martes, 14 de agosto de 2007

Capítulo 23

23

La noche siguiente Josephine e Eizagirre volvieron al mismo restaurante adonde habían almorzado durante el secuestro de Madelaine. Los ubicaron en una mesa junto a una ventana, adonde la luz se diluía en un curioso cono de semipenumbra. Pidieron jamón de Jabugo, luego, un lenguado con una delicada salsa de azafrán, y bebieron cava (12) catalán. Ella seguía preocupada por la investigación no cerrada, y buscó la ocasión de retomar el asunto para averiguar si sus temores eran fundados. Lo hizo tangencialmente para no despertar las sospechas del policía. No presumía que éste estaba demasiado interesado en ella y que al menos esa noche nada quería de investigaciones cerradas o abiertas. El reciente secuestro se había sumado a otros hechos y la presión que se ejercía sobre sus espaldas y las de sus colegas desde los más altos niveles era muy intensa. Resultaba natural que no le faltaran motivos para desear alejarse de esas tensiones, buscando un poco de distraerse. Estaba convencido de que Josephine con todos sus encantos, era la persona adecuada para lograr ese propósito. Se sentía extremadamente atraído por ella, y verla sufrir durante los recientes acontecimientos, le había despertado la necesidad de protegerla y una honda ternura. También la deseaba y le resultaba imprescindible sentir las delicias que podía prodigarle su cuerpo maravilloso. Luego del segundo plato, no tomaron postre y prefirieron beber café. Patxi sacó de su bolsillo una cajetilla de Winston y la extendió a Josephine. Ella tomó uno. Eizagirre lo encendió y dio lumbre al suyo. Después habló:
-Más tarde tengo que decirte algo...
-... dímelo ahora. - Reaccionó ella sin poder ocultar su curiosidad, mientras recurría a su copa.
-Ahora prefiero hablar de ti, y de lo hermosa que te ves esta noche. ¿Hay algún tema mejor?
-Yo creo que sí. -Afirmó Josephine.
-Bueno, habrá tiempo para hablar de todo. Recién son poco más de las once. - Dijo Patxi mirando su reloj.
-Estoy segura de que habrá tiempo, -repitió ella con soltura- de lo contrario, lo fabricaremos.
Eizagirre propuso beber otra café, idea que Josephine aceptó. Ya lo estaban disfrutando, cuando llegó la invitación. -
¿No te gustaría que fuéramos a mi casa?
Josephine no tardó en contestar.
-¿Me creerías si te digo que es la propuesta que estaba esperando, también deseando? - Se animó a agregar. -¿Y por qué no?
Salieron, y mientras recorrían la corta distancia que los separaba del automóvil, Patxi preguntó:
-¿Es cierto que esperabas que te propusiera ir a mi casa?
Ella se tomó familiarmente de su brazo e inclinando su cabeza sobre el hombro del policía, habló sonriendo.
-Ya he dicho demasiado. El resto... dejaré que lo averigües.

La casualidad comenzó a urdir una nueva trama. Eso podía sospecharse cuando Iñaki fue designado para efectuar un enlace con etarras establecidos en Lyon. Cuando se lo comunicaron tuvo que contenerse. Sabía que Lyon estaba relativamente próxima a París, y eso lo acercaba al deseado reencuentro con Madelaine. Por primera vez en su vida se sintió un hombre de suerte. Sólo necesitaba algún pretexto que justificara extender el viaje que ya estaba planificado. Saldría por Irún para cruzar la frontera y una vez en Francia, se dirigiría hasta Bayonne desde donde tomaría la ruta N 10 hasta Tarbes, y allí, la N 117 empalmando con la N 125 para llegar a Toulouse. Desde esa ciudad debía seguir por la N 88 hasta alcanzar en Givors casi a las puertas de Lyon la N 86, que lo dejaría precisamente en el punto de destino. Entonces comenzó a repetirse mentalmente el número telefónico de la mujer que amaba. Estaba seguro de volver a tenerla muy pronto en sus brazos.


