jueves, 16 de agosto de 2007

Capítulo 25

25

Iñaki tuvo en Lyon una nueva muestra de la buena suerte que parecía haberlo alcanzado: se lo designó para hacer un contacto en París. Había una razón: era el único del grupo que según se suponía, no estaba registrado en los archivos de la policía francesa. Todo coincidía con el deseo de Iñaki de volver a encontrarse con Madelaine. Partiría llevando el dinero destinado al pago de colaboradores, y las instrucciones finales para dinamitar la Torre Eiffel. También, aunque él aun no lo sabía, para participar en una operación complementaria ideada con el propósito de hacer más espectacular el éxito del plan.


Sin Patxi ni Madelaine, Josephine se sintió muy sola y decidió llamarla a Madrid. En la conversación decidieron encontrarse allí y pasar dos días antes de volver a Francia. También aprovechó para darle un resumen de lo sucedido.
-De manera que según veo, vas a casarte. - Afirmó Madelaine.
-Me parece que te apresuras, porque no hemos hablado de eso. - Respondió Josephine.
Madelaine quedó sorprendida y desconcertada.
-¿Serías capaz de dejar París para establecerte en una pequeña ciudad bucólica? ¿De cambiar la vida agitada, turbulenta, por el apacible aire de San Sebastián?
-Madelaine, me gustaría hablar de esto contigo más detenidamente, pero te anticipo algo. La vida agitada y turbulenta me ha dado dos dos matrimonios, y también, dos divorcios. ¿No habrá llegado el momento del sosiego ahora que descubro una posibilidad inesperada? Hablo de un sosiego activo, vital, cuando todavía tengo tiempo. ¿No será Patxi, el hombre al que por la desgraciada circunstancia de tu secuestro, conocí para vivir con él una nueva oportunidad, tal vez la última?
-Tienes que buscar en ti misma la respuesta. Creo que es lo más sabio que puedo decirte.
-Gracias Madelaine, y como viajaré en tren, tendré tiempo para para buscar esa respuesta. Ah, llego mañana por la tarde.
-Te estaremos esperando querida, buen viaje.
-Gracias de nuevo... hasta mañana.


El avión en que viajaba Eizagirre descendió en el aeropuerto Charles De Gaulle emergiendo triunfalmente entre nubes resignadas a darle paso. Allí le esperaba su viejo conocido, el Inspector Lancleau, un hombre serio y delgado, perfectamente afeitado que sólo lucía en la cara un elegante bigote. Lancleau vestía con elegante y seca sobriedad. Después de los saludos (Eizagirre hablaba con soltura el francés y a Lancleau le ocurría lo mismo con el español) quiso conocer las últimas novedades. Le fueron informadas mientras caminaban hacia los automóviles.
-Detuvimos a todos los participantes de una reunión en Lyon, menos al que viaja hacia París. Sabemos que se hace llamar Miguel Barrenechea... ¿Le dice algo ese nombre?
-Lo siento, pero no, no me dice nada... - Resulta obvio que es falso... - comentó Eizagirre.
- ... presumimos que trae una misión importante, pero desconocemos su contenido. - Continuó Lancleau. -Al menos estamos prevenidos.
-¿Prevenidos? No dudo de la capacidad de la policía francesa, pero con esas ratas...¿Quién podría estarlo realmente? - Afirmó Eizagirre, para luego continuar, recuperando el tono profesional. -Quisiera saber, los detenidos, ¿confesaron algo?
-Aun no, el interrogatorio prácticamente acaba de comenzar. - Contestó Lancleau.
-Y el sospechoso viajero, ¿está identificado? - Insistió Eizagirre.
-Nuestros informantes sólo dijeron que se trata de un hombre joven, entre treinta y cinco y cuarenta años. Calculamos que en estos momentos debe estar llegando a París, o acaba de hacerlo.
El grupo abordó los automóviles y partió velozmente hacia la Central de Policía. En el interior de uno de ellos, Eizagirre comentó sus sensaciones.
-Le confieso mi preocupación Inspector. La bestia está gravemente herida, y presiento que después del estruendoso error-fracaso de San Sebastián necesita dar un golpe de efecto, algo que desde su enfermiza perspectiva le haga recuperar prestigio, acaso ellos crean que también popularidad. Son posibilidades que manejábamos antes de mi partida. Por eso pienso que el atentado... o lo que sea, no va a suceder en mi país. Necesitan un escenario más... no sé cómo decirlo, pero tendrá que ser un lugar que le de al suceso el mayor dramatismo y la mayor notoriedad.
El Inspector quedó pensativo unos segundos y luego, como si comenzara a resolver un intrincado enigma, preguntó:
-¿París... por ejemplo?
-¿Por qué no? - Dijo Eizagirre. -Si yo fuera ellos, cosa que me demanda gran esfuerzo imaginarme, bien podría elegir París. Es el blanco ideal. Por otra parte, creen tener cuentas para cobrar a los franceses. Les resultaría como cazar dos liebres con un mismo proyectil.
-Me hago cargo de su preocupación. Se basa en un razonamiento lógico, dentro de toda la ilógica que suele utilizar esa gente. Además, usted los conoce mucho mejor que yo.
-Lo siento Inspector, consideré mi obligación decírselo, por otra parte, usted no tardaría en pensarlo.
-Basta de cumplidos Patxi - por primera vez desde que se conocían lo llamaba por su nombre de pila - y al trabajo. ¿No cree? Pienso que tenemos mucho que hacer.
Los dos presumían que se avecinaba un hecho importante y sentían el desafío del reloj. El Inspector recibió una llamada y luego de prestar atención durante veinte segundos, agregó un escueto “vamos para allá”. Entonces apoyó familiarmente la mano en la pierna de Eizagirre para informarle.
-Tenemos individualizado a uno de los contactos de ETA en París. Creo que hay peligro, y que mis sospechas de días pasados tenían fundamento.

