero bebiendo café negrísimo y denso en un bar de Marsella. ¡Qué diría si ahora me viera! - Recordó Madelaine.
-Tal vez diría que eres feliz. - Adujo con naturalidad Josephine.
-Sí. Tienes razón.
-Podríamos brindar por eso. ¿No crees? -Dijo su amiga levantando su vaso con las dos manos. Entonces Josephine llamó la atención sobre un hecho.
-Desde que estamos aquí es la primera vez que mencionamos a un hombre. Estaba comenzando a creer que podíamos vivir sin ellos.
-Está bien, pero no les demos a esas cosas un significado tan puntual. - Replicó Madelaine.
Como dos turistas convencionales volvieron a hablar de lo que las rodeaba. Concluido el almuerzo salieron y a caminar por la calle San Martín. Cuando llegaron a la cercana catedral y levantaron la vista para contemplar las altas torres. Cuando bajaron la mirada, Josephine sugirió que entraran, pero Madelaine la detuvo tomándola de un brazo, como si quisiera convencerla más con el gesto que con las palabras.
-Prefiero no hacerlo. Es algo extraño, pero me faltan ánimos para encontrarme con Dios en este momento.
-Pensé que no hacían falta. -Comentó su amiga con candidez. Pero no dijo nada. Le pareció que lo más oportuno era mantenerse callada.


7 Dramaturgo inglés que en algunas piezas teatrales desarrolló interesantes teorías sobre el tiempo. Pueden citarse Esquina peligrosa, El tiempo y los Conway , Ha llegado un Inspector y Yo estuve aquí una vez.