Madelaine y Dolores disfrutaron toda la tarde de la prometida exposición. Contemplaron los cuadros conversando con su autor, un joven y bien parecido pintor andaluz. El artista las colmó de explicaciones y referencias, contestando con precisión y entusiasmo todas las preguntas relacionadas con su trabajo, y también extendiéndose en comentarios sobre otros pintores, vivos y muertos. Decidieron marcharse cuando entendieron que estaban agotadas las posibilidades de información y las anécdotas que formaban parte del origen de muchas de las telas. Antes de hacerlo, Madelaine reservó la obra que la había conmovido: una dramática conjunción de rojos y amarillos fundidos para mostrar la imagen de un toro vigoroso y resplandeciente bajo el sol flamígero. El pintor las invitó a cenar y se acercaron a un coqueto restaurante italiano llamado Nabuco, sobre la calle Hortaleza, apenas a dos cuadras de distancia. Cuando se encaminaban hacia el lugar, Madelaine se sintió abordada por el recuerdo de Iñaki, pero decidió postergar esa evocación escondiéndola en las trivialidades de la conversación, pero advirtiendo que su contenido no la satisfacía.
Esa noche Iñaki llegó a Lyon sin sorpresas y se registró bajo el nombre de Miguel Barrenechea en el Hotel des Beaux Arts, en el 73/75 de la Rue du Président Edouard Herriot, sobre la Plaza de los Jacobinos. Pero actuaba como un autómata que responde por reflejos a disposiciones que ya están programadas. Bajo ese sentimiento pidió que le subieran una botella de whisky. Sentía que necesitaba beber.


La música suave no conseguía disimular que después de la primera parte de su encuentro amoroso, Josephine y Patxi sintieran no haber agotado la necesidad que tenían el uno del otro. Las circunstancias en que se habían conocido y que dominaron los primeros tiempos de su relación, mantuvieron acallado pero también alimentaron el deseo. Después de unos sorbos de Old Parr sin hielo, se besaron y entonces Eizagirre se lanzó a descubrir el cuerpo generoso de Josephine. Eso había ocurrido pocos minutos antes. Ahora, desnudos, y apenas cubiertos por las blanquísimas sábanas, volvían a besarse mientras él insistía con sus caricias como si le reclamara la disposición para comenzar nuevamente. Ella disfrutaba ese estímulo, pero no lo necesitaba, hasta que... Sólo cuando culminó ese nuevo momento se sintieron apaciguados, aunque ninguno de los dos habría podido determinar cuanto tiempo podría pasar sin necesitar volver a unirse con el otro.
-Me has hecho muy feliz Patxi, -confesó Josephine. Entonces recordó que una cosa continuaba pendiente. Por eso retomó ese tema. -Apenas llegamos al restaurante dijiste que debías contarme algo. ¿Lo harás ahora?
El se mostró como si le trajeran a la memoria un mal recuerdo.
-Querida Josephine, hubiera preferido no tener que hacerlo, y menos en esta ocasión, pero...
Ella lo interrumpió angustiada. (“¿Es que Patxi habría elegido ese momento tan especial para decirle que estaba al tanto de la relación de Madelaine con Iñaki, y reprocharle que ella se hubiera prestado a aquel juego de ocultamientos?”)
-¿Qué vas a decirme? ... ¿Es acaso tan grave?
-Tranquilízate, - musitó él mientras le acariciaba la mejilla. - no es agradable, tampoco grave. Sucede que vamos a tener que separarnos por algunos días.
Josephine sintió que sus temores se esfumaban, pero las palabras de Patxi no la conformaron. Más aun, hacía mucho que no experimentaba la sensación de tristeza que la invadía.
-Pero... ¿por qué? -Me han encomendado una misión en tu país. Debo partir mañana mismo.
Ella no dudó ni un minuto.
-¿Puedo ir contigo?
-Querida... sería maravilloso, pero no es un viaje de placer... forma parte de una investigación.
La obsesión regresó a la mente de Josephine.
-¿Tiene que ver con el secuestro de Madelaine?
-Si. -Dijo Eizagirre. - Pero prefiero no hablar del asunto... comprende, por favor.
-Lo comprendo... y voy a extrañarte mucho, especialmente ahora.
-Pero sólo estaré allá una semana o diez días. -Aclaró él tratando de tranquilizarla.
-Igualmente me parece demasiado tiempo.
-Habrá mucho más por delante, ya verás. Tú misma dijiste que si no encontrábamos tiempo suficiente lo fabricaríamos. - Afirmó el hombre quitándole dramatismo a la situación. Ella se apartó y mirándolo fijamente le preguntó:
-¿Tú de verdad crees que tendremos mucho tiempo por delante, tiempo para estar juntos, para amarnos?
Patxi se mostró seguro.
-Todo el tiempo del mundo... y... todas las cosas maravillosas que puedan encerrarse en su interior. Ya lo verás.
Después se besaron nuevamente. Esa vez, ya no fueron necesarias más palabras.


12 En España se denominan cava a los vinos champagne.

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