miércoles, 15 de agosto de 2007

Capítulo 24

24

Mientras en Madrid caminaban por la calle Serrano, Dolores y Madelaine se detenían frecuentemente para mirar sus espléndidos escaparates. La conversación que mantenían se limitaba a deslizar comentarios sobre las ropas y los objetos que descubrían, hasta que Madelaine fue sorprendida por una pregunta.
-¿Qué te ha parecido mi pintor?
Había usado un tono sugestivo, como si sólo se propusiera develar a medias un gran secreto ocultado largamente. Madelaine no pudo menos que detenerse y obligó a su amiga a hacer lo mismo. Entonces la miró fijamente y exclamó:
-¿Tu pintor? ¡Me dejas estupefacta! - Dolores rió.
-Te advertí el otro día que tu relato me había resultado estimulante. Te diré más, hace tiempo que no escuchaba algo así.
Cuando retomaron la marcha Madelaine fue la primera en hablar.
-Está bien, pero nunca creí que lo fuera a tal extremo y que reaccionaras con tanta rapidez.
-Tranquilízate querida, bromeaba, no se trata de una relación actual. Es algo que pasó hace tres años. Todo comenzó cuando me presté a posar para él... desnuda.
-¿Desnuda? - Reaccionó otra vez Madelaine otra vez ante la nueva sorpresa.
-Sí, ¡desnuda! ¿Sabes de quién fue la ocurrencia?
-Debe haberse tratado de un recurso del pintor para seducirte... me parece increíble te haya engañado con un truco tan antiguo, a no ser que cayeras en la trampa a sabiendas. A veces simulamos ignorar lo que está pasando, ¿no? - Aventuró Madelaine.
-Pues te equivocas. La idea fue de Gonzalo, mi marido. Siempre había deseado tener un cuadro que me mostrara desnuda... acaso inspirado en el nombre de la calle en que vivimos. - bromeó.
-Y eso te ha convertido en la Maja del siglo XX, y también, en la amante inspiradora de un pintor que algún día será famoso gracias a tu colaboración.- Agregó Madelaine.
-Exageras, pero bueno, lo cierto es que por esos días, Rafael, el pintor en cuestión, nos visitaba con frecuencia. Le habíamos conocido en casa de amigos comunes y por su inteligencia y simpatía pronto ganó nuestro afecto. Tenía por entonces poco más de treinta años, su talento le había hecho acumular cierta fama aquí después de ganar varios premios en Andalucía, su tierra, y de exponer con éxito en París. Pues una noche comíamos los tres en casa cuando surgió el tema de los desnudos. Entre muchos otros, se mencionó a “La Maja” como tú lo hiciste hace un momento... era inevitable. Rafael dijo no haber podido encarar nunca uno a causa de no haber encontrado a la modelo adecuada, al menos, desde la perspectiva de sus exigencias. Entonces Gonzalo le preguntó a boca de jarro: “¿Por qué no pintas a mi mujer? Me parece que tiene los atractivos apropiados”. Para dirigirse de inmediato a mí con la misma naturalidad que utilizaría para proponerme un paseo por Recoletos: “¿No te complacería hacerlo querida? Me sentiría muy dichoso si dijeras que sí.” Puedo asegurarte que me resultó una situación chocante. Por eso decidí tomar el asunto a broma, pero Gonzalo y Rafael siguieron muy seriamente con la cuestión. Yo continué oponiéndome y conseguí superar esa ocasión. Pero durante los días posteriores, el asedio de mi marido me presionó a toda hora. Entonces, después de muchas vacilaciones, terminé dándome por vencida. Cuando con Gonzalo discutíamos el tema, llegué a preguntarle si no le importaba que otro hombre me viera desnuda, que tratara de aprovechar la situación, y que yo, finalmente cediera a sus reclamos, reclamos que había que ser demasiado ingenuo para no considerar previsibles. El, obsesionado por su propósito me respondió que quería tener ese cuadro y que admitía los riesgos, pero que era el precio que debía pagar para ver cumplidos sus deseos. Pues bien, Gonzalo sugirió que trabajara en casa, lo que se descartó de inmediato, cuando Rafael señaló que necesitaba el clima y la particular luz de su atelier. Por supuesto no dijo nada de la intimidad que ese lugar nos aseguraba, ya que debido a repetidas insinuaciones que yo fingía no advertir, la idea de hacer el amor conmigo llevaba mucho tiempo instalada en su cabeza. Te confieso que ese supuesto plan a mí tampoco me disgustaba del todo. Mi entusiasmo al respecto se había reactivado al comprobar el fervor... ¿de qué otra manera llamarlo?... con que Rafael había asumido la posibilidad de pintarme. Además, hacía mucho tiempo que no tenía una aventura y probablemente la estaba necesitando. La circunstancia presentaba un componente tontamente romántico acaso pasado de moda pero contenía un algo decididamente excitante. Aún había otra cosa que cerraba perfectamente el círculo. Era como si tácitamente mi marido nos estuviera autorizando a mucho más que a asumir los roles de pintor y modelo. Verás que se trataba de una situación perfecta, como si el perdón llegara antes del pecado.
-Por supuesto que era así. -Aprobó Madelaine. -Pero antes de seguir, ¿por qué no bebemos un café y más tranquilas, me cuentas la culminación de tu aventura?- Preguntó después de señalar el elegante bar frente al que pasaban. Poco después, la conversación continuó mientras bebían de los humeantes pocillos.
-¡Pensar que hace pocos días llegaste a opinar que yo era una caja de sorpresas! ¿Qué diré yo sobre ti ahora? - Interrumpió Madelaine.
-Tienes razón y te debo disculpas, -admitió Dolores- ¿pero es que no quieres enterarte del resto?
Madelaine simuló cierto sobresalto y bebió un sorbo de agua mineral.
-Sabes que no me lo perdería por nada del mundo. Continúa, por favor, continúa.
-Verás. El primer día no niego que estaba un poco inquieta. Siempre me ha complacido ver como los hombres disfrutan nuestra desnudez y como se excitan con ella, especialmente cuando lentamente empiezan a caer las ropas y descubren cada centímetro de piel. En esos casos, la luz tenue ayuda a que todo parezca más íntimo y provocativo. Pero desnudarme frente a un hombre y permanecer estática durante horas, era una experiencia que jamás había tenido.
-¿Sería timidez? - Preguntó Madelaine.
-No lo creo, tampoco lo descarto. - Contestó Dolores. - El debió haber advertido que algo me ocurría, porque a poco de entrar en su atelier me un consejo. “Trata de actuar como si fueras una modelo profesional. De manera que olvida quién eres y piensa que si no tienes puesta ninguna ropa es debido a tu belleza. Vívelo desde esa perspectiva y todo te resultará más fácil.” -Después me indicó el biombo detrás del que debía desvestirme y comenzó a preparar sus pinceles y colores con toda naturalidad. Cuando ya casi no tenía nada sobre mi piel, le escuché que decía: “Tan pronto estés lista te recuestas sobre la otomana, después estableceremos la posición definitiva. Verás que es muy sencillo.”- Agregó tratando de afirmar mi tranquilidad, lo que te confieso logró sólo en parte. Cuando estuve completamente desnuda, seguí sus indicaciones sintiendo que mi cuerpo era de yeso y me tendí sobre la otomana. El descorrió las cortinas del ventanal para que la luz del sol entrara generosamente, y mientras me preguntaba si sentía frío (la pregunta era un tanto absurda porque disfrutábamos de un templado día primaveral) me miró con detenimiento como si en lugar de una mujer hubiera sido una estatua, aunque en ese momento en realidad yo creía ser no mucho más que una naturaleza muerta. Después de guiar suavemente diferentes partes de mi cuerpo con la intención de orientarlo debidamente, se dio vuelta para encaminarse hacia el caballete. Recién entonces comentó con la mejor disposición: “¡Estoy muy entusiasmado y confío en los mejores resultados! ¿Sabes por qué? Porque eres una mujer de formas perfectas, bellísima, deseable, sensual, exquisita, con esa madurez que exalta y evidencia tus conocimientos de la vida y del amor. Si logro poner todo eso en la tela, pienso que será una obra memorable. ¡Te lo aseguro!” (Madelaine pensó que el pintor no había exagerado porque su amiga, aun vestida, comunicaba lo que él había definido tan acertadamente.) -Me sentí en la gloria ante tal secuencia de halagos, - continuó Dolores - sin olvidar que se trataba de un hombre más joven que yo. ¿Me comprendes?
-Vaya si te comprendo.
-Sabía que lo entenderías. - Se complació Dolores antes de proseguir. - Pasaron dos días sin que nada fuera de lo común alterara el ritmo de nuestro trabajo. Rafael se limitaba a pintar, y cuando más, planteaba algún tema banal que nada tenía que ver con lo que estábamos haciendo. Yo comencé a preguntarle si quería que cambiara de posición o si no se me veía despeinada, no sé, cualquier cosa con tal de llamar su atención. Pero él se mantenía abstraído, limitándose a contestar: “No, así está perfecto”, y continuaba ensimismado en la pintura. Lo único que conseguí fue desconcertarme, empezando a pensar que mis sospechas habían sido infundadas y que en realidad, el verdadero y esencial propósito de Rafael era pintarme. En suma, estaba cargada de una expectativa insatisfecha.
-En otras palabras y si no te molesta que lo diga, - agregó Madelaine - estabas ansiosa porque te hiciera el amor.
-¿Cómo ocultártelo? Confirmó Dolores. - Pero el tercer día...
-Ay Dolores, ¡qué experiencia maravillosa la tuya!
-Decía que el tercer día, creo que inadvertidamente porque te juro que no lo tenía previsto, yo misma propicié su avance. Acababa de llegar y como era habitual, ya familiarizada con mi obligación, me había desnudado para recostarme en la otomana, cuando le comenté algo que realmente había ocurrido la noche anterior.
-Sabes Rafael, ayer estaba por ducharme y me descubrí mirando mis caderas... francamente, no me gustaron nada. Las vi demasiado grandes. ¿No lo crees así? Y en ese caso, ¿no deberías pintarlas reduciéndolas un poco?... Bueno, si me permites la opinión...
Entonces él dejó el pincel, se acercó (recuerda que yo estaba totalmente desnuda, por cierto a esas alturas complacida de estarlo, y también ansiosa, esperando que ocurriera lo que anhelaba) y apoyó su mano en mi cadera deslizándola hasta la cintura y luego bajando por la pierna, una y otra vez, y luego, muy lentamente corriéndola hasta mi vientre, y después hacia el pubis... y todavía más allá, ¿sabes?
Madelaine estaba extasiada y deseosa de llegar a la culminación de todo aquello, pero no pudo contenerse.
-¿Y no reaccionaste? ¿Ni siquiera fingiste oponerte?
-¿Reaccionar cuando felizmente me tenía a su merced? ¿Y oponerme? Ni lo pensé, ya no podía soportar más, ¿Sabes lo que es eso?
-¡Cómo no he de saberlo! Esos momentos previos son tan deliciosos... pero ahora, por Dios, continúa. -Insistió Madelaine, a la que aquel relato le seguía despertando curiosidad y excitación.
-Rafael siguió con sus caricias mientras me miraba intensamente, hasta que por fin musitó con voz anhelante: “¿Por qué dices que tienes las caderas demasiado grandes (mientras las ceñía vigorosamente) si son fuertes como las de una Venus! Tan maravillosas como tus piernas, tu cintura pequeña, tus senos exuberantes, y tu boca que parece arder pidiendo que la bese...
Entonces le dije más todavía. - ¿No has pensado que yo también puedo tener desesperadas ganas de besarte? Y no sólo de besarte... ¿No te ocurre lo mismo? (En verdad, la excitación ya me impedía controlar lo que decía y hasta lo que hacía, pero ninguna de las dos cosas me importaba, cuando comencé a desabotonar su camisa.) El se lanzó a morder con avidez mis... y después sus labios y su lengua decidieron investigar toda mi piel mientras yo hacía lo mismo con la suya.... largo rato, hasta que ya con él también desnudo, nos unimos. Sólo cabe agregar que ese día le dedicamos poco tiempo al cuadro... y que durante los encuentros siguientes hicimos el amor con inusitada frecuencia.
-Me imagino que ese cuadro pasó a segundo plano y no llegó a terminarse. - Comentó Madelaine.
-¡Todo lo contrario! - Afirmó Dolores. - A pesar del desenfreno al que nos entregamos la obra continuó avanzando con velocidad. Acaso debido a que el deseo permanentemente renovado y su inmediata satisfacción, como si una cosa realimentara la otra, le dieran a Rafael una seguridad y una audacia que le impulsaban a pintar a un ritmo frenético, pero también, con mayor soltura y habilidad.
-¿Y luego? Porque me parece que hay un luego, ¿no? Lo digo porque me pareció notar que la relación entre ustedes no es la típica de dos amantes. Creí notar que los separaba cierta sutil distancia. - Inquirió Madelaine con suspicacia.
-Tienes razón. El luego apareció cuando el trabajo estuvo terminado. Entonces seguimos haciendo el amor en su estudio, pero por razones que tardé en explicarme, cada vez con menor frecuencia. Nuestras relaciones habían perdido el ardor inicial y se enfriaban apresuradamente. Hasta que un día Rafael me hizo una extraña confesión y otra... no tan extraña. En mí había encontrado la corporización de viejas fantasías: hacer el amor conmigo, era como hacerlo con La Gioconda, o con la auténtica Maja, o con alguna bella Vestal de un grabado desconocido descubierto durante su adolescencia... esa había sido una de sus motivaciones... tú sabes que a veces los artistas son un poco extraños. Pero la realidad vino a demostrarle rápidamente que la mujer con la que se acostaba no era ninguna de ellas, sino la señora Dolores Alvarez del Cuerzo, una contemporánea muy deseable, pero desgraciadamente no indicada para sus expectativas de carne y hueso. Eso le hizo descubrir que si no tenía otro remedio que navegar en la vida real, y esta es la otra confesión, como te dije nada extraña, le correspondía alguien más joven... una discípula del Liceo, por ejemplo, con quién para entonces ya estaba más que vinculado y de la que se sentía perdidamente enamorado. Me mostré de acuerdo con su decisión, ya que por otra parte, la relación estaba afectando la mía con Gonzalo... comprende que llegaba a casa extenuada, sin más disposición que para ducharme, comer y caer en la cama muerta de cansancio y de sueño. ¡Aquello se estaba convirtiendo en una locura! Mi marido debe haber tenido alguna sospecha, pero disimuló la situación, a tal punto, que dejó provisoriamente de requerirme. Por esa comprensión le quiero más todavía. En tanto, Rafael se sintió interpretado, señaló que yo era una gran señora tan inteligente como bella... y otras frases más dignas de un mosquetero que de un hombre de este tiempo. De allí en adelante mantuvimos una delicada amistad intelectual. Las semanas comenzaron a transcurrir y todo se fue aquietando... Me invita a sus exposiciones, me envía flores el día de mi cumpleaños y a veces almorzamos juntos, pero nunca volvimos a hacer el amor y ninguno de los dos realizó jamás la menor sugerencia al respecto. Creo que es una buena persona como estoy segura de que fue un gran amante.
-¿Y el cuadro? ¿Adónde está? - Preguntó Madelaine.
-Oh, el cuadro... - Recordó Dolores, como si hablando de su aventura lo hubiera olvidado - ... el cuadro está en mi casa, naturalmente no a la vista. Pero pienso que resultó un trabajo magnífico.
-¿A pesar de tus grandes caderas? - Bromeó Madelaine.
-A pesar de mis grandes caderas, o tal vez, gracias a ellas. - Asintió Dolores sonriendo. -Pero más allá de mis discutibles méritos de modelo, Rafael es un gran pintor. Ya lo comprobarás tú misma...

martes, 14 de agosto de 2007

Capítulo 23

23

La noche siguiente Josephine e Eizagirre volvieron al mismo restaurante adonde habían almorzado durante el secuestro de Madelaine. Los ubicaron en una mesa junto a una ventana, adonde la luz se diluía en un curioso cono de semipenumbra. Pidieron jamón de Jabugo, luego, un lenguado con una delicada salsa de azafrán, y bebieron cava (12) catalán. Ella seguía preocupada por la investigación no cerrada, y buscó la ocasión de retomar el asunto para averiguar si sus temores eran fundados. Lo hizo tangencialmente para no despertar las sospechas del policía. No presumía que éste estaba demasiado interesado en ella y que al menos esa noche nada quería de investigaciones cerradas o abiertas. El reciente secuestro se había sumado a otros hechos y la presión que se ejercía sobre sus espaldas y las de sus colegas desde los más altos niveles era muy intensa. Resultaba natural que no le faltaran motivos para desear alejarse de esas tensiones, buscando un poco de distraerse. Estaba convencido de que Josephine con todos sus encantos, era la persona adecuada para lograr ese propósito. Se sentía extremadamente atraído por ella, y verla sufrir durante los recientes acontecimientos, le había despertado la necesidad de protegerla y una honda ternura. También la deseaba y le resultaba imprescindible sentir las delicias que podía prodigarle su cuerpo maravilloso. Luego del segundo plato, no tomaron postre y prefirieron beber café. Patxi sacó de su bolsillo una cajetilla de Winston y la extendió a Josephine. Ella tomó uno. Eizagirre lo encendió y dio lumbre al suyo. Después habló:
-Más tarde tengo que decirte algo...
-... dímelo ahora. - Reaccionó ella sin poder ocultar su curiosidad, mientras recurría a su copa.
-Ahora prefiero hablar de ti, y de lo hermosa que te ves esta noche. ¿Hay algún tema mejor?
-Yo creo que sí. -Afirmó Josephine.
-Bueno, habrá tiempo para hablar de todo. Recién son poco más de las once. - Dijo Patxi mirando su reloj.
-Estoy segura de que habrá tiempo, -repitió ella con soltura- de lo contrario, lo fabricaremos.
Eizagirre propuso beber otra café, idea que Josephine aceptó. Ya lo estaban disfrutando, cuando llegó la invitación. -
¿No te gustaría que fuéramos a mi casa?
Josephine no tardó en contestar.
-¿Me creerías si te digo que es la propuesta que estaba esperando, también deseando? - Se animó a agregar. -¿Y por qué no?
Salieron, y mientras recorrían la corta distancia que los separaba del automóvil, Patxi preguntó:
-¿Es cierto que esperabas que te propusiera ir a mi casa?
Ella se tomó familiarmente de su brazo e inclinando su cabeza sobre el hombro del policía, habló sonriendo.
-Ya he dicho demasiado. El resto... dejaré que lo averigües.

La casualidad comenzó a urdir una nueva trama. Eso podía sospecharse cuando Iñaki fue designado para efectuar un enlace con etarras establecidos en Lyon. Cuando se lo comunicaron tuvo que contenerse. Sabía que Lyon estaba relativamente próxima a París, y eso lo acercaba al deseado reencuentro con Madelaine. Por primera vez en su vida se sintió un hombre de suerte. Sólo necesitaba algún pretexto que justificara extender el viaje que ya estaba planificado. Saldría por Irún para cruzar la frontera y una vez en Francia, se dirigiría hasta Bayonne desde donde tomaría la ruta N 10 hasta Tarbes, y allí, la N 117 empalmando con la N 125 para llegar a Toulouse. Desde esa ciudad debía seguir por la N 88 hasta alcanzar en Givors casi a las puertas de Lyon la N 86, que lo dejaría precisamente en el punto de destino. Entonces comenzó a repetirse mentalmente el número telefónico de la mujer que amaba. Estaba seguro de volver a tenerla muy pronto en sus brazos.


