miércoles, 8 de agosto de 2007

Capítulo 17

17

Cuando Madelaine recordó el instante en que dictaba su número telefónico a Iñaki, tuvo la sensación de haber cometido una locura, pero ya era tarde para arrepentimientos. En cambio se hizo preguntas relacionadas entre sí. ¿Acaso al separarse de Jean-Claude no se había propuesto un futuro de amores furtivos y veloces? ¿Quién más adecuado que Iñaki para eso? Josephine compartiría su decisión, pero...¿y si no lo hacía? Si no lo hacía tampoco importaba. “Cuando se está verdaderamente decidido a algo la anuencia de los demás no significa nada ni es necesaria. Sólo la inseguridad sale en busca de aprobación”. Se repitió la frase con firmeza para darse el valor que no tenía y que necesitaba desesperadamente. En ese momento la voz de Iñaki interrumpió sus pensamientos para anunciar la partida. Cuando abandonaron la casa pudo comprobar su impresión del día que llegó: la derruida propiedad estaba ubicada en medio de un abigarrado bosquecillo de pinos. Le alegró confirmar que no se había equivocado. Esa satisfacción la incitó a ir todavía más allá. Y confió en seguir adelante también sin equivocarse.


Entrenado para moverse en el disimulo, para fingir cosas diferentes a las que ocurrían, y en oportunidades, hasta para dejar de ser él mismo, a Iñaki no le había resultado demasiado difícil inventar un pretexto para realizar sin compañía la misión encomendada. Tal como le había sido ordenado, la dejó en un estrecho sendero solitario cercano al río, indicándole que si marchaba apenas quinientos metros hacia el este llegaría prontamente al camino. Allí la encontrarían y superada la pesadilla, todo volvería a ser como antes. Era obvio que su reciente experiencia amorosa había deteriorado el sentido que él solía tener de la disciplina, ya que estaba desobedeciendo a sus jefes al facilitar que encontraran a Madelaine en pocos minutos. Se despidieron besándose sin pronunciar ninguna palabra. Después de aquella callada ceremonia íntima, Iñaki repitió varias veces su promesa de ir a París cuanto Al cabo se separaron y Madelaine comenzó a caminar a campo traviesa rumbo al punto prefijado, entre árboles que exhibían sin pudor la sinceridad del otoño. Tenía frío pero estaba libre. A lo largo de toda su vida jamás había considerado que esa sensación de libertad podía ser tan maravillosa, y por un instante, no pensó en nada más que en eso. Hasta que apareció de nuevo en su mente la imagen de Iñaki. Entonces lo vio completamente diferente a los convencionalismos, a las obligaciones sociales y a las frivolidades que la rodeaban. Podía estar equivocado en sus ideas (ella creía honestamente que lo estaba), pero tenía que admitir que había sido construido en una sola pieza. ¿Era posible compararlo con los hombres que conocía? ¿Con Jean-Claude, por ejemplo, que vivía atado a cosas que por torpes que parecieran, convertía en eje de su vida? Ahora eso no importaba, porque ella estaba volviendo a lo que poco antes había llamado “su mundo”, al que sabía tan perfecto o tan imperfecto como el de cualquiera, y eso actuaba como un imán de incontenible atractivo. Entonces la imagen del hombre que había amado se desvaneció aunque dejándole la tranquilidad, tal vez la fantasía, de presentir que muy pronto reaparecería con sólo invocarla. Pero de momento, lo más importante era reincorporarse cuanto antes a todo aquello con lo que estaba familiarizada. Lo sintió mucho más intensamente cuando pudo ver el camino que señalaba el final de su ruta de escape, y después, la imaginaria entrada a su universo brillante ya recuperado. ¿Pero eso era todo?
El teléfono sonó mientras Josephine se paseaba nerviosamente por la habitación del hotel. Durante los últimos ni siquiera sus fantasías relacionadas con Eizagirre habían logrado sacarla de su preocupación. Por eso acudió corriendo con ansiedad hasta el aparato y levantó apresuradamente el tubo.
-Aló...
-Le tengo excelentes noticias: hemos hallado a su amiga sana y salva, un poco cansada y algo debilitada, pero bien, muy bien. - Dijo la voz del sargento Eizagirre.
-¿Adónde está? - Inquirió Josephine.
-Tranquilícese. Una patrulla acaba de recogerla en la carretera y ya la lleva hacia el hotel. En minutos estará allí.
-Gracias al Cielo. -Respondió como único comentario mientras trataba de contener las lágrimas.
-Mañana habrá que cumplir algunas formalidades. La llamaré para concertar el encuentro con su amiga en la Comisaría, y registrar su declaración.
-Convenido. -Aprobó ella.
-Hasta mañana Josephine.
-Hasta mañana sargento. -Concluyó ella, y colgó serenamente el receptor.
Apenas media hora después se produjo el encuentro entre las dos amigas. Se abrazaron y se besaron sin considerar que el desenlace hubiera podido ser dramáticamente distinto. Pero todo había pasado y ahora estaban de nuevo juntas aceptando que la experiencia reciente ayudaría para considerar las cosas de forma muy diferente en el futuro. (¿Sería así?) Madelaine llamó telefónicamente a Didier y con él compartió una tierna conversación. Luego disfrutó una prolongada y reparadora ducha, y recién después comenzó su relato mientras bebía té fuerte. Cada obligado paréntesis acentuaba la mirada absorta de su amiga, que no quería postergar ni por un segundo la relación de aquellos detalles. Como era de esperar, fueron referidos minuciosamente, incluida para sorpresa de la oyente, la relación con Iñaki y el propósito de reiniciarla en París lo antes posible. Al llegar a este episodio, Josephine, que permanecía concentrada en absorber casi sin respirar cada palabra, no pudo evitar interrumpir, apremiada por la tensión que le provocaban aquellas novedades.
-Me recuerdas a las heroínas de las novelas de principios de siglo, que solían ser violentadas por sus captores.
Madelaine la corrigió.
-No fui violentada. Me presté a ello, hasta creo que yo misma lo estimulé previamente, - aclaró -y disfruté como pocas veces lo he hecho. Iñaki es maravilloso.
-Debe serlo, -asintió Josephine- acaso, hasta te has enamorado... por algo quieres seguir viéndolo.
-Tal vez también sea por eso, aunque parezca un poco infantil. No deseo aventurarme tanto, pero puede ser. Te parece mala idea? -Dudó Madelaine.
-No. -Respondió esta con seguridad y sin meditarlo. -Yo haría lo mismo. Y te diré más: hace mucho que no te veía tan animada.
Viéndose tan francamente apoyada, Madelaine culminó su narración. Después preguntó:
-Y tú mi pobre amiga, ¿qué has hecho todos estos días?... Naturalmente, aparte de angustiarte.
-Tienes razón, fueron horas muy desagradables, sin saber adónde estabas ni como te tratarían, afortunadamente, el sargento Eizagirre...
-... ¿el sargento Eizagirre?...
-... si, -continuó Josephine- el policía a cargo de la investigación...
-... entiendo...
-... bueno, el sargento Eizagirre, como te decía, resultó un gran apoyo, y además, un hombre encantador. En otras circunstancias... En fin, me he sentido muy bien en su compañía.
-Ya estás en otras circunstancias, ¿no te has dado cuenta? -Le aclaró Madelaine como si tratara de animarla.
-¿En otras circunstancias? -Preguntó Josephine sorprendida.
-¡Por supuesto! -Insistió su amiga. -Ahora yo estoy de nuevo aquí y todo vuelve a la normalidad... no vas a seguir sufriendo mi desaparición como si nunca hubiera regresado. Por eso, ¡tú tampoco dejes pasar la oportunidad! Todo indica que nuestras vidas toman un curso en el que habrá que habituarse a las relaciones irregulares, por no decir, extravagantes. Sí, extravagantes, no te sorprendas. -Repitió- ¿Qué tiene de malo? Pensé mucho en esa palabra después de hacer el amor con Iñaki.
-Lo dices como si fuera equivalente a pecado. -Comentó Josephine encendiendo un cigarrillo.
-¿Y qué si así fuera? Cuanto más grande el pecado mayor su sabor. -Sentenció Madelaine sonriendo. ¿No lo sabías?
-No en esos términos, pero, casi me has convencido. -Adujo Josephine al tiempo que aspiraba nerviosamente su cigarrillo. -Pero también me has hecho pensar que es muy difícil escapar de ciertas situaciones, especialmente, cuando como yo, se es débil.
-No te equivoques, si fueras fuerte tampoco podrías, o lo conseguirías sólo en un momento excepcional, posiblemente, también durante poco tiempo, porque somos esclavos de lo que la vida nos propone, y no hablo sólo de ti o de mí, hablo de todos, aunque haya quiénes afirmen que con su voluntad son capaces de torcer el rumbo de las cosas. Podemos simular que no vemos la propuesta, modificarla en parte, tratar de fingir en nuestro interior que preferiríamos tomar otra dirección, pero es inútil. Lo comprobamos para bien o para mal cuando acabamos sucumbiendo ante ella. Desconfío de quiénes opinan lo contrario, les falta sinceridad o son muy tontos. No se qué es peor.
-¿No es eso un poco fatalista? -Preguntó Josephine como si pretendiera o necesitara una aclaración.
-Puede que lo sea, pero aún así, eso no cambia nada. Las cosas llevan diferentes nombres: Fatalismo, Destino, Sino. Pero la realidad siempre es una sola y no admite que se la confunda.
-¿Quiere decir que tú debes a ser la amante de Iñaki, la madre de Didier, la adinerada señora Röine Etagne, sin la posibilidad de modificar nada de eso aunque te disgustara?
-Es lo que trataba de explicarte...
-... y yo estoy obligada a convertirme en amante de un policía, así como estuve obligada a casarme y a divorciarme dos veces. -Continuó Josephine ya no preguntando, sino como si se tratara de una afirmación.
-Veo que me has comprendido a la perfección. -Agregó su amiga por todo comentario.
-Tú dices que las circunstancias son imposibles de controlar, por mucho que nos empeñemos, ¿no? -¿Estás segura? -Preguntó Josephine casi con temor.
Madelaine la tomó de los hombres mirándola cariñosamente.
-Ay pequeña, pareces una niñita pidiendo permiso para comer un dulce.