Madelaine y Dolores disfrutaron toda la tarde de la prometida exposición. Contemplaron los cuadros conversando con su autor, un joven y bien parecido pintor andaluz. El artista las colmó de explicaciones y referencias, contestando con precisión y entusiasmo todas las preguntas relacionadas con su trabajo, y también extendiéndose en comentarios sobre otros pintores, vivos y muertos. Decidieron marcharse cuando entendieron que estaban agotadas las posibilidades de información y las anécdotas que formaban parte del origen de muchas de las telas. Antes de hacerlo, Madelaine reservó la obra que la había conmovido: una dramática conjunción de rojos y amarillos fundidos para mostrar la imagen de un toro vigoroso y resplandeciente bajo el sol flamígero. El pintor las invitó a cenar y se acercaron a un coqueto restaurante italiano llamado Nabuco, sobre la calle Hortaleza, apenas a dos cuadras de distancia. Cuando se encaminaban hacia el lugar, Madelaine se sintió abordada por el recuerdo de Iñaki, pero decidió postergar esa evocación escondiéndola en las trivialidades de la conversación, pero advirtiendo que su contenido no la satisfacía.
Esa noche Iñaki llegó a Lyon sin sorpresas y se registró bajo el nombre de Miguel Barrenechea en el Hotel des Beaux Arts, en el 73/75 de la Rue du Président Edouard Herriot, sobre la Plaza de los Jacobinos. Pero actuaba como un autómata que responde por reflejos a disposiciones que ya están programadas. Bajo ese sentimiento pidió que le subieran una botella de whisky. Sentía que necesitaba beber.


La música suave no conseguía disimular que después de la primera parte de su encuentro amoroso, Josephine y Patxi sintieran no haber agotado la necesidad que tenían el uno del otro. Las circunstancias en que se habían conocido y que dominaron los primeros tiempos de su relación, mantuvieron acallado pero también alimentaron el deseo. Después de unos sorbos de Old Parr sin hielo, se besaron y entonces Eizagirre se lanzó a descubrir el cuerpo generoso de Josephine. Eso había ocurrido pocos minutos antes. Ahora, desnudos, y apenas cubiertos por las blanquísimas sábanas, volvían a besarse mientras él insistía con sus caricias como si le reclamara la disposición para comenzar nuevamente. Ella disfrutaba ese estímulo, pero no lo necesitaba, hasta que... Sólo cuando culminó ese nuevo momento se sintieron apaciguados, aunque ninguno de los dos habría podido determinar cuanto tiempo podría pasar sin necesitar volver a unirse con el otro.
-Me has hecho muy feliz Patxi, -confesó Josephine. Entonces recordó que una cosa continuaba pendiente. Por eso retomó ese tema. -Apenas llegamos al restaurante dijiste que debías contarme algo. ¿Lo harás ahora?
El se mostró como si le trajeran a la memoria un mal recuerdo.
-Querida Josephine, hubiera preferido no tener que hacerlo, y menos en esta ocasión, pero...
Ella lo interrumpió angustiada. (“¿Es que Patxi habría elegido ese momento tan especial para decirle que estaba al tanto de la relación de Madelaine con Iñaki, y reprocharle que ella se hubiera prestado a aquel juego de ocultamientos?”)
-¿Qué vas a decirme? ... ¿Es acaso tan grave?
-Tranquilízate, - musitó él mientras le acariciaba la mejilla. - no es agradable, tampoco grave. Sucede que vamos a tener que separarnos por algunos días.
Josephine sintió que sus temores se esfumaban, pero las palabras de Patxi no la conformaron. Más aun, hacía mucho que no experimentaba la sensación de tristeza que la invadía.
-Pero... ¿por qué? -Me han encomendado una misión en tu país. Debo partir mañana mismo.
Ella no dudó ni un minuto.
-¿Puedo ir contigo?
-Querida... sería maravilloso, pero no es un viaje de placer... forma parte de una investigación.
La obsesión regresó a la mente de Josephine.
-¿Tiene que ver con el secuestro de Madelaine?
-Si. -Dijo Eizagirre. - Pero prefiero no hablar del asunto... comprende, por favor.
-Lo comprendo... y voy a extrañarte mucho, especialmente ahora.
-Pero sólo estaré allá una semana o diez días. -Aclaró él tratando de tranquilizarla.
-Igualmente me parece demasiado tiempo.
-Habrá mucho más por delante, ya verás. Tú misma dijiste que si no encontrábamos tiempo suficiente lo fabricaríamos. - Afirmó el hombre quitándole dramatismo a la situación. Ella se apartó y mirándolo fijamente le preguntó:
-¿Tú de verdad crees que tendremos mucho tiempo por delante, tiempo para estar juntos, para amarnos?
Patxi se mostró seguro.
-Todo el tiempo del mundo... y... todas las cosas maravillosas que puedan encerrarse en su interior. Ya lo verás.
Después se besaron nuevamente. Esa vez, ya no fueron necesarias más palabras.


12 En España se denominan cava a los vinos champagne.

lunes, 13 de agosto de 2007

Capítulo 22

22

Cuando Romualdo se despertó el cuerpo le dolía tanto que parecía no existir, como si sigilosamente se lo hubieran robado. Atinó a pasarse la mano por la cara donde la sangre seca había formado una delgada película similar a la quebradiza caparazón de un insecto muerto que se descubre en el jardín debajo de una piedra. Quiso incorporarse pero parecía un esfuerzo que no le estaba permitido. Imponiendo su voluntad, porque se sentía embotado y débil (hacía más de un día que no comía ni bebía nada), trató de memorizar todo lo ocurrido pero no pudo conseguirlo y apartó la idea. Entonces oyó pasos que se acercaban y temió que volvieran a golpearlo. Los pasos se detuvieron junto a la puerta como si nunca hubieran llegado, y el sonido que habían provocado también fuera el resultado de una ilusión.


María se sorprendió cuando el comisario recibió a La Vieja con inusitadas muestras de afecto.
-¿Qué anda haciendo por aquí? No esperaba su visita. Sea como sea, ¡bienvenida!
-No se equivoca ni por un pelo, porque es el último lugar en el que quisiera estar. Lo que ando haciendo tiene mucho que ver con ustedes, que son todos unos truhanes. Y lo de “bienvenida”, se lo acepto por respeto.- Contestó la anciana decididamente. María temió una reacción de parte del policía.
-Siempre hablando mal de nosotros. ¿Qué daño le hemos hecho ahora?
-A mí ninguno, -continuó La Vieja - el problema es mi muchacho. Anda desaparecido desde ayer y acá nadie sabe decirme adónde está. ¿O tendría que preguntar en el almacén? ¡Lo que faltaba!
-Su muchacho... ¿y cómo está? -La pregunta sonó falsa y malévola.
-Es lo que quisiera saber, según acabo de explicarle. Por eso he venido.
-Ahora entiendo... ¿y cómo se llama el hombre? -Inquirió el comisario.
-Romualdo Fernández. -Afirmó la mujer con seguridad.
-Mi trabajo consiste en saberlo todo... y también en este caso vamos a hacer lo posible.
La Vieja interpretó el mensaje y pensó: “¿Cuándo estos hijos de puta hacen todo lo posible?” De todas maneras respondió lo que él esperaba.
-Está bien, me doy cuenta.
Las dos mujeres se incorporaron desconsoladas. El hombre se acercó a ellas, y como si quisiera hacerlas participar en alguna secreta confabulación les dijo en voz apenas audible:
-No se preocupen, es una de esas picardías de muchacho, va a aparecer en cualquier momento, tengo experiencia en esas cosas. Y usted Vieja, quédese tranquila, en cuanto sepa algo le aviso sin perder un minuto.
-Dios lo oiga... y gracias. -Alcanzó a musitar la anciana sin demasiada convicción mientras salían del despacho.
Cuando estuvieron en la calle, comenzaron a caminar casi a tientas. De pronto, La Vieja se detuvo, y dando muestras de haber recuperado su carácter habitual, afirmó con dureza:
-Si se cree que me voy a quedar con los brazos cruzados, está muy equivocado. Estoy dispuesta a sacudir cielo y tierra hasta que aparezca Romualdo, sano y salvo... ¡y este desgraciado no sabe cuánto va a tener que moverse para que así sea! - Después se quedó masticando su rabia como si fuera un caramelo de mal gusto. Su incomodidad no evitó que ella y María se fueran alejando hasta que la muchacha hizo una sugerencia.
-¿No quiere tomar un café, o comer algo? En la esquina está el bar adonde vamos con Romualdo... le va a gustar.
-Sabés hija que no recuerdo haber estado en un bar... me hacés sentir muy elegante, como en los viejos tiempos, te lo agradezco.
María no tenía ganas pero igual sonrió. La Vieja le mostraba cosas muy particulares, desde pequeños comentarios a casi invisibles tics. Todo eso de alguna manera le recordaba mucho a su propia madre, y el parecido no la disgustaba. En el bar las dos pidieron café. La muchacha insistió para que la anciana comiera algo, pero ella se negó.
-Sólo el café ya me parece una fiesta. - Dijo.
Encontraron que la infusión estaba caliente y resultaba reconfortante. Sin comentarlo la Vieja recuperó el hilo de la conversación.
-¿Sabés en qué estaba pensando?
Por toda respuesta, María apenas pudo deslizar un gesto vago.
-Recién te dije que esto me parecía una fiesta, y pensé que la vida también es como una fiesta.
Debido al estado de ánimo que la dominaba desde la desaparición de Romualdo, a María le costó comprender el sentido de la comparación. La Vieja se hizo cargo de su confusión, y buscó aclarar el significado de sus palabras.
-Te voy a explicar: Cuando llegás a una fiesta, parece que todos te están esperando, pero no te esperan sólo a vos, también esperan a otros invitados para saber como están vestidos, qué van a decir, qué responder, qué cosas nuevas pueden aportarles. Tienen dudas sobre si serán buena compañía, si resultarán divertidos y cosas por el estilo. Porque no se trata sólo de vos, si no de que estén todos, porque todos son necesarios para asegurar el éxito. Cuando ya no falta casi nadie comienzan a desfilar las bandejas repletas de cosas deliciosas: comidas y bebidas que parecen salidas de Las Mil y Una Noches. Y vos podés servirte lo que quieras. A veces lo hacés y a veces no, porque cuanto más gusto querés darte, las bandejas están lejos, y no podés aproximarte por muchas ganas que tengas, pero sabés que todo está allí, cerca, para que lo disfrutes, ¡y gratis! Bueno, en verdad no sé si gratis, pero siempre parece que lo fuera, aunque después termine costándote muy caro. Pero te hacés la ilusión de que las vas a alcanzar en el momento menos pensado. Total, sos una invitada más, y el asunto es que te diviertas y seas feliz, o que finjas serlo, creés que es lo que quieren. Ahora bien, no todos los que están allí son simpáticos, o te parecen personas con las que te gustaría estar, pero vos hacés como que te sentís muy a gusto, primero, porque así lo dictan las reglas, y segundo, porque querés resultar agradable, ser aceptada... querés que te quieran, y por supuesto tenés ganas de querer a alguien. Puede que lo logres, puede que no, depende de tu suerte, o de tu circunstancia. Y la fiesta sigue más o menos igual, hasta que las luces decrecen dejando el salón casi a oscuras, para demostrar que las horas han pasado y los invitados, respetuosos de esa señal, aun contra su voluntad, empiezan a marcharse. Vos no querés irte porque te sentís dichosa y te parece que la reunión apenas ha comenzado. Has bebido, has comido, has conversado (todavía seguís haciéndolo) con alguna persona encantadora de la que tal vez creés que vas a enamorarte, y de la que muy probablemente te enamores. Pero los invitados siguen insistiendo en partir, como si una fuerza secreta los obligara a eso, mientras la música desaparece igual que el humo, como si nunca hubiera sido nada más que eso: humo inútil al que nadie le ha prestado la menor atención. Muchos de los que se van son tus amigos, y el que permanece junto a vos, ese con el que estás hablando, es mucho, muchísimo más que tu amigo. Durante la conversación han gestado hijos imaginarios o tal vez reales. Pero todo se acaba. Por último, al salir, te saludan y se despiden con afecto, unos lo sienten de verdad, otros aparentan tenértelo, pero vos sos sólo una persona más, y posiblemente, no la que más les importa, porque suele ocurrir que a la gente siempre le interesa la persona equivocada. ¿Me entendés, o estoy siendo demasiado complicada?
-Claro que sí, ahora sí, - dijo María, atrapada por aquel llamativo relato. - por favor siga, siga... ¡no se detenga!
La Vieja no esperó ni un instante para continuar.
-Entonces te das cuenta, no lo habías advertido o tozudamente, no habías querido advertirlo, que el salón ha quedado casi vacío, y que sólo permanecen allí los dueños de casa ocupados en las pequeñas formalidades sociales de las despedidas, y con ellos, algún amigo íntimo de la familia que se aprovecha de esa condición para quedarse más tiempo. Ya se te hace claro que tenés que partir, porque es posible que hasta estés molestando, y eso te resulta extremadamente desagradable. Además, en tu interior te sentís más cansada de lo que creías y tenés verdaderas ganas de irte... una fuerza irresistible te empuja. Todo ha sido una maravilla, pero la fiesta se termina. Y te vas, sola, (tu amigo ha desaparecido como con el tiempo suelen hacerlo las ilusiones). Los hijos que acaso tuvieron ya no están, porque el tiempo se come hasta a los hijos, y no hay nadie que te acompañe. Afuera la calle está fría, muy fría... y es como si te murieras... en realidad te has muerto, porque la fiesta ha sido toda tu vida y ha durado exactamente lo mismo que ella: cincuenta, sesenta, setenta, tal vez ochenta años. Pero ese tiempo, largo o corto, es el que te tocó y no tenés a quién ir a quejarte.
Cuando salían María sólo atinó a preguntar.
-¿A usted cómo se le ocurren estas cosas? Lo que me ha contado es muy triste, pero también maravilloso.
La Vieja la miró como si estuviera enfrentando a un fantasma que le hacía preguntas indescifrables e inesperadas, y también, como si ese fantasma le estuviera presentando reclamos que ella no estaba en condiciones de satisfacer. Siguió caminando callada igual que si una tumba la estuviera esperando. Después se atrevió a decir:
-Acaba de ocurrírseme... nunca lo había pensado... ¿sabés? y me aparece ahora... debo haberlo soñado alguna vez. Concedeme que yo también tengo derecho a soñar.
-Jamás se lo negaría. - Dijo la muchacha. -Entonces vamos para casa, -determinó La Vieja - no lo hago muy seguido, pero es el lugar adonde mejor sueño.


El principal Funes entró en el despacho del comisario con una expresión preocupada, presagio de malas noticias.
-Comisario... parece que metimos la pata. Una comisión encontró en un depósito los televisores robados y detuvo a los ladrones. Fernández no tiene nada que ver.
-Así que no tiene nada que ver... ¡y todavía decís “metimos”. ! Actuaste sin consultarme y me ocultaste que el muchacho estaba detenido aquí, hasta hubo que apurarte para que lo hicieras. Vos sos idiota, por eso le pegaste para que confesara lo que querías oír. ¿No se te ocurrió investigar antes, aunque fuera sólo un poco?... Y ahora decime, ¿quién carajo te creés que sós?... ¿El Ave Fénix?
-Créame que ignoro quién es ese pájaro.
El comisario no prestó la menor atención a la ignorante y estúpida respuesta.
-¿Y ahora qué hacemos? Yo le dije a la madre que no estaba aquí, y La Vieja es capaz de cualquier cosa en cuanto se entere de lo ocurrido. Los policías podemos tener el gatillo fácil, pero los puños hay que guardárselos en los bolsillos. Acordate siempre, los muertos no hablan, pero los golpeados sí. Ahora largálo y decile que todo fue un error. Pedile disculpas, decile que nos dieron información errónea para complicarnos y dejarnos mal parados ¿sabés lo que quiere decir errónea?... bueno, hacé cualquier cosa, pero que se quede callado... o vos terminás en una comisaría al sur de Bahía Blanca, allá adónde se acaba la provincia... pienso que es el lugar adonde deberías estar, o mejor todavía mucho más lejos, en el Estrecho de Magallanes, al menos yo te mandaría ahí, por hacerte el macho, por insubordinado, por bruto, por pelotudo...
Mientras su jefe continuaba lanzándole furiosos insultos, el oficial salió apresurado a cumplir la orden, temeroso de su destino y hasta donde podía, arrepentido de su equivocado apresuramiento. Por supuesto golpear a un detenido indefenso era una idea normal dentro de su torpe cabeza. Lo mismo que jugar con su vida y con su muerte como si fuera la triste mercadería de una actividad trágica. Pero claro, Funes no tenía muchas luces y sus reglas eran las habituales dentro del lamentable cuerpo que integraba.

domingo, 12 de agosto de 2007

Capítulo 21

21

Esa noche, Josephine compartía en el Hotel Costa Vasca una copa de jerez con el sargento Eizagirre. Sentados junto a la barra del bar comentaban la partida de Madelaine.
-Es lo que yo llamaría alejarse de la escena del crimen. - Opinó el policía. El comentario encendió una luz de alarma en la conciencia de Josephine. ¿No sabría algo el sargento respecto al affaire Madelaine-Iñaki? Trató de apartar la idea recurriendo al aceptando que estaba frente a un ser transparente. “Pero, -volvió a dudar- el desconfiar era algo natural en su profesión y su transparencia ¿hasta dónde llegaría? ¿no habría exagerado Madelaine en su declaración y el sargento lo había percibido?” La inquisitiva voz de Eizagirre la sacó de sus lucubraciones. -¿En que se ha quedado pensando? No creo haber dicho nada especialmente profundo? ¿O si? Le ruego me lo diga.
“¿La estaba probando?” Pensó Josephine y el estímulo de esa nueva duda la hizo reaccionar como si la hubieran conectado a una corriente eléctrica.
-No, simplemente reflexionaba sobre los policías que no pueden sustraerse a su oficio... por aquello que dijo antes sobre “la escena del crimen”.
-No me interprete de manera tan estricta, ya que no pretendo ser Sherlock Holmes - respondió él esforzándose por sonreír sin conseguirlo -ocurre que me interesa conocer su opinión respecto a eso. ¿Es que duda usted... no cree que aquí se ha cometido uno?
Ella sintió que no tenía ninguna respuesta, y apenas se animó a construir una teoría buscando disimular su indecisión. -Bueno... Al menos, no ha muerto nadie. ¿No significa eso nada? - Se animó a decir.
-Si, pero, me gustaría explicarle... su amiga ha reaparecido con vida, y la situación se ha superado. Pero no necesariamente hace falta un asesinato para considerar que ha existido una acción ilegal...
-... creí que estábamos ante un caso cerrado. -Indagó temerosamente Josephine.
-Puede que lo sea, o debería serlo... pero al respecto tengo un conflicto que debería confesarle, más allá de mi convencimiento de que no era un caso más. Si parto cuidadosamente de las razones que le di aquel día, también estaba usted de por medio. Y usted me interesó desde un primer momento, como me sigue interesando ahora, debo decirlo. En fin... entonces, puede parecerle absurdo, pero existiendo esta inclinación me siento doblemente obligado a encontrar y llevar a la justicia a quiénes le hicieron vivir tan malos momentos a su amiga, que por serlo, se convierte para mí en un ser muy especial. Pero no se trata sólo de lo que pienso, ya que mis superiores opinan exactamente lo mismo. Creo que con esto aclaro una de sus dudas: la investigación no está cerrada, y la decisión es seguir adelante hasta detener a los culpables.
Josephine sintió renacer su intranquilidad. Temía que forzando las investigaciones, Madelaine terminara involucrándose en una acción criminal en la que paradójicamente había sido víctima y testigo.

sábado, 11 de agosto de 2007

Capítulo 20

20

El día siguiente también se presentó deslucido. La humedad aplicaba su viejo hábito: filtrarse en las cosas como si quisiera instalarse en ellas para después destruirlas desde adentro. A media mañana, María pidió permiso en el hospital y regresó a casa de La Vieja. La encontró muy angustiada porque Romualdo no había vuelto, pero con una decisión: iba a presentar en la comisaría una denuncia sobre la desaparición del muchacho. Se sabía cargada de entereza y no iba a dejar a la pobre mujer sola, en medio de la situación. Por otra parte, “Romualdo también era asunto suyo, sí que lo era”.
-Yo la acompaño Vieja, vamos juntas.
-Ah no, -fue la respuesta- ir a la policía no es cosa para una muchacha como vos. Esos son todos unos guarangos, ¿sabés? y te pueden hacer pasar un mal momento. Yo voy tranquilamente y vos me esperás acá. Conmigo no se van a meter, no se animarían, cobardes...
-No me importa, -insistió decididamente- no voy a permitir que vaya sola.
La anciana contuvo su apremio para estudiarla detenidamente. Entonces entrevió que detrás de la suave dulzura de María había cierta dureza en la estructura de su carácter en formación, cierta textura sólida que la capacitaba para enfrentar aquellas cosas que requerían una gran fortaleza. Ese descubrimiento era lo único que le faltaba para colocarla definitiva-mente dentro de su corazón, y como si la hiciera partícipe de una revelación, le dijo escuetamente:
-¡Caray, parece que sos de las mías!
María respondió con seguridad.
-¿Y le parece mal?
-¡Qué me va a parecer mal, -exclamó La Vieja casi a gritos- me parece que así tenía que ser, lo presentía, sabés... porque yo no creo en las casualidades, sólo los incautos creen en ellas.
-¿Que me está queriendo decir? No la comprendo...
Mientras terminaba de ponerse su viejo abrigo raído que alguna vez había sido de color beige, la anciana alcanzó a contestar: -Ya te lo voy a explicar algún día... ahora... tenemos cosas que hacer.
Cuando llegaron a la comisaría, La Vieja tomó del brazo a María, y entró con la misma decisión que hubiera exhibido un funcionario de alto rango. Con esa actitud se acercó al mostrador superando la densa barrera de humo y olor, producto de muchos tristes cigarrillos mal fumados. El aroma rancio del tabaco se mezclaba con el de un desinfectante de mala calidad creando una sensación asfixiante. Del otro lado del mostrador, un escribiente lampiño de pelo lacio y descolorido las miró con disgusto cuando se acercaron.
-Buenos días. -Masculló la anciana con un audaz tono imprecatorio.
El imberbe demoró su respuesta, acaso como un recurso para hacer valer la supuesta autoridad que presentía se le estaba desconociendo. Por fin se animó, y saludó secamente como si les hiciera una concesión desde la altura.
-Buenos días.
-Venimos a hacer una denuncia. -Adelantó La Vieja sin esperar que le preguntaran el motivo de su presencia.
-Van a tener que esperar. El principal a cargo está muy ocupado. - Respondió el joven policía semejando asumir el rol de un preciso contestador automático.
-Está bien, -dijo la mujer- esperaremos, si no hay otro remedio. -Guió a María a un frágil sillón de madera descolorida y se sentaron. Como podía presumirse el sillón era muy poco confortable, pero la incomodidad no impidió a La Vieja hacer un minucioso recorrido por todo lo que la rodeaba. Lo primero que observó fue el yeso descascarado del cielo raso, y después, que en las paredes recientemente pintadas comenzaban a reaparecer viejas manchas de humedad cuyo origen no había sido eliminado. “Chapuceros”, pensó, “ni siquiera saben gastar bien la plata... no les alcanza para pagar un buen trabajo porque se la roban toda... ¡si serán delincuentes!” Después se detuvo en un lateral, y dentro de su nicho estrecho, vio a una pequeña virgen polvorienta, que intentaba comunicar vanamente su mensaje de comprensión y piedad. “Qué mala suerte ha tenido la pobre”, fue su nuevo pensamiento. -Seguro que la tienen detenida. -Le comentó a María, mientras señalaba la imagen. Pero María no la escuchaba. Estaba pendiente de saber adonde estaba Romualdo. Era lo único que le importaba.

viernes, 10 de agosto de 2007

Capítulo 19

19

Después del llamado telefónico de su amiga Dolores invitándola a su casa en Madrid, Madelaine resolvió dejar San Sebastián. Josephine declinó el ofrecimiento aduciendo que tenía compromisos pendientes. Sólo quiso saber cuanto tiempo pasaría su amiga en la ciudad.
-Supongo que alrededor de diez días, tal vez más. Dolores me ha hablado de una serie de exposiciones y conciertos que parecen cosa muy prometedora.
-Yo podría estar allí en una semana y luego, regresaríamos a París. ¿Qué te parece? -Propuso Josephine.
-No está mal, pero... ¿Para qué programarlo desde ahora? Dejémoslo librado a los acontecimientos. -Comentó Madelaine.
-Es cierto, -Admitió su amiga. -veamos qué sucede.
-Despreocúpate. -Afirmó Madelaine. -Pero te impongo una condición que deberás cumplir al pie de la letra. Y es una condición va a gustarte. Quiero que te propongas disfrutar a pleno los próximos días. Imagino que entiendes lo que quiero decir con a pleno.
Josephine sólo atinó decir:
-Es la condición más maravillosa que me han impuesto.
Josephine se empeñó en llevarla a la estación después de conocer su decisión de viajar en el Talgo (11), pero Madelaine adujo que las despedidas en los andenes le resultaban deprimentes y su opinión acabó por imponerse.
-Me harás dichosa con que sólo me pidas un taxi.
Josephine la complació y cuando el auto llegó, la acompañó a la puerta del hotel donde se dijeron hasta la vista con un abrazo.
El piso de Dolores en Madrid estaba situado sobre la calle Goya, en el elegante barrio de Salamanca. Allí Madelaine fue recibida con todo el afecto que es propio de una amistad añeja, estimulado también por el deseo de ayudarla a olvidar la desagradable contingencia que acababa de vivir. Dolores tenía cincuenta años, era una española de aspecto juvenil y formas sensuales, escondidas en su discreta elegancia y su aire refinado. Se la veía bella, morena y dueña de un carácter vivaz. Estaba casada con el prestigioso arquitecto Gonzalo Alvarez del Cuerzo y sus dos hijos cursaban estudios en la universidad. Si bien su relación con Madelaine no tenía la misma intensidad que la de ésta con Josephine, su trato era franco y abierto. A pesar de vivir en otro país, y la distancia es una hábil fabricante de dificultades para mantener encendidos los afectos las dos habían superado ese inconveniente. Luego de disfrutar del almuerzo las dos amigas pasaron al salón para beber café.
-Te anticipé que tengo un largo programa para ti. Es lo menos que te mereces después de las angustias sufridos, pero... pienso que prefieres no hablar de eso, ¿verdad?- Fue el primer comentario de Dolores.
Madelaine respondió con tranquilidad.
-No me apasiona el tema pero tampoco pretendo olvidarlo, o aparecer como una heroína inocente que quiere enterrar su pasado. Además, hablar siempre tiene un efecto desintoxicante, al menos es lo que dicen los psicólogos. Bueno, después de todo, lo ocurrido no fue tan malo como puede parecerlo a primera vista, ya lo comprobarás. Y hasta puedes sorprenderte. - Agregó con tono enigmático.
-Me dejas sobre ascuas. -Articuló Dolores. -Parece impensable que alguien que es arrancado violentamente de su medio habitual y puesto en cautiverio varios días, mal alimentado y mal abrigado, encuentre como dices, que “después de todo no fue tan malo”. Te sé poco convencional, pero veo que superas generosamente esa condición.
Madelaine rió y continuó con su relato.
-Comprendo esas opiniones, pero creo que lo entenderás mejor si me permites que te lo explique.
-Como siempre mi querida Madelaine, eres una inagotable caja de sorpresas. -Argumentó cariñosamente Dolores. -Confieso que aunque lo pretendiera, sería imposible aburrirse contigo.
Madelaine tomó un cigarrillo de la cigarrera de plata que estaba sobre la mesa ratona, lo encendió y aspiró lentamente. Recién después, comenzó su relato.
-Ignoras que pocas semanas antes de viajar a España, Jean-Claude y yo nos separamos...
-... si, y lo siento... -interrumpió Dolores.
-... no te apresures a lamentarlo porque en verdad -continuó Madelaine- fui yo quien determinó que así fuera, y no me arrepiento. Todo transcurría muy armoniosamente, tanto, que ya estaba pareciendo un matrimonio convencional como el mío con Phillipe. Porque Phillipe estaba hecho para formar un matrimonio convencional... ¡no quiero repetirlo! Y menos todavía con un hombre que no es mi marido ante la ley sino mi amante. ¡Eso ya sería el colmo del mal gusto! Y no creas que lo digo porque piense que tiene algo de malo vivir con un hombre sin estar casada con él.
-¿Pero qué es lo que tienes contra los matrimonios convencionales? -Preguntó casi espantada su amiga.
-Nada... mientras yo no integre ninguno de ellos. Puede que a mucha gente le gusten, pero poco después de quedar viuda decidí no volver a vivir la experiencia. Por entonces tuve algunos amoríos irrelevantes hasta que conocí a Jean-Claude. Me pareció que él combinaba la sorpresa de lo desconocido con el encanto plácido de lo familiar, y me equivoqué, ¡tonta de mí! porque eso no existe, es una cosa o es la otra. Además estaba, ¡está! Didier. Descubro que no puedo imponerle un padre postizo, es tarde para eso. - Madelaine se tomó un respiro antes de continuar. -Tú sabes que soy una de esas mujeres a las que se suele calificar como temperamentales, una manera indirecta de llamarlas “ardientes”, o acaso, algo peor, nunca lo entendí bien. - Dolores se limitó a un gesto afirmativo. -En otras palabras, me apasiona el sexo, a qué ocultarlo. Te lo digo porque te sé amplia y no vas a escandalizarte. Bueno, esa noche me insinué... estaba muy excitada y lo necesitaba fervientemente. El no se mostró dispuesto “porque la lectura lo había agotado”, ese fue su comentario. No debería haberme sorprendido en alguien que apenas lee dos libros por año, pero bueno, entonces todo se precipitó. Me sentí despreciada, vieja, con un hijo demasiado pequeño en relación con mi edad, frustrada como mujer, y con la seguridad de que nuestra vida sexual nunca había sido totalmente satisfactoria, todo confuso y todo al mismo tiempo. - Madelaine se detuvo pero tardó muy poco en recuperarse. -Sin haber superado el conflicto y posiblemente en un alarde de omnipotencia, pienso que todos lo son en situaciones así, me fui a España con Josephine.
-La querida Josephine... -Apenas alcanzó a comentar fugazmente Dolores, porque Madelaine no le dio tiempo para decir nada más, tal era el vertiginoso ímpetu de su relato.
-En San Sebastián me secuestraron confundiéndome con la mujer de un general. ¡Qué imbéciles! Pero lo peor... o lo mejor, el tiempo lo dirá, vino después, cuando hice el amor con uno de mis captores. - Dolores se mostró paralizada.
-¡Te habrá presionado para ello!
-No, nada de eso. Lo sorprendí acariciándome mientras dormía, aunque sin tomar iniciativa, pero inmediatamente, lo estimulé, lo provoqué como lo hubiera hecho una prostituta, creo que mejor todavía... para acabar disfrutándolo plenamente. Pero hay algo que tal vez tenga un significado, tú lo determinarás, porque yo no quiero que sea un elemento ni a favor ni en contra: Iñaki, así se llama, tiene treinta y ocho años... ves que es más joven que yo... ¡Pero qué importa! Sólo espero que no esté lejana la hora de volver a verlo, a tenerlo... -Se corrigió. -pienso en eso todos los instantes, como si mi cabeza se hubiera vaciado de otras emociones. Además... creo que le quiero mucho.
En un primer momento la anfitriona no supo qué contestar. Madelaine, apagó su cigarrillo y ya más aquietada, permaneció esperando la reacción de su amiga. No fue necesario que aguardara demasiado tiempo.
-Si cualquier persona me hubiera hecho este relato, habría pensado que estaba al borde de la locura o ya totalmente inmersa en ella, pero en tu caso no lo haré. Estoy segura de que has ponderado cuidadosamente todos tus actos y decisiones, mucho más allá de un momento de placer, por genuino y maravilloso que haya sido. ¿Me equivoco?
-No Dolores, no te equivocas. Pero creo que a veces la pasión, el deseo... como quieras llamarle, altera nuestra capacidad de juicio.
-Lo tendré en cuenta, pero antes de continuar y como quiero opinar acertadamente, necesito saber más. Por ejemplo, ¿te parece razonable comprometerte en una relación que te coloca frente a serios riesgos? Recuerda que esos hombres son perseguidos no sólo en España, sino también en Francia. ¿No pensaste que podrías convertirte en cómplice o encubridora? - Dijo Dolores, buscando armar por completo el complicado rompecabezas que tenía frente a sí.
-Lo que he estado pensando... -titubeó Madelaine.
-... ¡Habla, habla! -La incitó su amiga. -después tal vez pueda ayudarte a que veas las cosas más claras o desde otro ángulo.
Madelaine encendió un nuevo cigarrillo, sin advertir que fumaba con más frecuencia de la habitual.
-Lo sé Dolores, y no sabes cuanto te lo agradezco. Comenzaré señalando algo que sabes: soy una mujer inmensamente rica. ¿Quién podría sospechar seriamente sin caer en el ridículo, que puedo complicarme por razones políticas con una organización extranjera que está fuera de la ley? Pero eso no me parece lo más importante, hay otra cosa. Tengo cincuenta años. He disfrutado una vida más que cómoda, las pérdidas afectivas que sufrí... fueron naturales. En suma, afortunadamente, no he tenido que sufrir ninguna tragedia. El sexo siempre fue para mí algo vital, y afortunadamente lo sigue siendo, entonces, ¿por qué postergar el placer que puede darme, aunque provenga de alguien que no parece ser el indicado? Y si no es así, ¿quién es el indicado? Dímelo si puedes, porque yo no le conozco. Por favor, ¡dímelo!
Dolores permaneció pensativa mientras Madelaine aspiraba anhelante el humo de su cigarrillo. Afortunadamente tampoco esa vez debió esperar mucho la respuesta.
-No me planteas un problema fácil, te lo aseguro. Por otra parte, creo que nuestras relaciones, en especial las que tenemos con el sexo opuesto, no se seleccionan en un catálogo. Tratándose de un hombre, tampoco es demasiado sencillo encontrar al que se ajuste a nuestras expectativas, o si lo prefieres, a nuestros deseos, por muy amplia que se esté dispuesta a ser... yo también he tenido mis momentos, y te seré franca, antes y después de casada... también me entusiasma vivamente el sexo y pienso, pese a todo lo que se diga y se haga, no se le da la importancia que merece ... no te estoy diciendo nada nuevo porque con tu experiencia ya debes saberlo. Y bien, creo que es posible, sólo posible, que acaso lo indicado sería que probaras, “probaras” -repitió- continuar tu relación con ese hombre.
-Hablas como si se tratara de un experimento. -Aclaró Madelaine.
-Así es. Deberías encararlo en ese entendimiento para que llegado el caso, si las cosas fracasan, y esto debes tenerlo en cuenta, te dañes lo menos posible. - Continuó su amiga, para agregar luego riéndose -¡pero qué nombre tan extraño tiene!
-Es un nombre vasco, equivalente a Ignacio.
-Bueno, me simpatizan los vascos, aunque no los etarras, y sería un sueño pretender que tú puedas modificar sus ideas aberrantes, no creo que siquiera lo hayas considerado, pero de momento, tienes mi bendición. Por otra parte, admito que tu experiencia me resulta muy estimulante, como para que comience a repensar muchas cosas, aunque... mi relación con Gonzalo es estupenda y nuestro matrimonio está pasando por un momento excelente, pero...
Madelaine la interrumpió.
-¿No se te ocurrirá...
-... ¿Y por qué no? - Completó Dolores. - ¿O acaso eres la única mujer que se puede permitir distracciones atrevidas? Ya te dije hace que la tuya me parecía una experiencia muy estimulante...
-... pero tú eres casada. -Interrumpió nuevamente Madelaine no sin cierta sorpresa.
-Es cierto. -Reconoció su amiga. -Pero si tomo en cuenta el esquema que me has planteado, no tiene mucha diferencia con el mío... salvo por el hecho de ser casada, como dices. Lo demás, es más o menos igual.
-No quisiera... -Temió Madelaine.
-... Oh, no te preocupes, -la tranquilizó Dolores riendo ¿tú crees que a estas cosas es necesario que te empujen? Pero vale, te tendré al tanto de todos mis futuros pasos, ya verás.
Madelaine que los ojos de Dolores habían ganado un brillo distinto, algo que no tenían al comenzar la conversación. Pero no hizo ninguna referencia a ello. Sólo se animó a decir:
-Ya volveremos a hablar de todo esto, ¿te parece bien?
-Claro que sí. -Fue la respuesta.
-Magnífico. Y ahora voy a invitarte a una exposición que se inaugura mañana en una galería de la calle Fernando VI... además, se trata de un pintor que es viejo amigo mío. ¿Quieres que vayamos?


11 Determinada clase de trenes en los ferrocarriles españoles.

jueves, 9 de agosto de 2007

Capítulo 18

18

La escenografía de los barrios pobres de las grandes capitales y de las zonas que los rodean, parecen ser el resultado de un intento desgraciado o de un error meditado. En ese decorado, frustrado por su situación, Romualdo penetraba en el inexistente colorido de una triste mañana neblinosa. Dominado por sus pensamientos, no advirtió que un coche policial comenzaba a marchar lentamente a su lado para luego detenerse. Sólo reparó en su presencia cuando desde el interior uno de los dos policías le gritó a viva voz:
-¡Che, vos, parate ahí!
Romualdo se detuvo mientras el agente, tal vez dominado por su propia gordura, descendía sin demasiado apremio del vehículo. Se le acercó y lo increpó con dureza.
-¿Que andás haciendo por acá?
-Sólo estoy caminando. No creo que esté prohibido. -Atinó a contestar. El otro pareció incomodarse.
-Así que te hacés el gracioso. Vamos a ver si en la Comisaría conservás las ganas de contar chistes.
-No estaba haciendo ningún chiste. Usted me hizo una pregunta y yo la contesté. -Insistió Romualdo.
El policía pareció no escuchar.
-Vení, subí al auto. Te vamos a llevar para ver si largás todo lo que tenés en el buche, por ejemplo, adónde estabas anoche cuando se robaron los televisores. - Otra vez la condena aparecía antes de la culpa.
-¿De qué está hablando? -Preguntó el muchacho.
-Eso lo vamos a averiguar después, y ahora subí -dijo abriendo la puerta trasera- y no nos hagas perder más tiempo. No tenemos toda la mañana para estar acá chupando esta humedad de mierda.
El agente lo tomó con fuerza de un brazo y lo introdujo violentamente en la parte trasera del vehículo. El coche partió velozmente haciendo sonar de manera descomedida su sirena, como si comunicara airosamente que en un acto de inusitado arrojo, la policía acababa de capturar al criminal más peligroso del país. En tanto, María esperaba en el bar sin saber que Romualdo no llegaría. Tratando de disimular el tiempo que transcurría pesadamente, demoró en beber su café pero sólo consiguió que se enfriara y terminara resultándole insoportable. Pasada más de media hora, pensó que algo debía haber ocurrido y entre temerosa y disgustada, salió a la calle sin prever ningún rumbo. ¿Qué debía hacer? ¿Sería lo más conveniente volver a su casa a esperar el llamado de Romualdo? ¿O debía acercarse a la de él? “No, allí no la conocían, sería como interferir en asuntos de otros”. Pero fue precisamente lo que decidió hacer. Entonces recordó las palabras del muchacho: “La tercera calle después de la vía... si se le podía llamar calle”. Allí, en la cuarta casilla vive La Vieja. Si tenés urgencia por encontrarme vas tranquilamente y se lo decís”.
Llegó cuando la luz opaca de la tarde comenzaba a acobardarse por anticipado frente a las primeras tinieblas. Entre el sonido de chicos que lloraban, y la mirada angustiada de perros roñosos y distraídos que la seguían sin curiosidad, María llegó al cobertizo. Sin nadie a la vista tuvo que golpear las manos para anunciarse. Transcurrieron apenas segundos hasta que se corrió la lona que hacía las veces de puerta para dejar paso a una anciana. Separadas por una exigua distancia la miró con algo que ella tradujo de inmediato como desconfianza. En verdad, malograda por la luz ya casi inexistente, La Vieja sólo veía una sombra difusa, pero sabía que esa sombra había llamado.
-Si... ¿quién es? -Preguntó con voz atiplada.
-Yo... María. -Se anunció la muchacha.
La Vieja avanzó hacia ella buscando sacar una sonrisa de alguna parte. Desgraciadamente, no las guardaba en ninguno de sus bolsillos.
-María... -Repitió, mientras que ya a su lado la miraba como si se tratara de un prodigio. “Si, Romualdo no había exagerado nada”, pensó. La muchacha era tan linda y fresca como él la había descripto. -Pasá María, pasá... -Dijo con la voz cargada de hospitalidad.
La muchacha la siguió hasta el interior del cobertizo.
-Sentate, sentate... -le dijo con una dulzura que no era habitual en ella. -¿Qué andás haciendo por acá?
María se sentó no sin antes dar las gracias y apresuradamente comenzó a hablar.
-Mire señora...
La Vieja la interrumpió.
-... ¿qué es eso de señora?...
La muchacha pareció aterrarse. La anciana se dio cuenta del efecto de su reacción y aclaró de inmediato.
-... sabés que pasa. No estoy acostumbrada a que me llamen “señora”. Para todos soy La Vieja, menos para José que me dice “mama”, ¿sabés quién es José? -María todavía un poco asustada, hizo un gesto afirmativo. -Está bien. -continuó- y Romualdo a veces también me llama así, pero es “La Vieja”, como te dije. Y ahora contame, porque con tantas explicaciones no te he dejado hablar. ¿A qué has venido? ¿Precisás algo?
Más calmada, la muchacha comenzó a explicar la razón de su visita. La Vieja no pareció darle mucha importancia al asunto, pero poco a poco la preocupación se le fue subiendo a la cara como si fuera fiebre.
-Lo que más me llama la atención, - apuntó - es que Romualdo siempre es muy puntual.
-Claro que sí. -Aseveró María. -Cada vez que nos encontramos, él llega mucho antes que yo.
-Bueno, si querés te doy unos mates - propuso La Vieja -y nos hacemos compañía mientras lo esperamos. - La anciana hizo una pequeña pausa mientras se levantaba. -Tal vez fue a ver un trabajo y se retrasó, ya va a venir. (A sabiendas, reclamaba de María una tranquilidad que ella misma empezaba a perder.) Entonces llegó Ramón.
-Quería saber si por aquí se ha conseguido trabajo.- Comentó a manera de saludo.
-Lo único que ha logrado el jovencito es dejarla plantada y disgustar a la novia con su demora... y aquí lo estamos esperando. -Le informó La Vieja. -¿Y vos?
-Yo tampoco encontré nada... Bueno, al menos él, -bromeó- tiene una novia muy linda, no me lo había contado. -María se ruborizó, y La Vieja saltó con su consabida picardía.
-¿Qué querés? Cuando se trata de una golosina así, no va a salir a repartirla como si fuera un puñado de caramelos. Pero me preocupa que ya es de noche, y si Romualdo no viene pronto, no quiero que te vayas sola a tu casa.
-Yo puedo acompañarla. -Ofreció Ramón.
-Creo que es lo mejor, ¿y a vos María? - Opinó La Vieja. -Si, pero... -insinuó la muchacha. - me gustaría que...
-... ya sé lo que te gustaría... quedarte como un centinela hasta que llegue. ¿Y qué vas a ganar? Que tu familia se inquiete y entonces en vez de un lío tengamos dos. Dejá que Ramón te acompañe y andate tranquila. En cuanto el muchacho venga ya vamos a encontrar la forma de hacértelo saber, te lo prometo.
Ayudada por la anciana, María se puso su sacón marinero, y antes de salir, le dio un beso que La Vieja retribuyó.
-Chau Vieja, mañana me doy una vuelta. -Saludó el hombre casi desde afuera.
-Hasta mañana Ramón, gracias por la visita... y por acompañar a María. Romualdo te lo va a agradecer mucho.


Lo mantuvieron más de dos horas en un calabozo oscuro sin darle explicaciones. A pesar de eso Romualdo no estaba preocupado, porque confiaba en que tarde o temprano descubrirían que todo era una confusión. Pero le inquietaba María, que estaría desconcertada por su demora pensando vaya a saber qué cosas. Sus reflexiones fueron interrumpidas por una voz que llamó desde el otro lado de la reja.
-¡Romualdo Fernández!
No le dieron tiempo a contestar. La puerta del calabozo se abrió para dejar pasar a un policía fornido, de piel oscura y negro pelo de alambre.
-Vení, el principal te quiere interrogar.
El hombre lo condujo hasta una habitación pequeña y sórdida tan mal iluminada como la celda de donde venía, y sin otros muebles que una mesa estrecha y dos sillas rústicas. Le ordenaron que se sentara en una de ellas. Pero tuvo que transcurrir un largo rato para que llegara el anunciado principal. Era un hombre rubio, delgado y joven, de piel muy blanca. Su nariz estaba anormalmente achatada como si hubiera sido prensada, lo que daba a su rostro un aspecto antipático y lamentable. Cuando le habló con desdén, el tono disonante y agudo de su voz se correspondió con aquella impresión que transmitía su cara.
-Así que vos sos Romualdo Fernández.
-Si, soy yo. -Contestó Romualdo.
-¿Y que sabés del robo de anoche?
-Eso ya me lo preguntaron antes, y les dije que no sé nada de todo eso.
-¡Claro, tenés todo el aspecto de un inocente! - Dijo el principal al tiempo que con el revés de su mano le golpeaba la nariz. -Pero a mí no me lo vas a hacer tragar, por eso más te vale que me digas la verdad... ¡y pronto!
-Es que no sé nada... -Insistió Romualdo mientras se llevaba la mano a la nariz de donde fluía un rastro sanguinolento.
-Sargento, - Continuó el oficial. - no voy a seguir intentando que este imbécil confiese. Me voy a comer. Cuando vuelva quiero encontrarlo dispuesto a decirnos todo. Tenemos que entregar el informe rápido.
El sargento sonrió complacido como si acabaran de asignarle un gran trabajo. Cuando se quedaron solos el policía se puso de pie y dijo en un susurro:
-Ahora que nadie nos oye, porque no me contás toda la verdad y terminamos con este lío.
La nariz de Romualdo no había dejado de sangrar, y tal vez por eso contestó con obstinación.
-Ya dije toda la verdad.
El sargento le aplicó un fortísimo puñetazo en la boca. Romualdo cayó al suelo, y allí recibió un puntapié en la espalda, seguido de otro y otro. Quiso reincorporarse, pero un nuevo puñetazo lo desplomó definitivamente.
-¿Todavía no tenés ganas de hablar?
El prisionero no contestó porque casi no escuchaba. El sargento volvió a golpearlo sin detenerse hasta que Romualdo perdió el conocimiento. Entonces el policía, con la respiración entrecortada, se sentó y encendió otro cigarrillo que apretó con la desagradable sonrisa que tenía en los labios.

miércoles, 8 de agosto de 2007

Capítulo 17

17

Cuando Madelaine recordó el instante en que dictaba su número telefónico a Iñaki, tuvo la sensación de haber cometido una locura, pero ya era tarde para arrepentimientos. En cambio se hizo preguntas relacionadas entre sí. ¿Acaso al separarse de Jean-Claude no se había propuesto un futuro de amores furtivos y veloces? ¿Quién más adecuado que Iñaki para eso? Josephine compartiría su decisión, pero...¿y si no lo hacía? Si no lo hacía tampoco importaba. “Cuando se está verdaderamente decidido a algo la anuencia de los demás no significa nada ni es necesaria. Sólo la inseguridad sale en busca de aprobación”. Se repitió la frase con firmeza para darse el valor que no tenía y que necesitaba desesperadamente. En ese momento la voz de Iñaki interrumpió sus pensamientos para anunciar la partida. Cuando abandonaron la casa pudo comprobar su impresión del día que llegó: la derruida propiedad estaba ubicada en medio de un abigarrado bosquecillo de pinos. Le alegró confirmar que no se había equivocado. Esa satisfacción la incitó a ir todavía más allá. Y confió en seguir adelante también sin equivocarse.


Entrenado para moverse en el disimulo, para fingir cosas diferentes a las que ocurrían, y en oportunidades, hasta para dejar de ser él mismo, a Iñaki no le había resultado demasiado difícil inventar un pretexto para realizar sin compañía la misión encomendada. Tal como le había sido ordenado, la dejó en un estrecho sendero solitario cercano al río, indicándole que si marchaba apenas quinientos metros hacia el este llegaría prontamente al camino. Allí la encontrarían y superada la pesadilla, todo volvería a ser como antes. Era obvio que su reciente experiencia amorosa había deteriorado el sentido que él solía tener de la disciplina, ya que estaba desobedeciendo a sus jefes al facilitar que encontraran a Madelaine en pocos minutos. Se despidieron besándose sin pronunciar ninguna palabra. Después de aquella callada ceremonia íntima, Iñaki repitió varias veces su promesa de ir a París cuanto Al cabo se separaron y Madelaine comenzó a caminar a campo traviesa rumbo al punto prefijado, entre árboles que exhibían sin pudor la sinceridad del otoño. Tenía frío pero estaba libre. A lo largo de toda su vida jamás había considerado que esa sensación de libertad podía ser tan maravillosa, y por un instante, no pensó en nada más que en eso. Hasta que apareció de nuevo en su mente la imagen de Iñaki. Entonces lo vio completamente diferente a los convencionalismos, a las obligaciones sociales y a las frivolidades que la rodeaban. Podía estar equivocado en sus ideas (ella creía honestamente que lo estaba), pero tenía que admitir que había sido construido en una sola pieza. ¿Era posible compararlo con los hombres que conocía? ¿Con Jean-Claude, por ejemplo, que vivía atado a cosas que por torpes que parecieran, convertía en eje de su vida? Ahora eso no importaba, porque ella estaba volviendo a lo que poco antes había llamado “su mundo”, al que sabía tan perfecto o tan imperfecto como el de cualquiera, y eso actuaba como un imán de incontenible atractivo. Entonces la imagen del hombre que había amado se desvaneció aunque dejándole la tranquilidad, tal vez la fantasía, de presentir que muy pronto reaparecería con sólo invocarla. Pero de momento, lo más importante era reincorporarse cuanto antes a todo aquello con lo que estaba familiarizada. Lo sintió mucho más intensamente cuando pudo ver el camino que señalaba el final de su ruta de escape, y después, la imaginaria entrada a su universo brillante ya recuperado. ¿Pero eso era todo?
El teléfono sonó mientras Josephine se paseaba nerviosamente por la habitación del hotel. Durante los últimos ni siquiera sus fantasías relacionadas con Eizagirre habían logrado sacarla de su preocupación. Por eso acudió corriendo con ansiedad hasta el aparato y levantó apresuradamente el tubo.
-Aló...
-Le tengo excelentes noticias: hemos hallado a su amiga sana y salva, un poco cansada y algo debilitada, pero bien, muy bien. - Dijo la voz del sargento Eizagirre.
-¿Adónde está? - Inquirió Josephine.
-Tranquilícese. Una patrulla acaba de recogerla en la carretera y ya la lleva hacia el hotel. En minutos estará allí.
-Gracias al Cielo. -Respondió como único comentario mientras trataba de contener las lágrimas.
-Mañana habrá que cumplir algunas formalidades. La llamaré para concertar el encuentro con su amiga en la Comisaría, y registrar su declaración.
-Convenido. -Aprobó ella.
-Hasta mañana Josephine.
-Hasta mañana sargento. -Concluyó ella, y colgó serenamente el receptor.
Apenas media hora después se produjo el encuentro entre las dos amigas. Se abrazaron y se besaron sin considerar que el desenlace hubiera podido ser dramáticamente distinto. Pero todo había pasado y ahora estaban de nuevo juntas aceptando que la experiencia reciente ayudaría para considerar las cosas de forma muy diferente en el futuro. (¿Sería así?) Madelaine llamó telefónicamente a Didier y con él compartió una tierna conversación. Luego disfrutó una prolongada y reparadora ducha, y recién después comenzó su relato mientras bebía té fuerte. Cada obligado paréntesis acentuaba la mirada absorta de su amiga, que no quería postergar ni por un segundo la relación de aquellos detalles. Como era de esperar, fueron referidos minuciosamente, incluida para sorpresa de la oyente, la relación con Iñaki y el propósito de reiniciarla en París lo antes posible. Al llegar a este episodio, Josephine, que permanecía concentrada en absorber casi sin respirar cada palabra, no pudo evitar interrumpir, apremiada por la tensión que le provocaban aquellas novedades.
-Me recuerdas a las heroínas de las novelas de principios de siglo, que solían ser violentadas por sus captores.
Madelaine la corrigió.
-No fui violentada. Me presté a ello, hasta creo que yo misma lo estimulé previamente, - aclaró -y disfruté como pocas veces lo he hecho. Iñaki es maravilloso.
-Debe serlo, -asintió Josephine- acaso, hasta te has enamorado... por algo quieres seguir viéndolo.
-Tal vez también sea por eso, aunque parezca un poco infantil. No deseo aventurarme tanto, pero puede ser. Te parece mala idea? -Dudó Madelaine.
-No. -Respondió esta con seguridad y sin meditarlo. -Yo haría lo mismo. Y te diré más: hace mucho que no te veía tan animada.
Viéndose tan francamente apoyada, Madelaine culminó su narración. Después preguntó:
-Y tú mi pobre amiga, ¿qué has hecho todos estos días?... Naturalmente, aparte de angustiarte.
-Tienes razón, fueron horas muy desagradables, sin saber adónde estabas ni como te tratarían, afortunadamente, el sargento Eizagirre...
-... ¿el sargento Eizagirre?...
-... si, -continuó Josephine- el policía a cargo de la investigación...
-... entiendo...
-... bueno, el sargento Eizagirre, como te decía, resultó un gran apoyo, y además, un hombre encantador. En otras circunstancias... En fin, me he sentido muy bien en su compañía.
-Ya estás en otras circunstancias, ¿no te has dado cuenta? -Le aclaró Madelaine como si tratara de animarla.
-¿En otras circunstancias? -Preguntó Josephine sorprendida.
-¡Por supuesto! -Insistió su amiga. -Ahora yo estoy de nuevo aquí y todo vuelve a la normalidad... no vas a seguir sufriendo mi desaparición como si nunca hubiera regresado. Por eso, ¡tú tampoco dejes pasar la oportunidad! Todo indica que nuestras vidas toman un curso en el que habrá que habituarse a las relaciones irregulares, por no decir, extravagantes. Sí, extravagantes, no te sorprendas. -Repitió- ¿Qué tiene de malo? Pensé mucho en esa palabra después de hacer el amor con Iñaki.
-Lo dices como si fuera equivalente a pecado. -Comentó Josephine encendiendo un cigarrillo.
-¿Y qué si así fuera? Cuanto más grande el pecado mayor su sabor. -Sentenció Madelaine sonriendo. ¿No lo sabías?
-No en esos términos, pero, casi me has convencido. -Adujo Josephine al tiempo que aspiraba nerviosamente su cigarrillo. -Pero también me has hecho pensar que es muy difícil escapar de ciertas situaciones, especialmente, cuando como yo, se es débil.
-No te equivoques, si fueras fuerte tampoco podrías, o lo conseguirías sólo en un momento excepcional, posiblemente, también durante poco tiempo, porque somos esclavos de lo que la vida nos propone, y no hablo sólo de ti o de mí, hablo de todos, aunque haya quiénes afirmen que con su voluntad son capaces de torcer el rumbo de las cosas. Podemos simular que no vemos la propuesta, modificarla en parte, tratar de fingir en nuestro interior que preferiríamos tomar otra dirección, pero es inútil. Lo comprobamos para bien o para mal cuando acabamos sucumbiendo ante ella. Desconfío de quiénes opinan lo contrario, les falta sinceridad o son muy tontos. No se qué es peor.
-¿No es eso un poco fatalista? -Preguntó Josephine como si pretendiera o necesitara una aclaración.
-Puede que lo sea, pero aún así, eso no cambia nada. Las cosas llevan diferentes nombres: Fatalismo, Destino, Sino. Pero la realidad siempre es una sola y no admite que se la confunda.
-¿Quiere decir que tú debes a ser la amante de Iñaki, la madre de Didier, la adinerada señora Röine Etagne, sin la posibilidad de modificar nada de eso aunque te disgustara?
-Es lo que trataba de explicarte...
-... y yo estoy obligada a convertirme en amante de un policía, así como estuve obligada a casarme y a divorciarme dos veces. -Continuó Josephine ya no preguntando, sino como si se tratara de una afirmación.
-Veo que me has comprendido a la perfección. -Agregó su amiga por todo comentario.
-Tú dices que las circunstancias son imposibles de controlar, por mucho que nos empeñemos, ¿no? -¿Estás segura? -Preguntó Josephine casi con temor.
Madelaine la tomó de los hombres mirándola cariñosamente.
-Ay pequeña, pareces una niñita pidiendo permiso para comer un dulce.


A la mañana siguiente, el sargento Eizagirre las recibió en la Comisaría como si llegaran para participar en una fiesta de gran gala. Ordenó que les trajeran café y se dispuso a comenzar con el informe.
-No voy a cometer la torpeza de preguntarle si es usted la señora Madelaine Röine Etagne, los dos lo sabemos perfectamente... -Dijo el policía buscando crear un clima distendido.
-...sin embargo, -interrumpió la aludida expresándose con simpatía. -le aseguro que durante los últimos días, yo misma lo olvidé en muchos momentos. Es increíble lo que puede llegar a sentirse en ciertas circunstancias.
-Me parece lógico y lo comprendo. -Aceptó él con seriedad. -No hace falta aclararle que su información es invalorable para apresar a los responsables de este hecho repugnante, perdón por expresarme así, pero no encuentro un calificativo más adecuado. Ahora bien, todo lo que diga, por insignificante que le parezca, puede tener una importancia definitiva. Por estas razones le ruego me relate cuanto lo que haya visto u oído, y hasta creído ver y oír durante su... digamos... detención.
Después de poner en funcionamiento un pequeño grabador, el sargento comenzó a seguir con gran atención la declaración como si no se estuviera registrando en la cinta. Pero cuando todo finalizó el policía se sintió frustrado. Madelaine no había aportado ninguna información valiosa. Contó que sus captores permanecieron encapuchados, aunque por sus voces ella creía que se habían relevado en diferentes turnos, pero sólo le hablaron para darle indicaciones ocasionales.
Mientras desarrollaba su historia, Josephine hubiera querido reír a carcajadas. Quedaba claro que su amiga era una actriz consumada interpretando el rol de víctima, pero al mismo tiempo, sin dramatizar sobre la probable maldad de sus victimarios. Sin embargo lamentó que Eizagirre fuera engañado. El no lo merecía, y aquella comprobación la hizo sentir incómoda. Atenuó rápidamente su pesar el saber que finalmente ella no era la responsable de la situación. Resultaba imposible abrigar la menor duda sobre las afirmaciones de la mujer recientemente liberada (tampoco existían razones lógicas para hacerlo). Muy distinto hubiera sido que Madelaine denunciara su relación con Iñaki, cosa que en ningún momento pensó hacer. Finalmente, ella no tenía responsabilidad en lo ocurrido, y consideraba que la acción criminal de ETA o su postura frente a la sociedad no la alcanzaban: era nada más que una extranjera que había participado sin quererlo en un suceso policial. Pensó que se trató de un error provocado por una maldita casualidad, entonces, si hacía caso omiso de lo incómodo de su cama y de la discutible calidad de la comida, aquello había sido una experiencia distinta, que le dejaba un recuerdo excitante. ¿Para qué complicarlo con una declaración altisonante? Además, Iñaki, más allá de la relación que habían mantenido, siempre se había mostrado gentil y sincero. Dejarlo al descubierto le parecía una cobarde forma de traición que no favorecería a nadie, muy por el contrario. Entonces, vino a su mente el viejo refrán: “A nadie da beneficio si a alguien causa perjuicio”. En suma, en lo que a ella se refería aquel era asunto terminado, aunque el razonamiento era fácilmente vulnerable. Naturalmente Eizagirre ignoraba estas íntimas conclusiones, por eso preguntó esperanzado, aunque también convencido de que no habría nada nuevo para escuchar.
-¿Es eso todo señora? Aparentando una contrariedad que no sentía, Madelaine hizo un gesto de asentimiento.
-Entonces, -comentó el policía poniéndose de pie- me resta agradecerle su colaboración, y como no deseo que pierda tiempo esperando la transcripción, rogarle que en cualquier momento a partir de esta tarde pase por aquí a firmar esta declaración.
Madelaine aceptó la propuesta. Josephine que hasta ese instante no había pronunciado palabra, decidió hacerlo cuando atravesaban la puerta del despacho.
-Sargento, ahora que todo el trámite oficial está superado, queremos decirle que le consideramos nuestro amigo. Ha dado sobradas muestras de serlo...
Eizagirre quiso interrumpir.
-... señora, por favor...
Ella estaba absolutamente decidida a seguir hablando y no le permitió continuar.
-... le ruego no diga nada. No sólo esperamos que sienta lo mismo hacia nosotras, sino también que acepte acompañarnos a comer esta noche. ¿Estará disponible?
Eizagirre, al que sólo tener un pretexto para volver a ver a Josephine lo llenaba de alegría, respondió sin pensarlo un segundo.
-Será un honor. -
-En ese caso, le esperamos en el hotel a las diez.
-Allí estaré. -Asintió estrechando las manos de las dos mujeres.
Ya en la calle, mientras subían al automóvil, Josephine preguntó con tono solemne.
-¿Dirías que Sarah Bernhard ha resucitado?
-Mucho más que eso. -Contestó Madelaine. -Diría que nunca ha muerto.

martes, 7 de agosto de 2007

Capítulo 16

16

El sargento Eizagirre se hubiera sorprendido de poder comprobar que su deducción era un calco de lo que realmente había pasado. Esa misma mañana, el análisis del suceso generaba serias discrepancias en la reunión donde se decidía la suerte de Madelaine. Eso ocurría en el secreto cuartel general de ETA. Allí la discusión fue densa y prolongada, girando sobre dos posiciones antagónicas. La primera, insistía en la conveniencia de eliminar a la prisionera, para no dejar en evidencia que su secuestro había sido un error. Además, si la dejaban con vida, ella podría identificar a sus captores o el lugar adonde había permanecido retenida. Quienes se oponían a estas iniciativas sostuvieron una argumentación basada en que no vendría mal mostrar un excepcional gesto de benevolencia, y descartaba la posibilidad de que sus guardianes hubieran sido vistos a cara descubierta, como que a Madelaine le fuera posible localizar el lugar en que había estado (Naturalmente, nadie conocía su relación con Iñaki.) Finalmente, se llegó a una decisión: esa tarde la abandonarían en un lugar alejado de la carretera. Allí sería encontrada y el asunto se daría por terminado. Resultó irónico que el mismo Iñaki fuera designado para comunicar a Madelaine lo resuelto. El no había intervenido en el secuestro pero era uno de los encargados de su custodia. Tampoco se trataba de una casualidad. A veces las historias se eslabonan como si las armonizara un misterioso propósito. Respecto a esta misión le dieron diversas instrucciones, entre ellas, puede sonar paradójico, manejar las cosas con la mayor delicadeza posible. La intención no consistía en pedir disculpas, pero sí hacer que Madelaine se llevara la impresión de haber recibido un tratamiento considerado y humanitario. Así reaparecía otra vez el vano intento de convencer a los demás de cosas que no estaban dispuestos a aceptar. Pero la inteligencia no es condición para uso convencional de jefes de una banda de asesinos capaces de matar y de morir por una causa equivocada perdida, dos aspectos que ellos estaban empeñados tozudamente en desconocer, como si la realidad y el ensueño fueran parte indivisible del mismo paisaje.

Cuando Iñaki irrumpió apresuradamente en la habitación, ella sintió que su captor había perdido el aire parco que siempre parecía rodearlo como un emblema. Hasta podía decir que en la ocasión se le veía decididamente feliz.
-Te tengo buenas nuevas. -Fueron sus palabras.
-Dios mío, gracias. -Exclamó Madelaine.
-Me encomendaron que esta tarde te deje en libertad.
Ella lo abrazó y lo besó. Luego le miró fijamente.
-Hemos hablado muy poco de nosotros, me gustaría saber cosas de ti, de qué te ocupas, por ejemplo, cuando...
-... cuando no estoy fabricando bombas, quieres decir... - la interrumpió él. - Ella intentó justificarse, pero él anticipó. -Nunca he fabricado ninguna, no sé hacerlo, y la misión más riesgosa que he tenido hasta ahora ha sido vigilarte. Pero no soy un asesino... trabajo como maestro de escuela.
Madelaine quedó absorta.
-Jamás lo hubiera imaginado: ¡maestro de escuela!
-Pero es así.
Ella no se sentía conforme, y quiso transmitírselo.
-Pero debes hacer otra cosa, no sé, leer, andar en bicicleta...
-... jugaba pelota en Bilbao hasta que debido a un accidente con mi moto tuve una severa lesión en la clavícula. El médico indicó que el deporte había terminado para mí.
-¿Pero hay otras cosas que deben gustarte? -Insistió la mujer. -La música, por ejemplo.
-Oh si, la música me gusta mucho.
-¿Beethoven, Brahms, Mussorgsky, Stravinski, Debussy, Bruckner, Mozart, Liszt, Vivaldi, Verdi? - Enumeró ella tratando de presentarle el panorama más amplio posible, pero sólo logró que Iñaki estallara en una carcajada.
-No, no esa música.
La señora de Röine Etagne se sintió tocada. Para ella aquellos no eran simplemente nombres sino monumentos cuyos méritos no se le hubiera ocurrido discutir.
-¿Es que hay otra? - Preguntó lacónicamente.
El no se amilanó.
-¿Nunca has oído hablar del jazz?
Ella lo miró fijamente.
-Por supuesto que sí, pero sería incapaz de darte una opinión al respecto, sencillamente, porque no creo haber escuchado esa... esa música, ni lo suficiente ni con atención.
-Pues has hecho mal. -Dijo Iñaki como si la reprendiera. -Me gustaría iniciarte en su conocimiento, seguro que te encantaría. ¿No has oído hablar de Miles Davis o de Gillespie? A ambos les he visto tocar en Vitoria - Gasteiz (10).
En ese momento le pareció advertir que Madelaine lo miraba como si le estuviera escuchando el relato de las experiencias recogidas en otro mundo.
- Pero bien... estamos hablando nada más que de mí, y no me has dicho de que te ocupas tú.
-Soy rica.
-Pero ese no es un trabajo. - Dijo sitiéndose burlado.
-¿Crees que no? -Reaccionó Madelaine. -Tienes que escuchar los informes de los administradores, asesorarte para poder interpretar los balances, analizar en qué país y en qué actividad conviene realizar las inversiones, informarte de la evolución de las empresas, aun de las que no son tuyas, estar al tanto de las fluctuaciones del mercado, y si tienes el control directo de una empresa o de un grupo de empresas, permanecer atento para que la competencia no se te adelante. ¿Y sabes la razón de todo esto? La razón es que el dinero no puede, no debe estar quieto. Es como los caballos de carrera que deben mantenerse constantemente entrenados, es decir, en movimiento. Si los dejas estáticos, en poco tiempo no sirven ni para tirar de una calesa. Es lo que ocurre permanentemente con el dinero, por eso merece tanta atención, y también por eso me mantiene tan ocupada. ¿Lo ves?
-Pero viniste a San Sebastián como turista, y antes, me dijiste, pasaste una temporada de descanso en Francia. ¿Quién se ocupa de tus negocios en esos momentos?
-Tengo decenas de colaboradores eficientes que están a diario sobre todo problema pero yo debo tomar las grandes decisiones, desde que murió mi marido he tenido que aprender a hacerlo. Y no es nada fácil porque se dispone de muy poco tiempo. No me quejo.
Iñaki quedó reflexionando, pero no demoró su comentario.
-Pienso que con frecuencia te debes sentir muy sola. ¿No podrías darte la oportunidad de intentar modificar un poco las cosas?
Madelaine descubrió que la pregunta era una velada propuesta para que iniciaran algo juntos, tal como si tuvieran toda la vida por delante igual que cualquier pareja de enamorados. Le pareció un propósito alocado.
-Es triste, -dijo- pero no existe esa oportunidad.
-Sí. -Acordó él cabizbajo y dejando claro que ella no se había equivocado. -Esta tarde estarás en tu hotel, y después volverás a tus obligaciones. Todo lo que pasó será consumido por el olvido, y hasta esta conversación se convertirá en una charla ocasional, como la que hubieras podido mantener con un desconocido durante un viaje en tren o en avión.
Madelaine se mostró molesta.
-Deberías pensar primero que esta tarde estaré libre, ¿o no significa nada para ti? Por otra parte, el hotel es donde estaba hasta que ustedes decidieron que era mejor traerme aquí. ¿Por qué no habría de querer volver allá, anhelándolo hasta la desesperación? ¿Acaso olvidas que ese es el mundo al que pertenezco? -Preguntó con innecesaria soberbia.
-Claro que no lo olvido, además, tampoco quise incomodarte. En cuanto a tu libertad, después de lo que me has dicho, no creo que sea mucho más que una apariencia, y si fuera tan atrevido como debería, te preguntaría cuál es la clase de libertad de que gozas...
-...puedes preguntarme todo lo que quieras. -Interrumpió Madelaine. El respondió al desafío.
-Me refería a una libertad sin amor. ¿Es acaso una libertad completa. ¿No es preferible amar, amar tanto, hasta perder en otro la propia individualidad?
Ella hubiera querido contestar, pero no dijo nada. Sin embargo, Iñaki asumió aquel silencio como una respuesta.
-Dejémoslo, al menos en lo que a nosotros dos se refiera. Y volviendo a la libertad, diría que mi profesión es luchar por ella.
-Todo eso me parece más que discutible, pero bueno, -continuó inmediatamente Madelaine. -no creo oportuno adornar nuestra despedida expresando diferencias sobre estos temas. ¿De qué serviría? Después de todo, al menos creo que somos amigos... o lo que quieras. -Reafirmó Madelaine. -Puedes ponerle el nombre que prefieras, no voy a impedírtelo, pero algo somos, no tengo dudas y tú tampoco deberías tenerlas. Hemos estado muy juntos como para aparentar que nada ha pasado, que todo lo ocurrido ha sido una casualidad, o lo que sería aun peor, un impulso pasajero para satisfacer el deseo. Suena melodramático, pero no encuentro modo mejor de decirlo.
-No pienso nada de eso, es más, comencé amando tu cuerpo, y que hayas compartido mi cama te valoriza enormemente ante mis ojos, como si te respetara más y de un modo más íntimo. Te parecerá algo antiguo y fuera de uso, ¡pero es así! Ahora, no sé... me es difícil explicarlo pero quiero ser franco. -Trató de definir vagamente el hombre.
-Lo lamento, pero odio las salidas dramáticas. Yo también podría decir cosas parecidas, pero no lo hago.- Interrumpió Madelaine con tono gélido. -Sabíamos que algo así iba a suceder, porque existían dos posibilidades: me asesinaban o me ponían en libertad. Me alegro, claro, de que haya ocurrido esto último, pero de la otra forma, también nos hubiéramos separado, y no creo que en ese caso te hubiera quedado una sensación agradable.
-¿Qué crees? Me habría quedado una pena y una culpa muy grandes, insoportable, aunque no haya sido yo quien decidió todo esto, pero no demasiado menor a lo que siento ahora, por eso quiero saber: ¿Qué podemos hacer para volver a vernos? - Musitó él, porque volver a verla era lo único que le importaba. Sentía que jamás había amado a nadie como amaba a Madelaine. -Si, ya sé. -continuó- La nuestra ha sido una relación fugaz y por maravillosa que nos haya resultado, por felices que nos hayamos hecho el uno al otro, por alegre y completo que yo me sienta con sólo verte, termina donde termina.
-Me haces sentir como la abeja reina que aprovecha las cualidades del macho y luego lo deja librado a su suerte, pero no es así. -Respondió Madelaine con firmeza. -Yo también siento gran respeto por ti y por lo que hemos hecho, y no me deja en absoluto indiferente, como por cierto, tú tampoco me dejas nada indiferente, verás cuan sincera puedo ser, y lo seré más aun: me gustaría volver a repetir hasta el cansancio todo lo que pasamos juntos. En cuanto a vernos... - Madelaine adoptó un tono terminante. -¡No! Es demasiado peligroso, demasiado peligroso, -repitió como si quisiera convencerse- especialmente para ti.
Iñaki, que después de conocer a Madelaine había dejado de ser el hombre duro y decidido de antes, se veía desconsolado.
-Tienes razón, debería haberlo pensado.
-Aunque... -dijo Madelaine.
-...¿si?... -Se esperanzó él advirtiendo una posibilidad remota.
Ella continuó.
-... acaso podríamos vernos en París, a menos que la policía francesa ya te tenga individualizado.
-Es sumamente improbable. Jamás he estado en Francia. - Afirmó él con seguridad.
-Entonces te sugiero que anotes mi teléfono...
-... no, prefiero memorizarlo.
-Está bien. El número es...


10 El personaje hace referencia al Festival de Jazz de Vitoria - Gasteiz, que se realiza en Vitoria - Gasteiz.