A la mañana siguiente, el sargento Eizagirre las recibió en la Comisaría como si llegaran para participar en una fiesta de gran gala. Ordenó que les trajeran café y se dispuso a comenzar con el informe.
-No voy a cometer la torpeza de preguntarle si es usted la señora Madelaine Röine Etagne, los dos lo sabemos perfectamente... -Dijo el policía buscando crear un clima distendido.
-...sin embargo, -interrumpió la aludida expresándose con simpatía. -le aseguro que durante los últimos días, yo misma lo olvidé en muchos momentos. Es increíble lo que puede llegar a sentirse en ciertas circunstancias.
-Me parece lógico y lo comprendo. -Aceptó él con seriedad. -No hace falta aclararle que su información es invalorable para apresar a los responsables de este hecho repugnante, perdón por expresarme así, pero no encuentro un calificativo más adecuado. Ahora bien, todo lo que diga, por insignificante que le parezca, puede tener una importancia definitiva. Por estas razones le ruego me relate cuanto lo que haya visto u oído, y hasta creído ver y oír durante su... digamos... detención.
Después de poner en funcionamiento un pequeño grabador, el sargento comenzó a seguir con gran atención la declaración como si no se estuviera registrando en la cinta. Pero cuando todo finalizó el policía se sintió frustrado. Madelaine no había aportado ninguna información valiosa. Contó que sus captores permanecieron encapuchados, aunque por sus voces ella creía que se habían relevado en diferentes turnos, pero sólo le hablaron para darle indicaciones ocasionales.
Mientras desarrollaba su historia, Josephine hubiera querido reír a carcajadas. Quedaba claro que su amiga era una actriz consumada interpretando el rol de víctima, pero al mismo tiempo, sin dramatizar sobre la probable maldad de sus victimarios. Sin embargo lamentó que Eizagirre fuera engañado. El no lo merecía, y aquella comprobación la hizo sentir incómoda. Atenuó rápidamente su pesar el saber que finalmente ella no era la responsable de la situación. Resultaba imposible abrigar la menor duda sobre las afirmaciones de la mujer recientemente liberada (tampoco existían razones lógicas para hacerlo). Muy distinto hubiera sido que Madelaine denunciara su relación con Iñaki, cosa que en ningún momento pensó hacer. Finalmente, ella no tenía responsabilidad en lo ocurrido, y consideraba que la acción criminal de ETA o su postura frente a la sociedad no la alcanzaban: era nada más que una extranjera que había participado sin quererlo en un suceso policial. Pensó que se trató de un error provocado por una maldita casualidad, entonces, si hacía caso omiso de lo incómodo de su cama y de la discutible calidad de la comida, aquello había sido una experiencia distinta, que le dejaba un recuerdo excitante. ¿Para qué complicarlo con una declaración altisonante? Además, Iñaki, más allá de la relación que habían mantenido, siempre se había mostrado gentil y sincero. Dejarlo al descubierto le parecía una cobarde forma de traición que no favorecería a nadie, muy por el contrario. Entonces, vino a su mente el viejo refrán: “A nadie da beneficio si a alguien causa perjuicio”. En suma, en lo que a ella se refería aquel era asunto terminado, aunque el razonamiento era fácilmente vulnerable. Naturalmente Eizagirre ignoraba estas íntimas conclusiones, por eso preguntó esperanzado, aunque también convencido de que no habría nada nuevo para escuchar.
-¿Es eso todo señora? Aparentando una contrariedad que no sentía, Madelaine hizo un gesto de asentimiento.
-Entonces, -comentó el policía poniéndose de pie- me resta agradecerle su colaboración, y como no deseo que pierda tiempo esperando la transcripción, rogarle que en cualquier momento a partir de esta tarde pase por aquí a firmar esta declaración.
Madelaine aceptó la propuesta. Josephine que hasta ese instante no había pronunciado palabra, decidió hacerlo cuando atravesaban la puerta del despacho.
-Sargento, ahora que todo el trámite oficial está superado, queremos decirle que le consideramos nuestro amigo. Ha dado sobradas muestras de serlo...
Eizagirre quiso interrumpir.
-... señora, por favor...
Ella estaba absolutamente decidida a seguir hablando y no le permitió continuar.
-... le ruego no diga nada. No sólo esperamos que sienta lo mismo hacia nosotras, sino también que acepte acompañarnos a comer esta noche. ¿Estará disponible?
Eizagirre, al que sólo tener un pretexto para volver a ver a Josephine lo llenaba de alegría, respondió sin pensarlo un segundo.
-Será un honor. -
-En ese caso, le esperamos en el hotel a las diez.
-Allí estaré. -Asintió estrechando las manos de las dos mujeres.
Ya en la calle, mientras subían al automóvil, Josephine preguntó con tono solemne.
-¿Dirías que Sarah Bernhard ha resucitado?
-Mucho más que eso. -Contestó Madelaine. -Diría que nunca ha muerto.

No hay comentarios.: